En las faldas de Coatepec: la tierra bajo las uñas

Doña Hortensia, milpera de Coatepec, Veracruz, se agacha entre los surcos húmedos al amanecer. Clava los dedos en la tierra negra, bajo la sombra de los cafetos, y saca un puñado: lo huele, lo aprieta, le queda pegado el aroma terroso y una humedad que se mete en las grietas de la piel. Son las 6:10 de la mañana, la niebla baja envuelve el camino. Hortensia no piensa en microorganismos ni en ciclos de carbono, pero cada movimiento suyo activa un universo invisible: un solo gramo de esa tierra —según el Instituto de Ecología de la UNAM— puede albergar hasta 7,000 millones de bacterias, más que todos los habitantes del planeta en 2024.

En las parcelas de 1,100 metros de altitud, los suelos respiran junto con quienes los trabajan. Cada paso hunde ligeramente la suela de las botas en la textura blanda, dejando atrás el olor a hojas en descomposición. La tierra, aquí, no es solo fondo: es un organismo que crece, digiere y conversa con todo lo que toca.

Pero no todos los suelos cuentan la misma historia. En solo 20 kilómetros, la diferencia entre una parcela labrada y otra cubierta de hojarasca puede traducirse en 5°C de diferencia de temperatura superficial al mediodía, medidos por sensores del Colegio de Postgraduados en 2022. Esa variación define qué puede sembrarse y cuánto rendirá la milpa.

La pregunta que inquieta a las y los campesinos: ¿cómo se mantiene viva la tierra, y qué pasa cuando deja de respirar?

Bajo el microscopio en Morelia: la vida secreta del suelo

En los laboratorios del Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco-UNAM), al sur de Morelia, Michoacán, la doctora Leticia Vega observa al microscopio muestras de suelo tomadas a 2 kilómetros del lago de Cuitzeo. Una sola gota diluida revela filamentos de hongos (Ascomycota), esporas de actinomicetos, nematodos de menos de 0.5 mm y protozoarios en movimiento. El silencio del laboratorio contrasta con el zumbido de los ventiladores y el olor a alcohol etílico junto a la mesa de disección.

Un estudio publicado por el equipo de Vega en 2021 identificó al menos 1,400 especies microbianas distintas en una sección de 10 gramos de suelo agrícola, usando secuenciación de ADN del Instituto de Biotecnología de la UNAM. Cada especie cumple un rol específico: unas degradan celulosa, otras fijan nitrógeno, otras compiten con patógenos.

El reto, dice Vega, es que cada vez menos suelos mantienen esa complejidad: “El uso intensivo de fertilizantes sintéticos ha reducido la diversidad fúngica en un 60% en menos de veinte años”.

¿Por qué un suelo vivo puede resistir la sequía y el ataque de plagas mejor que uno esterilizado por los agroquímicos?

Milpas policultivo en Milpa Alta: ingeniería tradicional y biodiversidad

En San Antonio Tecomitl, alcaldía Milpa Alta (CDMX), don Facundo limpia la hojarasca de una milpa de 2.4 hectáreas intercalada con magueyes (Agave salmiana), nopales y frijol criollo. El aire huele a humedad y una brisa fría baja del Ajusco. A diferencia de un monocultivo, aquí cada especie cumple una función: el frijol trepa los tallos de maíz, las raíces del maguey fijan suelo y evitan erosión, la sombra de los nopales mantiene la temperatura del suelo 3°C más baja comparada con parcelas sin cobertura, según datos de INIFAP en 2019.

Milpa Alta sigue patrones que la ciencia agronómica comenzó a entender apenas en los años 80: las raíces de diferentes plantas cooperan y compiten para repartir fósforo, nitrógeno y potasio a diferentes profundidades (de 10 hasta 60 cm), lo que permite aprovechar la luz, el agua y los nutrientes con una eficiencia que difícilmente iguala un solo cultivo.

Un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana en 2020 halló que milpas diversificadas producen hasta 1.8 veces más calorías por metro cuadrado que el maíz solo, pese a sembrar menos densidad de cada especie.

¿Pero qué ocurre bajo la superficie cuando se pierde esa diversidad y se arranca todo menos el maíz?

La trampa de los fertilizantes sintéticos: lo que no se ve desde arriba

En 1943, en el Bajío guanajuatense, se aplicaron por primera vez fertilizantes nitrogenados a gran escala — 120 kg por hectárea, según la Secretaría de Agricultura. Al principio, las cosechas subieron: maíz de 1.1 pasaron a 2.2 toneladas por hectárea en menos de una década. Pero el suelo cambió de olor: la tierra olía más ácida, más compacta, menos rica que las parcelas que seguían usando composta casera y rotación de cultivos.

La promesa del nitrógeno barato esconde una consecuencia: en menos de 20 años, el conteo de lombrices bajó de 320 a menos de 70 por metro cuadrado, medido por biólogos del Cinvestav en 2015. El color de la tierra pasó de café oscuro a un gris claro, y la textura se volvió más dura, costando más trabajo meter la pala.

El ciclo se repite: a mayor fertilizante, menos microvida, menos materia orgánica, mayor erosión. Una parcela cerca de Irapuato perdió 4.3 cm de capa fértil en 25 años, según un estudio de la Universidad de Guanajuato (2018).

¿Hay manera de revertir ese daño, o toda la región está condenada a suelos exhaustos?

Composta caliente en el Altiplano: el método Berkeley explicado

En San Salvador El Seco, Puebla (2,400 msnm), un taller de agroecología reúne a 17 personas en la parcela de la familia Méndez. El aire huele a estiércol fresco y paja. Son las 8:35 de la mañana, temperatura de 18°C. El método que enseñan se llama Berkeley, desarrollado en California en 1956 y adaptado por el Colectivo Tlalli. Permite convertir desechos en suelo fértil en apenas 18 días si se siguen los pasos exactos.

  1. Materiales: 1 m3 de paja o rastrojo, 50 kg de estiércol de borrego o vaca, 20 kg de restos de cocina, 10 litros de agua (la suficiente para que todo esté húmedo pero no empapado)
  2. Montaje: Se forma una pila de 1.2 m de alto, alternando capas (paja–estiércol–verdes–paja). La temperatura interna debe alcanzar 60°C en 2-3 días.
  3. Volteo: Cada 2 días, con pala o trinche, volteando toda la pila para oxigenar. Ojo: si la pila huele a podrido (azufre), falta oxígeno o hay exceso de humedad.
  4. Terminado: A los 18-20 días, la composta huele a tierra húmeda, se siente tibia y tiene color café oscuro uniforme.

El riesgo más común, explica el promotor Rubén Alarcón, es dejar la pila sin voltear: “Se enfría, se pudre o no se descompone”. Un termómetro de sonda (se consigue en ferreterías desde $250) ayuda a saber si hay que intervenir.

¿Cómo se traduce ese abono en más vida bajo los pies?

Lombricomposta en Xochimilco: fábricas de suelo en miniatura

En el borde de la chinampa de San Gregorio Atlapulco, Xochimilco, doña Macrina raspa una caja de madera de 1 x 2 metros. Adentro, cientos de lombrices rojas californianas (Eisenia fetida) se retuercen en la penumbra, bajo una capa de composta semidescompuesta. El olor es dulce, entre café y humedad. Una vez por semana, recolecta cerca de 2.5 kg de lombricomposta lista: oscura, esponjosa, fría al tacto.

Las lombrices procesan hasta su propio peso en materia orgánica cada día. En estudios de la UNAM (2017), este método aumenta en un 40% la densidad de bacterias benéficas y triplica la presencia de micorrizas en los suelos adonde se aplica. El abono líquido (lixiviado) se diluye 1:10 en agua y se usa para regar trasplantes.

En la zona chinampera, colectivos como Chinampayolo ofrecen talleres mensuales (costo de $200 a $350) donde enseñan a construir y manejar lombricomposteras caseras. Los errores más comunes, según Macrina: exceso de humedad, mezclar cítricos o carnes, y dejar que entren hormigas.

El resultado no es solo más tierra: la estructura del suelo se vuelve más esponjosa, más capaz de retener agua durante las sequías que ya se sienten cada vez más largas.

¿Puede la suma de pequeñas cajas de lombrices cambiar la suerte de una región?

Micorrizas: la red oculta que conecta el campo

En la Reserva de la Biósfera Montes Azules, Chiapas, técnicos de la Conabio instalaron en 2022 sensores de humedad y cámaras trampa a 150 cm bajo tierra. Detectaron que raíces de ceibas (Ceiba pentandra) y cedros (Cedrela odorata), separados por hasta 12 metros de distancia, compartían agua y nutrientes a través de hilos de hongos micorrízicos (Glomeromycota), invisibles a simple vista pero medibles por tinción y microscopía de fluorescencia.

Las micorrizas pueden expandir el alcance de una raíz en 50-200 veces, según el Instituto de Biología de la UNAM. Absorben fósforo, movilizan minerales y hasta protegen a las plantas de patógenos del suelo. Su presencia se traduce en una humedad más estable, menos estrés por sequía y mejor crecimiento de plántulas nativas.

El color del suelo donde hay micorrizas es más oscuro, la textura más suelta, y al excavar se perciben filamentos brillantes bajo luz directa. Sin ellas, los árboles jóvenes tienen un 60% menos de probabilidades de sobrevivir el primer año, según datos publicados en Forest Ecology and Management en 2021.

¿Es posible restaurar suelos degradados reintroduciendo estas redes ocultas?

Cómo regenerar un suelo: guía práctica desde Tlaxcala

En Ixtenco, Tlaxcala, a 2,600 metros de altitud, el colectivo Semillas del Mañana trabaja parcelas degradadas por décadas de arado. El objetivo: en tres años, transformar un suelo compacto y pobre en materia orgánica (<3%) en una tierra suelta, con 5% de carbono activo y buena retención de agua.

  1. Cubierta: No dejar nunca el suelo desnudo. Usar paja, rastrojo o cultivos de cobertura (vicia, trébol, chícharo)
  2. Rotación: Alternar familias de cultivos cada ciclo (maíz–frijol–calabaza–amaranto)
  3. Siembra directa: No voltear el suelo, solo hacer surcos o agujeros donde irá la semilla. Esto preserva las redes de hongos y lombrices
  4. Abono: Aplicar composta madura a razón de 1.5 kg por metro cuadrado, de preferencia antes de lluvias
  5. Micorrizas: Inocular semillas con polvo comercial (de marcas como Myco-Mex o TerraM, de venta en viveros de Puebla y CDMX, $80–$180 por sobre de 100 g)

La medición de avance se hace con pruebas sencillas: clavar una varilla de acero (de 8 mm) y medir cuántos centímetros entra sin fuerza; comparar el color y el olor tras 12 meses. Si la tierra es más oscura y huele a bosque húmedo, vas en buen camino.

El error más común es arar por costumbre: rompe la estructura y mata la microvida. La paciencia (y no el arado) es la herramienta principal.

¿Hasta dónde puede llegar la restauración cuando los suelos vivos se entienden como aliados y no como simples sustratos?

El futuro bajo nuestros pies: sensores, ciencia y campesinas

En 2024, el Laboratorio Nacional de Observación de la Tierra (LANOT) de la UNAM instaló una red de sensores a 5, 15 y 30 cm de profundidad en parcelas de Amecameca, Estado de México. Cada sensor mide humedad, temperatura y contenido de carbono cada hora. Los datos, accesibles en tiempo real, permiten ver en pantalla cómo un riego, una tormenta o una sequía afectan al suelo desde abajo, no solo en la superficie.

La doctora Julia Martínez, parte del equipo LANOT, explica: “Por mucho tiempo, la ciencia ignoró al suelo como algo vivo. Hoy sabemos que un suelo sano absorbe más carbono que un bosque degradado, y que su manejo puede decidir la cosecha o la sequía”.

Pero la tecnología no suplanta el conocimiento campesino. En la comunidad, las mujeres revisan la tierra con las manos, miden la humedad apretando un puñado, comparan el color con la memoria de años previos. La ciencia empieza a colaborar en vez de dictar.

Algunas preguntas quedan abiertas: ¿qué pasa con los suelos urbanos, los de maceta y azotea? ¿Pueden volverse también refugio para la vida microbiana?

Hazlo tú mismo: una pizca de suelo vivo en casa

Materiales:

Procedimiento:

  1. Coloca una capa de piedras pequeñas o grava al fondo de la maceta.
  2. Mezcla la tierra negra con la composta y las micorrizas.
  3. Agrega una capa de restos vegetales, cúbrela con la mezcla anterior.
  4. Riega hasta sentir la superficie húmeda (sin encharcar).
  5. Coloca la maceta bajo sombra parcial. Cada vez que tires restos vegetales, cúbrelos con tierra.

En dos semanas, la mezcla olerá a bosque después de la lluvia. Si se seca, añade agua; si huele a podrido, destapa y revuelve. Así, una pizca de suelo vivo puede empezar desde una ventana.

La vida del suelo no solo ocurre en hectáreas: cabe en la palma de una mano, si se cuida el equilibrio.

Glosario

Micorriza
Asociación simbiótica entre hongos del suelo y raíces de plantas, que incrementa la absorción de agua y nutrientes.
Lombricomposta
Abono producido por lombrices al digerir materia orgánica, rico en nutrientes y microorganismos benéficos.
Método Berkeley
Técnica acelerada de composta que permite obtener abono en 18–21 días mediante volteos frecuentes y control de humedad.
Materia orgánica
Restos de plantas y animales en descomposición que aportan nutrientes y mejoran la estructura del suelo.
Siembra directa
Práctica de cultivar sin voltear el suelo, preservando su estructura y vida microbiana.
Hojarasca
Capa de hojas secas que cubren el suelo, protegiéndolo de la erosión y conservando la humedad.