Calor de barro: el Xolo y los amaneceres de Xochimilco

En San Gregorio Atlapulco, a la orilla de un canal de Xochimilco (2,240 msnm, en el sur de la Ciudad de México), don Hilario acaricia a su xoloitzcuintle bajo la barbilla. El perro, sin un solo pelo, emite un calor dorado que sube a las palmas como si uno tocara el costado de una olla de barro tibia. El amanecer arrastra humedad y el lodo huele a maíz fermentado. El xolo, con piel oscura y arrugada, se sacude el rocío, sin temblar. No necesita abrigo: su abrigo es su cuerpo.

El Xoloitzcuintli —único perro autóctono reconocido de México— lleva más de tres mil años caminando entre chinampas, templos y patios. Su nombre fusiona al dios Xólotl y la palabra náhuatl para perro: itzcuintli. Su silueta aparece en vasijas de barro halladas en la cuenca del río Balsas, desde Guerrero hasta Veracruz, donde la altitud baja a menos de 100 metros y el calor aprieta hasta los 35 °C en temporada seca.

La piel del xolo, más gruesa que la de otras razas, repele insectos y se siente lisa, casi satinada. La falta de pelo le da ese aspecto marciano que causa miradas y, a veces, incomodidad. Pero en la comida, la cama y la muerte, el xolo ha estado siempre cerca. ¿Qué veían en él los pueblos antiguos para ubicarlo tan cerca de sus dioses y de su tránsito al más allá?

En las chinampas, con el aire cargado de humedad y olor a lirio, el xolo nunca ladra en vano. Cuando lo hace, hasta las garzas blancas se sacuden y alzan vuelo. Hay quienes todavía creen que su ladrido es un aviso de que algo invisible se aproxima.

Un viaje entre la vida y la muerte: el Mictlán y el guía de cuatro patas

En la Sierra de los Tuxtlas, Veracruz, donde la niebla baja hasta tapar el lomo de los bueyes y el suelo negro se pega a los huaraches, los viejos cuentan que el xoloitzcuintle no era cualquier perro. En la cosmovisión mexica, cada persona debía cruzar nueve ríos para llegar al Mictlán, el inframundo. Solo quien había sido buen compañero de un perro en vida podía recibir la ayuda del xolo para cruzar el primer río, el Apanohuaya.

El Mictlán se imaginaba como un territorio de piedras volcánicas, escarpado y oscuro. El xoloitzcuintle, con su piel negra o bronceada, era el único que podía ver y guiar en ese reino de sombras. Quien no trataba bien a su perro podía quedar varado para siempre, sin cruzar.

En tumbas de Colima —el llamado Occidente de México— han aparecido figuras de barro que representan a xolos en posición de alerta, con orejas erguidas y hocico largo. Bajo la tierra arcillosa de Comala, los arqueólogos han descubierto esqueletos de humanos enterrados junto a perros, señalando que la creencia trascendía la metáfora. El olor a tierra húmeda, a veces mezclado con ceniza volcánica, todavía flota en los campos donde se hallaron estas piezas.

El xolo era guía, pero también centinela: en la frontera de la vida y la muerte, su instinto de guardián era vital. Ese rol sigue flotando en los altares de Día de Muertos, donde figuras de barro negro lo muestran atento, como esperando la llegada de un viajero perdido.

Sin pelo, pero no sin historia: adaptación y genética del xoloitzcuintle

En el semidesierto de Guanajuato, con suelos pedregosos y nopaleras dispersas, un xolo mira hacia el horizonte, donde la luz cae sobre espinas. A diferencia de otros perros, su piel expuesta lo hace vulnerable a la intemperie, pero también lo protege del calor extremo al facilitar la disipación del calor corporal. Esa falta de pelo no es simple rareza: es la huella de una mutación genética.

El xoloitzcuintle pertenece a la familia Canidae y es de la especie Canis lupus familiaris. Su mutación más visible está en el gen FOXI3, relacionado con la ausencia de folículos pilosos y con la dentición: muchos xolos adultos carecen de algunos premolares. Hay xolos de tres tamaños reconocidos oficialmente: estándar, intermedio y miniatura.

En comunidades de la Mixteca oaxaqueña, donde la altura supera los 1,800 msnm y el frío se cuela al amanecer, los xolos duermen pegados entre sí y a sus humanos, transmitiendo calor como bolsa de agua viva. Su piel, de tonos que van del gris azulado al bronce mate, puede sentir hasta el mínimo contacto, y su temperatura suele sentirse un par de grados más alta al tacto que la de otras razas peludas.

Se habla mucho del xolo sin pelo, pero también existen ejemplares con pelaje corto y tupido, sobre todo en linajes conservados en la región de Puebla y Morelos. La ausencia de pelo nunca fue absoluta, ni impuesta por el hombre moderno: es un fenómeno que fluctúa en la naturaleza y en los cruces.

Remedios y supersticiones: el xolo como medicina viva

En los barrios antiguos de Cuernavaca, cuando la humedad sube y los huesos duelen, hay quien todavía se acuesta con un xoloitzcuintle en la cama como remedio contra el reumatismo. El calorcito del animal, que parece irradiar desde dentro, alivia dolores articulares y hasta resfriados, según la tradición oral.

La piel del xolo, suave como lija fina, se decía útil para tratar eccemas, y su compañía nocturna era prescripción de abuelas y curanderas. El perro sin pelo no se bañaba con frecuencia: solo agua tibia y jabón neutro, para evitar irritaciones. La costra de tierra seca que a veces cubre su lomo —fruto de revolcarse en patios polvorientos de Morelos y Guerrero— era vista como protección, no suciedad.

No solo el calor. Se creía que el xolo absorbía “malas vibras” o enfermedades, llevándolas lejos con el sueño o la vigilia. Hay crónicas coloniales donde se narra que, si el perro enfermaba de repente, alguien de la casa lograría pronto reponerse. La superstición ha ido cediendo, pero la sensación de “estar protegido” por el xolo sigue viva en muchas casas mexicanas.

En el Valle de Toluca, donde las noches huelen a leña y a lechuguilla, hay quien todavía deja que el perro se cuele bajo las cobijas, como lo hacían sus abuelos y bisabuelos antes de la llegada de los radiadores.

Cómo criar y cuidar un xoloitzcuintle hoy: guía desde la tierra y el patio

Un xolo no es adorno de vitrina ni reliquia viviente: es perro de patio, de tierra húmeda y sol. Si piensas en adoptar uno, lo primero es el espacio: los xolos, sobre todo los estándar, necesitan correr y recibir sol directo, pero también sombra para no quemarse. En la planicie de Jalisco (1,500 msnm), con veranos de sol duro, es común verlos recostados bajo bugambilias o nopales.

Muchos xolos presentan pérdida dental parcial desde jóvenes. No te alarmes: es natural y parte de su genética, pero revisa encías y boca una vez al mes para evitar infecciones. Los cachorros pueden ser más susceptibles a enfriamientos, así que una cobija de algodón en invierno no sobra.

El xolo es perro de manada: necesita compañía, contacto físico y, de preferencia, otro animal con quien compartir espacio. Si lo dejas solo mucho tiempo, puede volverse ansioso o destructivo. Ofrécele lo que tuvo siempre: tierra, calor humano y espacio para moverse.

De Colima a Hollywood: el xoloitzcuintle en la cultura y la mirada contemporánea

En la costa baja de Colima, entre palmeras y suelos volcánicos, la figura del xolo aparece en esculturas de barro rojo y negro de más de dos mil años. Los antiguos las colocaban en las tumbas como fiel compañía para el viaje al Mictlán, y a veces como símbolo de estatus. El xolo era perro de todos, pero también de dioses y nobles.

En la Ciudad de México, el xolo pasó siglos como símbolo de pobreza y superstición, hasta que artistas como Diego Rivera comenzaron a representarlo en murales y cuadros, reivindicando su papel ancestral. Rivera pintó a sus propios xolos —llamados en diminutivo “xolitos”— en patios rodeados de agaves y nopaleras, con la piel reflejando la luz de la tarde y el polvo del Anahuac.

El xoloitzcuintle no es solo figura de museo. Hoy aparece en películas animadas —como “Coco”, donde Dante lleva a Miguel al mundo de los muertos— y en concursos internacionales de belleza canina. Cada vez más criadores responsables, sobre todo en Morelos, Oaxaca y la capital, buscan conservar sus rasgos originales y evitar la endogamia que tanto daño hizo en décadas pasadas.

En mercados de artesanías de Metepec o Tonalá, las figuras de xolo de barro, obsidiana o papel maché siguen presentes, recordando que este perro, aunque ahora famoso, nunca dejó de ser compañero de patio, lecho y camino.

Escena final: entre el humo de copal y las huellas frescas

En la madrugada del primero de noviembre, doña Teresa, florista de Huaquechula, deja una figura de xolo de barro negro al pie de su ofrenda. El olor del copal arde en el aire frío, mientras afuera un xolo real se estira, bosteza y mira el horizonte de volcanes dormidos. Sus patas dejan marcas húmedas sobre la tierra de milpa, y en el silencio, parece escuchar algo al otro lado del río invisible.

La tradición dice que hay perros que ven lo que a nosotros se nos escapa. Doña Teresa, con los ojos entrecerrados, le agradece a su xolo la compañía. En el Mictlán, tal vez, alguien está esperando el mismo calor tibio para cruzar el siguiente umbral.

Glosario

Xoloitzcuintle
Perro mexicano sin pelo, descendiente de Canis lupus familiaris, adoptado como guía al inframundo en la cultura mexica.
Mictlán
Inframundo en la cosmovisión mexica, compuesto por nueve niveles que el alma debe atravesar tras la muerte.
Chinampa
Sistema agrícola de islas artificiales en Xochimilco y otras zonas lacustres, construido a base de lodo, tule y raíces.
FOXI3
Gen responsable de la ausencia de pelo y de ciertos problemas dentales en el xoloitzcuintle y otras razas sin pelo.
Apanohuaya
Primer río del Mictlán, que el alma debe cruzar con la ayuda de un xoloitzcuintle tras la muerte.
Barro negro
Cerámica tradicional de Oaxaca, famosa por su color y brillo, usada para figuras rituales y decorativas.
Colima
Estado del occidente de México, conocido por sus antiguas tumbas de tiro y esculturas de perros xoloitzcuintle.