De la tierra caliente a la orilla del río: un xolo en Santiago Tuxtla

En una mañana húmeda, frente al murmullo del río Tepango en Santiago Tuxtla, Veracruz (18°28'N, 95°18'O), doña Celsa carga a su xoloitzcuintle bajo el brazo. La piel del animal —negra, tibia, apenas salpicada de lunares rosados— brilla como obsidiana bañada en sudor. Cada tanto, el perro sacude las orejas, destilando un olor terroso que se mezcla con el aroma a leña encendida. A los 62 años, doña Celsa recuerda cómo su abuela curaba con el calor de estos perros en las noches frías a 100 metros de altitud. Al fondo, los montes verdes humean y el xolo escarba la tierra húmeda, dejando huellas sobre el lodo reciente: marcas que, según la tradición, también guían a las almas hacia el Mictlán.

La escena se repite en pueblos como Xochimilco, Ciudad de México, y Zimatlán, Oaxaca. El xoloitzcuintle —cuya antigüedad se rastrea al menos desde el año 1500 a.C.— no es solo mascota: es calor contra el reumatismo, amuleto, y emisario entre mundos. Un arqueólogo del INAH, Carlos Gay, calculó en 2021 que más de 250 entierros prehispánicos han incluido restos de xoloitzcuintle, casi siempre junto a niños o ancianos. El olor a tierra mojada y a perro sin pelo persiste en estas historias, como si la frontera entre la vida y la muerte nunca se sellara del todo.

Sin embargo, la piel desnuda del xolo no es una rareza moderna ni simple capricho genético: se debe a una mutación en el gen FOXI3, estudiada en 2008 en la UNAM, la cual elimina casi todos los folículos pilosos. Así, el perro transpira y calienta, pero también deja expuesta una sensibilidad al sol y a la mordida de insectos. El calor que despide, según doña Celsa, "saca el frío de los huesos" — pero en la siguiente sección, esa ausencia de pelo esconde otra función inesperada.

¿Por qué un perro sin pelo se volvió tan íntimo del inframundo?

Entre obsidiana y ceniza: el xoloitzcuintle en la cosmovisión mexica

En el códice Florentino, resguardado en la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florencia, se ilustran perros negros guiando almas al Mictlán. Milpa Alta, en la Ciudad de México, a 2,400 metros sobre el nivel del mar, es uno de los lugares donde esta narrativa sigue viva. El xoloitzcuintle, con su piel tibia y su mirada de piedra, aparece en altares y ofrendas desde antes del siglo XV. Los huesos hallados por arqueólogos en Tlatelolco en 1977 —perros completos, enterrados junto a humanos— muestran la antigüedad del rito: el viaje tras la muerte requería un guía que no temiera cruzar ríos helados ni llanuras humeantes.

Los mexicas creían que el xoloitzcuintle, especialmente los de color negro azabache, podía ver lo que los humanos no ven. El olor a copal y a tierra quemada acompaña los relatos donde el perro lame el rostro del muerto antes de partir. Para llegar al Mictlán, según Eduardo Matos Moctezuma (INAH), el alma debía cruzar un río caudaloso: solo quien tenía un xoloitzcuintle podía hacerlo sin perderse. Los niños y ancianos elegían al perro más fiel para acompañarlos, y hasta hoy, en algunas casas de Milpa Alta, se guarda un mechón de pelo (cuando lo hay) o una uña como protección.

El xoloitzcuintle no solo es símbolo de muerte: en el Popol Vuh, recopilado a fines del siglo XVI en Chichicastenango, Guatemala, el perro puede devolver la vida, guiando a los héroes gemelos de regreso al mundo. Esa dualidad —guardián y resucitador— sigue latiendo en cada hogar que conserva su linaje. Pero, ¿cómo se mantiene viva una raza tan antigua cuando el México urbano y rural parecen alejarse más cada año?

La supervivencia del xoloitzcuintle depende de pequeñas comunidades, criadores y familias que, desde hace generaciones, cruzan perros y celebran su rareza. El secreto, sin embargo, no está solo en la sangre, sino en la práctica diaria: alimentación, compañía y ritual.

Xoloitzcuintle a través del tiempo: genética, huesos y migraciones

En el laboratorio de biología molecular de la UNAM, en 2016, un equipo encabezado por la doctora Cecilia Fabián analizó ADN de 27 esqueletos caninos recuperados en Cholula, Puebla. Los resultados: el xoloitzcuintle moderno comparte más del 85% de su genoma con perros que vivieron entre el año 400 a.C. y 1500 d.C. El olor a reactivo y hueso viejo flotaba en el laboratorio mientras la máquina secuenciadora zumbaba a 32°C. De los restos, algunos tenían marcas de corte: evidencia de sacrificio ritual, comida o ambos.

El xoloitzcuintle no llegó solo: estudios de la Universidad de California Davis, publicados en 2018, rastrean su linaje a perros que migraron desde Eurasia hace más de 5,000 años. Sin embargo, la variedad sin pelo parece originarse en Mesoamérica por mutación espontánea hace unos 3,500 años. Hoy, el xoloitzcuintle comparte escenario con al menos cuatro razas mexicanas nativas, pero es la única reconocida oficialmente por la Federación Canófila Mexicana desde 1956.

El Museo Nacional de Antropología, en la sala Mexica, exhibe una figura de barro de xoloitzcuintle encontrada en Colima en 1942: mide 29 cm, pesa casi 2 kg y muestra una piel lisa, sin marcas de pelo. La textura fría del barro contrasta con la idea de un perro caluroso, y sin embargo, ambos convergen en la función de acompañante. Los huesos encontrados en entierros de Teotihuacán y la Costa de Chiapas coinciden en tamaño y forma con los xolos actuales: unos 40 cm de alto, 18 kg de peso promedio.

Pero si la genética y los huesos lo explican, ¿qué hay de la vida cotidiana? ¿Cómo se cuida y mantiene un xoloitzcuintle en el siglo XXI?

Calor, piel y cuidados: el arte práctico de criar xoloitzcuintles

En San Pablo Oztotepec, Milpa Alta, el criador Juan Altamirano repite el mismo ritual cada amanecer desde hace 14 años: limpia las camas de petate, revisa la piel de sus seis xolos con aceite de coco y los deja asolearse durante 20 minutos en el patio, donde la temperatura sube a 26°C tras la niebla matinal. Los perros, sin pelo para protegerse, requieren cuidados minuciosos: bloqueador solar (FPS 30 o más), revisiones semanales para evitar dermatitis, y mantas de algodón para las noches frías.

El costo promedio de mantener a un xoloitzcuintle en México ronda los $1,200 pesos mensuales (incluyendo alimento, bloqueador y chequeos veterinarios). Conseguir cachorros certificados es posible en criaderos avalados por la Federación Canófila Mexicana o en eventos como la Feria del Xoloitzcuintle en Xochimilco, cada noviembre.

Uno de los errores más comunes, según la veterinaria Mariana Gutiérrez (UNAM), es bañar demasiado seguido al animal o usar productos humanos: "Eso destruye su barrera natural y les causa heridas por resequedad". Evitar que duerman sobre superficies ásperas o frías también previene callos y lesiones. Pero quizá lo más importante es darles compañía: el xoloitzcuintle tiende a ansiedad si pasa muchas horas solo.

En las noches, cuando la temperatura baja a 13°C, Juan cuenta cómo su xolo mayor, de 11 años, se acurruca bajo la cobija, tibio y respirando apenas. Un calor antiguo, que parece venir de otro mundo.

De la cocina al Mictlán: usos medicinales y rituales del xoloitzcuintle

En 1939, en las faldas de Monte Albán (Oaxaca), el etnógrafo Alfonso Caso documentó el sacrificio ritual de xoloitzcuintles durante el Día de Muertos. Los huesos, enterrados junto a los de los difuntos, marcaban el paso hacia el Mictlán. Pero el xolo no solo caminaba entre muertos: en pueblos como San Juan Teotihuacán, se le daba caldo de carne a los enfermos de frío y reumatismo. El sabor era fuerte, un poco metálico, y el vapor del caldo llenaba la habitación con un aroma que recordaba a tierra húmeda y grasa hervida.

Además del uso culinario, el xoloitzcuintle era parte de remedios tradicionales: en la zona Mazahua, Estado de México, se utilizaba la piel caliente del animal —aún viva— para aliviar dolores articulares. Un perro recostado sobre la espalda o las piernas de los enfermos, transmitía un calor que, según los testimonios recopilados por la doctora María Teresa Valverde (UNAM), "era más efectivo que las cataplasmas de mostaza". El tacto de la piel, lisa y húmeda, calmaba escalofríos y espantaba los "aires".

Sacerdotes y parteras asignaban al xolo un papel doble: protector en la vida y guía en la muerte. En las crónicas de Sahagún, se menciona que quienes maltrataban a un perro, nunca podrían cruzar el río del inframundo. El olor a copal y a piel tibia sigue presente en los altares de Día de Muertos, donde figuras de barro y pan en forma de xolo acompañan a los difuntos.

¿Cuánto de ese conocimiento se ha perdido y cuánto sobrevive oculto bajo la piel sin pelo?

Xoloitzcuintle en la cultura visual: barro, pintura y fotografía mexicana

En el taller de alfarería de Tlaquepaque, Jalisco, la arcilla roja se moldea con manos rápidas: cada figura de xoloitzcuintle mide 15 cm, las orejas erguidas como si escucharan el rumor de otros mundos. Desde 1942, cuando el Museo Regional de Colima abrió su sala de perros prehispánicos, más de 70 piezas han sido catalogadas: algunas con vasijas en el lomo, otras poniendo la lengua fuera. El rojo de la arcilla, el tacto rugoso, evocan la piel real de los animales.

Diego Rivera, en su mural "Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda Central" (1947), pinta a un xoloitzcuintle junto a Frida Kahlo: la piel del animal se adivina apenas azulada, pero la forma es inconfundible. Leonora Carrington, en "El Mundo Mágico de los Mayas" (1963), incluye siluetas de perros sin pelo emergiendo de entre el follaje. Los fotógrafos contemporáneos, como Graciela Iturbide, capturaron xolos en patios de Oaxaca y Veracruz, retratando ese brillo húmedo, casi espectral, en blanco y negro.

Los xoloitzcuintles han llegado incluso a la filatelia: el timbre postal de 1998, emitido por Correos de México, muestra un xolo de perfil, orejas altas y piel gris azulado. Cada pieza, cada imagen, refuerza la presencia de este perro en la memoria visual del país.

¿Por qué un animal que casi desaparece en el siglo XX vuelve ahora como símbolo de identidad y resistencia?

Rescate y resistencia: colectivos y xolos del siglo XXI

En la colonia Santa Úrsula Xitla, Ciudad de México, el colectivo Rescate Xoloitzcuintle ha resguardado 54 ejemplares desde 2010. El local —un patio de 50 metros cuadrados, paredes blancas manchadas de barro— huele a desinfectante y tierra mojada después de la lluvia. Cada perro tiene su cama de manta y una placa metálica con nombre: Tlali, Citlal, Xóchitl. El colectivo recibe apoyos de hasta $20,000 anuales de la Secretaría de Cultura, pero la mayor parte de los gastos se cubre con donaciones y rifas comunitarias.

Desde 2003, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) mantiene un programa de conservación del xoloitzcuintle, cruzando ejemplares para evitar consanguinidad y distribuyendo cachorros a familias en zonas rurales de Hidalgo y Morelos. Se ha logrado reducir la incidencia de enfermedades genéticas en un 60% en los últimos cinco años, según el reporte 2022 de la UAM-Iztapalapa. Las campañas de esterilización gratuita en Xochimilco y Tepoztlán han ayudado a controlar la población y mejorar la calidad de vida de los perros y sus cuidadores.

La Feria Nacional del Xoloitzcuintle, celebrada cada noviembre en el Bosque de Nativitas, Xochimilco, congrega a más de 2,000 visitantes, 80 criadores y decenas de artistas. El olor a antojitos y a pelo húmedo llena el aire, mientras los perros desfilan con collares de flores de cempasúchil. Los talleres de cuidado, organizados por la Fundación Xoloitzcuintle México, ofrecen desde bloqueador orgánico hasta tratamientos para la dermatitis. Un cachorro certificado puede costar entre $5,000 y $18,000 pesos, dependiendo del linaje y la documentación.

Hoy, el xoloitzcuintle no solo sobrevive: camina orgulloso en la ciudad y en el campo, recordando a todos que la frontera entre los mundos es más delgada de lo que parece.

Entre el Mictlán y la banqueta: una escena para el recuerdo

En la noche de Día de Muertos, el aire de Tepoztlán huele a cempasúchil y copal. Una niña, Rosalía, de siete años, acaricia a su xoloitzcuintle mientras la familia coloca pan y velas en el altar. El perro, inquieto, olfatea las flores y se sienta justo en la esquina donde la sombra es más fría. Afuera, los cohetes retumban a lo lejos, y la luna llena pinta la piel del animal de un gris blanquecino. Por un momento, Rosalía pregunta en voz baja si su abuela —la que partió hace tres años— alcanzó a cruzar el río del Mictlán con la ayuda de un xolo. Nadie responde, pero el perro permanece atento, como si entendiera la pregunta. Al día siguiente, Rosalía sueña con un animal sin pelo que la guía por un campo de flores. El xoloitzcuintle sigue velando, entre vivos y muertos, tan real como el calor que irradia en la madrugada.

Glosario

Xoloitzcuintle
Perro originario de Mesoamérica, sin pelo o con pelo corto, criado desde tiempos prehispánicos como guía espiritual y animal de compañía.
Mictlán
Inframundo mexica, al que las almas viajan tras la muerte, compuesto de nueve niveles y regido por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl.
FOXI3
Gen responsable de la mutación que causa la ausencia de pelo en el xoloitzcuintle.
Dermatitis
Inflamación de la piel, común en xoloitzcuintles por su falta de pelo y exposición a irritantes ambientales.
Copal
Resina aromática utilizada en rituales prehispánicos y contemporáneos para purificar y guiar a las almas.
Federación Canófila Mexicana
Organismo que regula y certifica la crianza de perros de raza en México, incluyendo al xoloitzcuintle.
Petate
Tejido tradicional de palma usado como cama o tapete, común en hogares rurales y criaderos de xoloitzcuintles.