Al compás del monte: un fandango en Santa Ana Zegache, Oaxaca

Los primeros acordes de la jarana se escapan antes de las ocho de la noche en Santa Ana Zegache, municipio de los Valles Centrales, a 1,540 metros sobre el nivel del mar. Doña Rufina, con trenzas oscuras y una blusa bordada de verde morado, ajusta la ceja mientras rasguea la jarana de cedro. El aire huele a leña quemada y mezcal. Los niños corren descalzos sobre la tierra fría, interrumpiendo el ritmo apenas lo suficiente para que el zapateado de don Genaro vuelva a encaminar la ronda. Aquí, un fandango no empieza con una invitación formal; empieza cuando el primer músico afina su instrumento, cuando el olor a tamal fresco se mezcla con el humo y los murmullos empiezan a subir por la calle empedrada.

El fandango, con sus raíces en el siglo XVI, mezcla bailes de origen español con percusiones indígenas, una polifonía de herencias que se siente en cada eco de las guitarras y el golpe de los tacones en la tabla de madera. En 2023, según la Secretaría de Cultura de Oaxaca, al menos 47 pueblos organizan anualmente encuentros de son y jarana, en noches que pueden durar más de siete horas. Cada comunidad afina detalles: hay quien jura que el jarabe Mixteco debe tocarse sólo con guitarras primera y requinto, mientras que otros añaden la vihuela y la marimbol.

La sensación de la jarana en las manos, ligera pero tensa, y la vibración que recorre el pecho cuando el son se acelera, recuerdan por qué la música tradicional mexicana no se escucha: se vive. El fandango no se hace en silencio, y el sudor aceitoso en la frente de los músicos es prueba de que cada pieza es también una maratón corporal.

Pero lo que parece simple fiesta es, en realidad, escenario de un duelo y una alianza: ¿cómo conviven el son naciente de la jarana con tambores que llegaron siglos antes de la Conquista?

Teponaztle: madera que canta en Xochimilco, Ciudad de México

Bajo la sombra densa del ahuejote (Salix bonplandiana), en un canal a 27° C y con el zumbido de los mosquitos, don Ángel, músico chinampero, apoya las baquetas de copal sobre el tronco ahuecado del teponaztle. El instrumento, tallado hace ya más de veinte años y con un peso de 16 kilos, revive un sonido que alguna vez marcó los calendarios ceremoniales aztecas. Al golpear, dos lengüetas dan notas graves y agudas, un timbre áspero y pastoso imposible de imitar con metal. Aquí, el olor a lodo fermentado y jacinto flotante se cuela en cada golpe.

El Museo Nacional de Antropología resguarda más de 14 teponaztles originales —algunos con más de 400 años— que servían tanto en fiestas de siembra como para convocar a la guerra. La afinación de cada teponaztle cambia milimétricamente según la humedad: una variación de apenas 2 mm puede transformar la nota. Hoy, los músicos de Xochimilco mezclan el teponaztle con guitarras y trompetas, en un mestizaje que parece contradecir toda lógica purista.

Si la madera canta lo que escucha, cada baqueta devuelven un eco del lago, del maíz y de los pasos de quienes aún cultivan entre canales y lirios. Pero, ¿qué canciones nacen de los campos y no del escenario?

Cantos de trabajo: entre el sol de Nayarit y la caña de Veracruz

En la cañera La Gloria, municipio de Córdoba, Veracruz, el calor a 34°C y la humedad espesa hacen que la camisa de don Rosendo se pegue al cuello. Mientras su machete rasga los tallos densos, él entona un canto repetitivo: “Ay, cañita dulce, sangra con el sol, mi sudor es río que nunca se secó”. Sus compañeros responden intercalando versos, el sonido grave de sus voces se mezcla con el zumbido de las avispas. Aquí, el canto acompaña la fuerza y marca la cadencia: 144 golpes de machete por minuto, cada canción dura los 17 minutos que tarda un corte completo de una hilera de caña.

En Nayarit, cerca de San Blas, las jornaleras mixtecas entonan sones antiguos mientras recogen ciruela y plátano: “Flores del río, tierra del trueno, mis manos en tu surco, semillas del bueno”. Un estudio de la Universidad Autónoma de Nayarit en 2019 documentó más de 122 variantes de cantos de trabajo en ocho municipios, cada uno adaptado a cultivos distintos. El aroma ácido de la tierra mojada se cuela entre versos, y el canto espanta el cansancio, ahuyenta la monotonía y organiza el esfuerzo.

El doctor Rubén Luengas, etnomusicólogo oaxaqueño, afirma: “El canto de trabajo no sólo cuenta historias; crea el tiempo. La faena se mide en coplas, no en relojes”.

Pero algunos de estos cantos, grabados sólo en la memoria de los más viejos, corren riesgo: ¿qué sucede cuando la voz se calla y la máquina intenta tomar su lugar?

Ritual y ofrenda: música para pedir lluvia en Nochistlán, Zacatecas

Al pie del Cerro del Tuiche, Nochistlán, Zacatecas, doña Aurelia prepara la mesa para la “danza de la petición de lluvia”. Centenarios de 1,980 metros se prestan para la ceremonia. La maraca de jícaro, la flauta de carrizo y el tamborillo de cuero crudo descansan en un petate junto a flores de cempasúchil. El olor a incienso y tierra abierta, cruzado por el fresco del amanecer, anuncia que el ritual inicia al primer rayo de sol.

En 2022, el colectivo Sones de Agua documentó 13 comunidades que conservan esta práctica: la música no sólo acompaña el rezo, es la petición misma. Cada instrumento tiene un papel: el tamborillo imita el retumbar de la lluvia sobre la tierra, la flauta sopla el viento de la temporada y la voz repite, en tono menor, un llamado a Tlaloc, dios mesoamericano de la lluvia.

Los músicos no afinan en la escala temperada europea: cada grupo define su propia escala, ajustada por la tensión del cuero según la humedad del día, que puede variar hasta 18%. Las canciones nunca se escriben, sólo se transmiten al captar el eco que deja la generación anterior.

Cuando la lluvia llega, el silencio pesa más que cualquier nota. Pero, ¿cómo aprende un músico a construir el sonido de la tormenta con las manos vacías?

Construyendo una jarana: guía práctica desde Santiago Tuxtla, Veracruz

En Santiago Tuxtla, a 18°29’ latitud norte, don Agustín corta un listón de cedro rojo de 85 cm, suficiente para el cuerpo de una jarana jarocha. El taller huele a resina y barniz. Los materiales no se improvisan: se requiere una tabla de cedro de al menos 3 cm de espesor, diapasón de granadillo, trastes de alpaca y cejuelas de hueso vacuno, que aquí se consiguen en el tianguis de los jueves por unos 220 pesos. El proceso, aunque básico, exige precisión milimétrica: un error de 1 mm en la tapa puede dejarla sin resonancia o rajarla con el clima húmedo.

Error común: poner cuerdas metálicas, que pueden rajarse la tapa y arruinar el sonido. Si falta dinero, la cuerda de pescar calibre 50 sirve como sustituto aceptable. En la región, la madera y el clima húmedo dictan si una jarana envejece afinada o termina torcida; por eso, los músicos recomiendan colgarlas lejos de la ventana y nunca guardarlas en bolsas plásticas.

La satisfacción mayor no está en el aplauso, sino en el primer acorde: ese instante define si el instrumento vivirá para el fandango, o será madera muda. Pero, ¿cuántos sonidos más esperan ser tallados — o reinventados — en manos jóvenes?

El son migrante: de la Costa Chica de Guerrero a Los Ángeles

En la esquina de la calle Alvarado y la 7ª, en el centro de Los Ángeles, el aroma salado de tacos y el retumbar de autobuses se mezclan con el punteo de una guitarra leona. Francisco, migrante de Ometepec, Guerrero, dirige un taller de son de artesa con quince jóvenes, la mayoría nacidos ya en California. El sudor les pega las camisetas, y la nostalgia asoma en el tamborileo de los pies. Traen consigo piezas como “El Toro Zacamandú” y “La Iguana”, herencia directa de la Costa Chica transportada a más de 3,000 km del litoral guerrerense.

Un son de artesa se baila sobre una tarima que mide 1.60 metros de largo por 44 cm de ancho. La madera —pino amarillo californiano— vibra bajo los pies igual que el guásima costero de Guerrero. En 2021, la Universidad de California Los Ángeles (UCLA) registró 27 colectivos de música tradicional mexicana activos en el área angelina. Muchos ensayan en parques, iglesias o estacionamientos, donde el olor a concreto caliente y asfalto es el telón de fondo. El pulso no se pierde: ni el de la jarana, ni el de la memoria.

El son migrante no es copia. Nuevas mezclas aparecen: acordeón texano, versos del inglés, pasos de hip hop entrelazados con el zapateado. El idioma cambia, pero la estructura rítmica persiste en los cuerpos, como un eco sin pasaporte.

La música acompaña, transporta, transforma. Pero cuando el escenario es virtual o transfronterizo, ¿cómo se conserva una tradición que depende de la cercanía y el polvo en los huaraches?

El archivo invisible: grabaciones, rescate y olvido en la Biblioteca Nacional de Sonora

En una bodega con aire acondicionado a 19°C y estantes de acero, la Biblioteca Nacional de Sonora resguarda más de 18,000 grabaciones de música tradicional mexicana: sones, jarabes, corridos y cantos de trabajo, muchos en peligro de perderse para siempre. El olor a papel y cinta magnética vieja flota entre los pasillos, mientras técnicos digitalizan cada cinta, algunas ya deformadas tras 40 años de almacenamiento.

La doctora Leticia Hernández, archivista y musicóloga, cuenta que más del 60% de estos registros son inéditos. “Muchos nunca han sonado fuera del pueblo donde fueron grabados. Cada cinta que se oxida es una lengua menos para el futuro.” Aquí, el silencio pesa tanto como las melodías, y la tensión entre resguardo y olvido es constante: ¿qué debe salvarse y qué debe dejarse morir?

El problema no es sólo la tecnología: las comunidades muchas veces recelan compartir sus archivos, temiendo explotación o tergiversación. Así, la música queda suspendida entre la memoria íntima y la vitrina digital. Pero si la música vive de tocarse, ¿dónde queda el archivo cuando nadie encuentra el botón de play?

Sones para la vida: infancia, aprendizaje y resistencia en la Sierra Norte de Puebla

En Cuetzalan, Puebla, a 1,070 metros sobre el nivel del mar, el aula huele a tezontle mojado y a nixtamal caliente traído en lonchera. Maestra Maribel enseña a quince niñas y niños —la mayoría de origen náhuatl— los primeros acordes del son huasteco, usando guitarras de pino y pequeñas jaranas de 60 cm. Los dedos, torpes y manchados de azul por la tinta escolar, tropiezan entre trastes, pero la paciencia huele a humo de ocote, suave y persistente.

La Casa del Son Cuetzalan, fundada en 2015, ofrece talleres gratuitos dos veces por semana, financiados por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. En 2022, cerca del 42% de los egresados continúan tocando en fiestas patronales o competencias intermunicipales. Aquí, el aprendizaje se mezcla con historias: cada canción esconde una fábula, una leyenda, un consejo disfrazado de verso.

La transmisión musical —de abuelos a nietos— depende de la convivencia, de escuchar ensayar mientras se pela elote o se amasa el pan. Los errores —un acorde erróneo, una entrada atrasada— sirven como pretexto para la risa compartida. Pero la resistencia está también en el espacio: mientras algunos programas oficiales promueven música clásica europea, los talleres comunitarios insisten en que la identidad se cava compás a compás.

En cada nuevo acorde, una posibilidad: ¿cuántos futuros pueden nacer de una cuerda bien templada, y cuántas resistencias caben en la palma pequeña de una niña náhuatl?

El próximo fandango: escena en la costa de Santiago Astata, Oaxaca

Bajo una luna aguada de abril, en la playa de Santiago Astata, las olas marcan el pulso para cinco músicos que ya parecen olvidarse del mundo. Doña Teodosia, con la falda empolvada por la arena, rasguea la guitarra de son. A su lado, el marimbol de don Crispín suelta notas profundas que tiemblan en el pecho y hacen vibrar los vasos de mezcal. El aire salino huele a manglar mojado y leña humeante. Niños, pescadores, ancianas bailan con el mismo paso circular, ajenos al reloj. Aquí, la tradición no es reliquia, sino sangre tibia que salta por las venas de una fiesta nueva.

Al fondo, una turista pregunta si puede aprender el paso básico. Doña Teodosia asiente, sonríe apenas, y marca el compás con un pie descalzo. Nadie sabe si la música que se toque mañana será igual — pero, esta noche, cada nota pertenece a todos.

Glosario

Teponaztle
Instrumento de percusión mesoamericano hecho de tronco ahuecado, con lengüetas que producen notas cuando se golpean.
Jarana
Guitarra pequeña originaria de Veracruz, de cuerpo macizo y cuerdas de nylon o tripa, base del son jarocho.
Son
Género musical mexicano, regional y variable en forma, que mezcla herencias indígenas, africanas y españolas.
Marimbol
Instrumento de láminas metálicas montadas en una caja de madera que se pulsa con los dedos para dar el bajo rítmico.
Fandango
Fiesta comunitaria donde se toca, canta y baila música tradicional, especialmente sones y jarabes.
Canto de trabajo
Canción colectiva entonada durante tareas rurales para coordinar el esfuerzo y aliviar la faena.
Cejuela
Pieza de hueso o plástico que sostiene las cuerdas de instrumentos de cuerda en el extremo del diapasón.