Correr entre pinos y barrancas: el latido de Narárachi

El sol apenas se asoma sobre los pinos y encinos en Narárachi, a 2,100 metros de altitud en el municipio de Guachochi, Chihuahua. Isidro, un rarámuri de 14 años, ajusta el nudo de ixtle en su huarache, mientras el aire huele a tierra húmeda y leña quemada. Son las seis y cuarto; en la ladera, unos gallos cantan y las mujeres ya preparan pinole. Un grupo de seis niños y niñas, los más pequeños de la comunidad, se agrupan junto al álamo grande: van a cruzar tres kilómetros de vereda hasta llegar a la escuela primaria de Cusárare. El paso de Isidro resuena sobre las piedras sueltas: aquí, correr no es metáfora, es trayecto cotidiano. Nadie cronometrará su tiempo. Nadie sospecharía que esta costumbre, tan simple, encierra una clandestina forma de autonomía.

La Sierra Tarahumara abarca casi 64,000 km²: siete veces la superficie de la Ciudad de México. Más del 90% está cubierta por barrancas y cañones; la Barranca del Cobre, en Urique, alcanza los 1,879 metros de profundidad y es más honda que el Gran Cañón de Arizona. El rarámuri —"pie ligero" en su lengua— aprendió a moverse aquí huyendo de la minería colonial. Entre pinos Pinus durangensis y encinos Quercus rugosa, cada paso es decisión política: quedarse, resistir, cuidar la vereda que nadie asfaltó.

El olor a sotol y a hojas nuevas marca los cambios de estación. En primavera, los corredores untan grasa de venado en la planta de los pies. Sus huaraches —tirados en cruces de cuero y llanta— apenas dejan huella, pero resisten el filo de las rocas. No usan cronómetros ni podómetros, pero la memoria corporal guarda distancias y pendientes. ¿Cómo sobrevive este ritmo en un mundo obsesionado con la velocidad y los mapas?

El territorio: defensa cotidiana desde Norogachi

En Norogachi, a 1,980 metros sobre el nivel del mar, la asamblea rarámuri se reúne cada 28 días lunares. Aquí, la palabra pesa más que cualquier papel timbrado: lo que decide la comunidad, nadie lo desdice, ni el síndico municipal. Desde hace setenta años, el ejido San Elías Repechique pelea 11,400 hectáreas arrebatadas por decretos federales y la expansión del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico (Chepe). El aire en la asamblea huele a atole agrio y sudor; los ancianos, sentados sobre cobijas, dictan puntos de acuerdo en ralámuli, no en español.

Según el Informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (2015), ocho de cada diez conflictos de tierras en la Sierra Tarahumara permanecen sin resolución legal. El ruido de motosierras, a veces, interrumpe las juntas: madereros del municipio de Bocoyna talan pino y abeto para exportar tablones. La comunidad ha documentado la desaparición de decenas de arroyos temporales desde 1980; cada verano, el mismo olor a humo anuncia los incendios forestales que consumen cientos de hectáreas.

Pero el territorio no se defiende solo en tribunales. Cada día, las mujeres de Norogachi recorren cuatro kilómetros hasta el ojo de agua para lavar ropa y juncos. Los niños cuidan cabras en barrancos donde el viento raspa la cara. Aquí, el tiempo se mide en temporadas de siembra y en los trayectos a pie que nadie ha pavimentado. ¿Por qué el Estado mexicano —con toda su maquinaria jurídica— no ha logrado desalojar del todo a quienes sólo llevan huaraches y un bastón de madera?

La organización tradicional: gobernar desde la costumbre

El olor a sotol fermentado recorre el patio comunal de Munerachi, en Batopilas, cuando inicia la fiesta del “Yúmare” cada mes de abril. Son las siete de la noche y Loreto, el “gobernador tradicional” —puesto rotativo ancestral—, reparte placas de teja quemada entre los asistentes: es el símbolo de autoridad. No hay policía ni ministerio público; aquí, quien roba o miente carga durante cinco días un leño de pino de 14 kg como castigo. El cabildo tradicional se compone de cinco a trece cargos, según el tamaño del rancho, y todos se eligen por asamblea, nunca por partido político.

En uno de los cuartos de adobe, los ancianos repiten la lista de cargos: gobernador, capitán, síndico, topil... Cada uno con su función exacta y su extensión territorial —más de 17,000 comunidades dispersas reconocidas por la CDI en 2020. Los acuerdos se sellan con tesgüino (cerveza de maíz), mientras el techo gotea en las noches lluviosas de julio. Nadie menciona salarios: el “servicio” es obligatorio, un ciclo que todos cumplen alguna vez entre los 18 y 60 años.

La justicia formal rara vez cruza estas paredes de adobe. ¿Cuántos municipios del resto del país serían capaces de sobrevivir sin patrullas, juzgados ni vigilancia digital?

Rarámuri runners: ciencia, fisiología y mito en los cañones

En la Barranca de Sinforosa, cerca de Guachochi, el ritmo del paso rarámuri deja una estela de polvo rojo sobre la roca caliente. Desde 1994, el ultramaratonista estadounidense Micah True —"Caballo Blanco"— corrió junto a corredores locales, maravillado de que niños y adultos recorrieran 50 km bajo el sol sin zapatos ni avituallamiento. La temperatura sube de 7°C a 32°C entre la madrugada y la tarde. La Universidad Autónoma de Chihuahua documentó en 2019 que el VO2 máximo (capacidad de oxigenación) de los rarámuri de 20 años iguala o supera al de atletas olímpicos.

Pero el secreto no está sólo en la genética: la dieta diaria —pinole, tesgüino y frijol negro— contiene menos de 3,000 kcal, pero provee fibra y proteínas en proporciones que desconciertan a nutriólogos deportivos. El “rarajípari”, carrera que dura hasta 48 horas, se corre empujando una bola de madera tallada. En cada toque, el corredor baja la cabeza, sopla y echa a andar otra vez. No compiten contra el reloj ni contra el otro: “no gana quien llega primero” —explicó el cronista Jesús Lemus en 2017— “sino quien hay resistido al cansancio sin rendirse”.

Después de cada carrera celebran con atole agrio. El sudor seco huele a polvo y a maíz fermentado. ¿Cuánto de este rendimiento se perdería si alguien impusiera entrenamiento militarizado o dietas estándar?

Semillas, milpas y maíces azules de Aboreachi

En las terrazas de Aboreachi, a 2,400 metros de altitud, Rosalina —de manos callosas y rebozo deshilado— siembra maíz azul sobre laderas inclinadas a 37°. Usa un palo de cavar, de encino torcido, y semillas resguardadas en una olla de barro gris. El grano, de la variedad “pinole azul” (Zea mays), produce el doble de harina comparado con el híbrido blanco importado de Sinaloa. Cada ciclo, entre mayo y octubre, cubren la superficie con ceniza: repele hongos y fertiliza el suelo.

El Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) documentó en 2021 que al menos 26 razas de maíz nativo se cultivan en la Sierra Tarahumara, algunas en parches tan pequeños como 120 m². Las semillas circulan por trueque en tianguis: 1 kg de pinole azul cuesta 48 pesos, el criollo blanco apenas 32. El aire a mediodía hierve de olor a maíz tostado y humo de leña; los niños, descalzos, muelen el grano en metate para preparar tortillas del tamaño de una mano de adulto.

Cada semilla viene con una historia: “si echas la buena semilla donde hay sombra, no crece —tiene que ver el cielo”, recuerda Rosalina. Ése es el misterio de la autonomía, guardado en un puñado de grano azul que no cotiza en bolsa.

Hazlo tú mismo: preparar pinole rarámuri tradicional

Para probar el pinole rarámuri como lo preparan en Norogachi, se necesitan ingredientes y tiempo. Consigue 1 kg de maíz azul (Zea mays) en el mercado local o tianguis de Batopilas, 50 g de canela en rama y 150 g de piloncillo oscuro. El costo por kg ronda los 65 pesos en mercados indígenas de Chihuahua; la canela y el piloncillo pueden encontrarse en tiendas tradicionales. El maíz debe asarse sobre brasas de encino hasta que reviente y desprenda olor a nuez tostada.

  1. Deja enfriar los granos asados. Muélelos en metate o molino de mano hasta obtener un polvo fino. El aroma debe recordar a chocolate ligeramente ahumado.
  2. Mezcla en seco el polvo de maíz con canela molida y piloncillo rallado. El color final es azul grisáceo, con matices violáceos.
  3. Guarda el pinole en recipientes de barro para evitar humedad. Puede durar hasta tres meses hermético. Una taza mezclada con agua o leche sostiene jornadas de más de seis horas de trabajo en campo.

Evita usar licuadora eléctrica, pues el calor sobrecalienta el grano y cambia el sabor. Si no tienes metate, en la Sierra suelen usar un mortero de piedra volcánica.

El error común: usar maíz amarillo o blanco híbrido, que da un pinole menos dulce y menos compacto, o agregar azúcar refinada, que empalaga. El pinole rarámuri funciona como mochila: ligero, calórico, resistente a la intemperie. ¿Quién necesita barras energéticas importadas cuando cabe en un morral de manta?

Cuentos de resistencia: el habla, la música, la fiesta

En la plazuela de Creel, cada sábado de octubre, se escucha el retumbar de tambores y flautas endebles hechas de carrizo. El aire está cargado de humo de gorditas y perfume de resina de ocote. Es la fiesta de San Francisco, donde cinco comunidades rarámuri se juntan a bailar y narrar cuentos en ralámuli. La lengua —hoy hablada por más de 80,000 personas según el INEGI 2020— vibra en el eco de los cerros y el choque de palmas.

En las escuelas de Guachochi, desde 2016 se imparten clases bilingües: los niños recitan versos y leyendas como la del “tónari” (el sol que corre tras la luna). El investigador Enrique Servín describió en su “Antología de la narrativa rarámuri” (1994) cómo los cuentos locales se trenzan con advertencias ambientales: si talas el bosque, los venados se irán; si olvidas danzar, la lluvia no caería. El color de la tierra y la música: dos lenguajes que ningún trámite oficial puede extinguir.

La música también resiste: violines de cedro, guitarras de cuatro cuerdas y tambores parcheados con piel de venado. El sonido se mezcla con el griterío de los niños danzantes, algunos aún cubiertos de maíz molido de la ofrenda. ¿Qué otra fiesta mantiene viva la historia cuando los libros se han cerrado?

Contra el olvido: amenazas y caminos de futuro

En el campamento de Coloradas de la Virgen, la noche baja a 4°C y la neblina aprieta el corazón de la sierra. El fogón chisporrotea. María, de 17 años, revisa el mapa que sus abuelas trazaron en papel estraza hace tres décadas: ahí, cada arroyo, cada árbol de Quercus arizonica, está dibujado a mano. Su aldea ha resistido al avance del aserradero de Chínipas desde 1997; el colectivo Alianza Sierra Madre A.C. calcula que en 25 años, han desaparecido 850 hectáreas de pino piñonero.

Pero no todo es pérdida. Jóvenes como María ya aprendieron a usar GPS de bajo costo para mapear nacimientos de agua y denunciar talas ilegales: en 2023, logró documentar seis nuevos manantiales en zonas que los mapas del INEGI daban por secas. La temperatura de esos ojos de agua es apenas 13°C: allí, la comunidad se reúne a diario para cuidar el líquido que otros venden en cisternas urbanas.

“El futuro de la sierra está en las veredas y en la memoria de las abuelas”, dijo la antropóloga Martha Rees en un foro de la UACH en 2018. Las amenazas son muchas —minería, narco, sequía—, pero el ruido de los huaraches no cede. ¿Cuánto tiempo podrá resistir este latido antes de que los caminos sean sólo líneas en el papel?

Glosario

Rarámuri
Pueblo indígena originario de la Sierra Tarahumara, conocido por su resistencia física y su cultura de autonomía comunitaria.
Pinole
Harina de maíz tostado mezclada con especias y piloncillo, básica en la dieta rarámuri y fuente portátil de energía.
Yúmare
Fiesta ritual rarámuri celebrada en primavera; incluye danzas, ofrendas y carreras tradicionales.
Rarajípari
Carrera tradicional de resistencia donde se impulsa una bola de madera durante decenas de kilómetros.
Huarache
Sandalia tradicional hecha de cuero o llanta reciclada, utilizada por los corredores rarámuri.
Tesgüino
Bebida fermentada a base de maíz, central en los rituales y acuerdos comunitarios rarámuri.
Ejido
Tierra comunal poseída colectivamente bajo derecho mexicano, administrada por asambleas locales.