Bajo el pirul de Iztapalapa: un árbol con acento extranjero

Don Severiano sacude las sandalias de polvo mientras se sienta al pie de un pirul añoso en la colonia Santa Martha Acatitla, al sureste de Ciudad de México, a 2,240 metros sobre el nivel del mar. Se acuesta sobre las raíces retorcidas y mira cómo los racimos de bolitas rosadas (Schinus molle) cuelgan como aretes de fiesta entre hojas finas que huelen a especias y resina. El aire lleva una mezcla de tierra mojada y picor suave, como si alguien hubiera molido un puñado de pimienta y alcanfor en el mismo mortero. Este árbol, que parece parte del paisaje desde siempre, en realidad viene de mucho más lejos de lo que cualquiera imagina.

En las calles de Iztapalapa hay docenas de ejemplares viejos: corteza rugosa color pardo, ramas que se doblan hasta rozar la tierra y un zumbido de abejas que buscan las diminutas flores blancas entre junio y julio. Pero ninguna placa habla de su origen andino. Para los merolicos y tamaleras, el pirul es tan chilango como los tacos de canasta, un refugio contra el sol y el lugar para colgar piñatas o puestos ambulantes.

La presencia del pirul en el Valle de México se da por sentada. Nadie cuestiona su papel en tianguis, veredas rurales y hasta panteones, donde la sombra densa detiene a dolientes y vendedores de flores. ¿Cómo llegó este árbol a ser protagonista anónimo en la memoria urbana y rural de México?

La respuesta está más al sur, entre quebradas secas y cielos altísimos de los Andes peruanos. Pero para descubrirlo, primero hay que aprender a reconocer lo que el pirul es — y lo que no.

Andino de sangre, mexicano por costumbre: la ruta del Schinus molle

El pirul, conocido científicamente como Schinus molle, es originario de las regiones altoandinas de Perú, Bolivia y el norte de Chile, donde crece entre 500 y 3,500 msnm. En esos valles pedregosos, el aire seco huele a humo de leña y las hojas del pirul desprenden un aroma balsámico que ha perforado la memoria de varias culturas precolombinas.

Su madera clara y liviana cruje cuando se parte. La savia, amarga y pegajosa, fue usada por los incas como antiséptico y repelente de insectos. Es fácil confundirlo con un sauce llorón, pero basta romper una hoja para liberar el olor a pimienta con notas de almizcle y limón, algo que ninguna especie local mexicana comparte.

En México central —desde Puebla y Morelos hasta la franja de la Sierra Madre Occidental— el pirul se mezcla entre mezquites (Prosopis spp.) y magueyes (Agave spp.), saltando de clima en clima con la resistencia de un viajero curtido. Los botánicos ubican su llegada al virreinato, probablemente traído por frailes y comerciantes por sus supuestos poderes mágicos y su uso como sombra rápida en caminos polvorientos.

Su destino en México: el anonimato glorioso de los árboles útiles, esos que nadie se detiene a nombrar pero que sostienen mercados, casas y leyendas.

¿Pimienta? Solo de nombre: química y confusión en las bayas rosas

En la plaza de Tlayacapan, Morelos, una mujer remueve una charola repleta de bolitas rosadas mientras el aroma a chile seco y flores marchitas flota en el aire tibio. “Es pimienta mexicana”, dice, y ofrece un puñado para probar. La confusión es común: los granos del pirul parecen especias, pero su sabor es más resinoso, con un picor tenue y una nota dulzona que recuerda a la guayaba verde.

La botánica cuenta otra historia. La verdadera pimienta negra —el grano molido en la mayoría de los molinos de cocina— proviene de Piper nigrum, una liana tropical asiática. El pirul ni siquiera es de la familia Piperaceae, sino de las Anacardiaceae, pariente más cercano del mango y el cashew que de cualquier pimienta real.

El sabor picante y su uso en cocina tienen que ver con aceites esenciales distintos: alfa-pineno y limoneno dominan en el pirul, mientras que la pimienta negra contiene piperina. Por eso, el pirul no produce el mismo cosquilleo intenso, sino un calor difuso que sube suave a la lengua y la garganta.

Aun así, la pimienta rosa del pirul se usa en moles, infusiones y hasta para aromatizar mezcales en Oaxaca y Puebla, donde su color añade un toque inesperado en platos festivos. Pero hay algo más: no todas las partes del pirul son seguras para comer.

Tóxico, medicinal, ornamental: los muchos rostros del pirul mexicano

En los bordes de la barranca de Atlixco, Puebla, los niños suelen usar las ramas del pirul para hacer espadas aromáticas y colgar collares de semillas. El olor que dejan en las manos es fresco, casi mentolado. Sin embargo, pocos saben que, aunque algunas partes del pirul tienen usos medicinales, consumir grandes cantidades de sus frutos o resinas puede causar molestias gástricas o incluso intoxicación leve.

Las hojas, maceradas en alcohol, se utilizan tradicionalmente para frotar articulaciones doloridas o tratar llagas, mientras que una infusión suave ayuda como expectorante. En la medicina tradicional del altiplano mexicano y en partes de Sudamérica, el pirul ha sido empleado como antiinflamatorio, antiséptico y para aliviar resfriados.

Sin embargo, veterinarios rurales del Bajío advierten que las cabras y vacas que ingieren ramas frescas pueden mostrar síntomas de malestar: salivación excesiva, irritación bucal o diarrea pasajera. Para las aves nativas, las semillas parecen inofensivas; jilgueros y tordos las picotean sin mayor problema.

La resina, densa y de color ámbar, fue utilizada por pueblos andinos para sellar vasijas de barro o preparar bálsamos. En México, la tradición se ha adaptado: se frota en heridas menores y en muñecas contra el “mal aire”. Pero la línea entre remedio y veneno, en el pirul, es tan delgada como una hoja seca.

Cómo sembrar y cuidar un pirul: guía práctica desde el altiplano

Si buscas plantar un pirul en casa, lo primero es conseguir semillas frescas de un árbol sano, idealmente recolectadas en octubre o noviembre, cuando los racimos de frutos están completamente rosados y la pulpa se desprende fácil al tacto. Los tianguis rurales de Morelos y Estado de México suelen venderlas en pequeños montoncitos, a la par de otras semillas de temporada.

Cuando la plántula alcance 30 cm de altura y el tallo se note leñoso —alrededor de 6 a 8 meses— trasplántala al sitio definitivo, cuidando que haya espacio suficiente para su copa amplia (puede superar los 8 metros de diámetro en condiciones óptimas). Un error común es plantarlo demasiado cerca de bardas o aceras: sus raíces pueden levantar materiales duros.

La poda ligera estimula el crecimiento y mantiene la forma redondeada característica de los ejemplares urbanos, como los que abundan en pueblos de Jalisco y Zacatecas. El pirul, una vez establecido, resiste sequías intensas y plagas, aunque en zonas de lluvias muy abundantes puede desarrollar hongos en la base del tronco.

Entre leyendas y mercados: el pirul en la cultura popular mexicana

Bajo el sol cenizo de Zapotlanejo, Jalisco, las fiestas del pueblo empiezan con una procesión que cruza la plaza mayor, decorada con ramas de pirul fresco. El aroma resinoso llena el aire mientras las campanas repiquetean y el polvo se levanta de los adoquines. “El pirul espanta brujas y malas vibras”, contaba una señora mayor, mientras trenzaba coronas para colocar en la puerta de la iglesia.

En muchas regiones del centro de México, el pirul es protagonista de relatos de aparecidos, encuentros con el diablo y limpias espirituales. Se recomienda colgar ramitas en las ventanas o llevar un puñado de hojas secas en la bolsa como protección contra el “mal de ojo”.

En la zona de Milpa Alta y Xochimilco, las ramas cuelgan junto a puestos de flores y baratijas, protegiendo mercancía y clientes por igual. La tradición dice que si te cobijas bajo un pirul durante la tormenta, ningún rayo te tocará, aunque nadie ha demostrado si el árbol realmente disipa rayos o solo tranquiliza miedos viejos.

En el mercado de Atlixco, las semillas se venden junto a hierbas de olor y remedios: pirul para el insomnio, para el reumatismo, para el susto. Hay quien dice que donde hay un pirul, siempre habrá un mercado vivo. Pero ¿qué futuro tiene este árbol en medio del concreto y la expansión urbana?

El pirul en la ciudad: resistencia ecológica y retos urbanos

Pasear por la colonia Doctores, en la Ciudad de México, es descubrir islas verdes entre el asfalto: pirules que rompen banquetas y filtran la luz con una lluvia de hojas como agujas. Estos árboles se cuelan en los bordes de lotes baldíos, escuelas y cementerios, resistiendo contaminación, podas brutales y la indiferencia de quienes los ven solo como parte del paisaje urbano.

El pirul prospera en suelos compactados y condiciones difíciles, donde otras especies no aguantan la sequía ni la falta de nutrientes. Su copa, amplia y caída, reduce la temperatura del suelo hasta en cinco grados en días de calor extremo, y ofrece refugio a aves urbanas como gorriones (Passer domesticus) y tordos (Quiscalus mexicanus).

Sin embargo, los pirules viejos enfrentan amenazas: raíces que dañan tuberías, ramas que se parten con lluvias torrenciales, o la tala indiscriminada para plantar especies “decorativas” importadas. Algunas alcaldías buscan reemplazarlos por jacarandas o ficus, ignorando la ventaja ecológica de un árbol que no pide casi nada a cambio.

En ciudades como Guadalajara y Toluca, colectivos ciudadanos han empezado a mapear y defender los ejemplares centenarios, argumentando que el pirul no solo preserva la biodiversidad urbana, sino también parte de la memoria colectiva del espacio público. ¿Serán suficientes estos esfuerzos para conservarlo en la siguiente generación?

Bajo la sombra que llegó de lejos: memoria y futuro del pirul mexicano

Al atardecer, Don Severiano cierra el puesto de verduras y recoge las ramas de pirul que usó para espantar moscas. El aire huele a resina y tierra húmeda tras la lluvia. Ni él ni la mayoría de los habitantes de Iztapalapa podrían decir cuándo o cómo llegó el primer pirul a estas tierras, pero su sombra ha tejido historias, curado males y dado refugio durante generaciones.

Quizá, en unos años, los mismos niños que ahora juegan a las espadas con sus ramas pregunten por qué hay menos pirules en los camellones, o quién decidió cortarlos. Tal vez alguien, entonces, cuente la historia de un árbol que cruzó continentes, cambió de idioma y se volvió tan mexicano como el pozole, aunque sus raíces recuerden el aire seco de los Andes.

En mercados, plazas y caminos rurales, el pirul sigue allí: discreto, aromático, siempre dispuesto a prestar su sombra y su misterio. Queda en nosotros decidir si aprendemos a cuidarlo, o solo nos despedimos el día que falte — sin haber notado nunca que era, en realidad, un extranjero bienvenido.

Glosario

Schinus molle
Nombre científico del árbol conocido como pirul o falso pimentero, originario de los Andes.
Anacardiaceae
Familia botánica a la que pertenece el pirul, junto con especies como el mango y el cashew.
Piper nigrum
Planta tropical asiática que produce la pimienta negra tradicional, no relacionada con el pirul.
Resina
Sustancia viscosa y aromática que exudan algunos árboles al ser cortados o dañados; en el pirul, de color ámbar y olor balsámico.
Poda
Técnica de recorte de ramas para estimular el crecimiento, dar forma o evitar riesgos en ejemplares urbanos.
Tóxico
Se dice de una sustancia que puede causar daños si se consume en cantidades o formas inadecuadas.
Tierra calcárea
Tipo de suelo con alto contenido de carbonato de calcio, común en regiones áridas y preferido por el pirul.