Una colmena improvisada en la Mixteca

En la barranca de Nochixtlán, Oaxaca, a 1,800 metros sobre el nivel del mar, don Justino clava una vara de huizache en la tierra cuarteada. El olor a tierra caliente se mezcla con el zumbido grave de abejas nativas — pequeñas, negras, invisibles para quien solo conoce la abeja europea. La caja que improvisó con tablones de ocote gotea miel clara. Justino no sabe el nombre científico, pero reconoce su vuelo bajo entre los magueyes (Agave salmiana) y los troncos secos de mezquite. Aquí, un solo panal significa que los frijoles y las calabazas van a cuajar mejor. Sin esos insectos, la mazorca queda hueca, el fruto sin semilla.

La Mixteca oaxaqueña, con su mosaico de lomeríos y valles, guarda una diversidad de polinizadores que rara vez aparece en los libros: abejas sin aguijón, mariposas de alas tornasol y colibríes de pecho iridiscente. El sol de las once pega vertical sobre las flores diminutas de la Crotalaria pumila, que despiden un olor ácido, casi a vinagre. Don Justino recuerda cuando los niños cazaban colibríes con ligas y palmas, pero ahora apenas se ven. ¿Qué ocurre cuando el monte se limpia y el polen deja de viajar?

No todas las abejas viven en colmenas. Muchas anidan en la tierra, en grietas, bajo piedras volcánicas. Cada especie tiene una flor y una temporada favorita — y perder una significa perder muchas cosechas.

El destino de una milpa depende de vuelos que no se ven. Pero devolverles el monte no es tan simple como plantar flores al azar. ¿Qué necesita un polinizador para quedarse a vivir aquí?

El eslabón perdido: flores nativas que nadie siembra

En la ribera del río Apulco, Puebla, doña Remedios desyerba a mano entre cañas y malvas, dejando intactas unas matas de Salvia mexicana. “Esa la dejan las abejas”, dice mientras huele la flor azul eléctrico. El olor es dulce, casi mentolado. Nadie siembra esas plantas — están ahí porque el río aún tiene margen y la corriente arrastra semillas cada temporal.

Las flores nativas como la Salvia mexicana o la Cosmos bipinnatus suelen desaparecer donde los potreros se limpian con machete y fuego. Son precisamente estas especies las que alimentan a la mayoría de los polinizadores nativos: abejas solitarias, mariposas monarca (Danaus plexippus), y colibríes de garganta azul (Lampornis clemenciae).

Ninguna semilla de estas flores se vende empaquetada en agrotienda grande. Hay que buscarlas en los linderos, donde los niños cortan ramos para el Día de Muertos. En muchos pueblos, la costumbre era dejar “montecito” en las orillas, un margen tupido de flores silvestres. Cuando ese margen desaparece, los polinizadores no encuentran alimento entre cosecha y cosecha.

La restauración comienza por dejar de “limpiar” todo. Pero no basta con el abandono: sin disturbios periódicos, algunas flores desaparecen también. ¿Cómo se equilibra la mano humana con la necesidad de que florezca el monte?

El dilema del barbecho: ¿dejar crecer o intervenir?

En la sierra de Manantlán, Jalisco, el barbecho es la regla: parcelas de maíz alternadas con años de descanso. A 1,200 metros, entre nieblas y cafetales, don Hilario observa el avance de los helechos (Pteridium aquilinum) y las bromelias. El olor terroso de la hojarasca mojada lo acompaña mientras busca señales de vida: mariposas, abejas doradas y colibríes picando flores de Cestrum nocturnum.

El barbecho, cuando dura más de dos años, permite que las flores silvestres regresen. Pero si el monte se deja sin control, los arbustos grandes sombrean las flores y las abejas pierden su recurso. Intervenir no siempre significa destruir: a veces hay que desbrozar selectivamente, quemar zacate viejo, resembrar especies que se perdieron por el pastoreo.

En las cañadas, la floración de la Ipomoea purpurea —morada y pegajosa— marca el regreso de los polinizadores tras las lluvias. Los niños recolectan semillas en costalitos para esparcirlas al año siguiente, tradición que en algunos ejidos aún sobreviven como “sembrar monte”.

El dilema persiste: ¿qué tanto hay que intervenir para restaurar y qué tanto dejar al azar? Y, sobre todo, ¿cómo saber qué flores necesitan los polinizadores de cada región?

Murciélagos, los polinizadores nocturnos que nadie ve

Cerca de Tizimín, Yucatán, la noche llega con un olor espeso a flor de pitahaya (Hylocereus undatus). Bajo la luz tenue de una lámpara de pilas, don Félix ajusta una red sobre el muro de piedra seca. El aire es húmedo, pegajoso, y los grillos cantan fuerte. De pronto, un murciélago magueyero (Leptonycteris yerbabuenae) rebota en la red, su pelaje huele a fruta fermentada. Félix lo suelta con cuidado. Para él, esos animales no son plaga, sino aliados: sin ellos no hay frutos de pitahaya ni semillas de agave.

En la península de Yucatán, los murciélagos polinizan cactus, agaves y ceibas. Su lengua larga y pegajosa recoge polen cuando nadie más vuela. El murciélago magueyero migra cientos de kilómetros siguiendo la floración nocturna, conectando ecosistemas que de día parecen aislados.

En la oscuridad, otras abejas —como la Melipona beecheii— siguen activas, entrando y saliendo de colmenas de barro escondidas en huecos de ceiba (Ceiba pentandra). El polen pegajoso se adhiere a su pelaje aterciopelado, invisible para quien solo busca abejas de día.

La restauración de paisajes no es solo para las horas de sol. ¿Qué flores y refugios permiten que estos polinizadores nocturnos sobrevivan?

Los colibríes: ingenieros diminutos de los bosques altos

En la niebla de la barranca de Tenango de Doria, Hidalgo, un colibrí orejas violetas (Colibri thalassinus) flota frente a una flor de Fuchsia microphylla. El aire es húmedo, huele a musgo y tierra mojada. El batir de alas produce un zumbido agudo, como de insecto gigante. Doña Aurelia, que cultiva alcatraces a 2,200 metros, cuenta las veces que el colibrí se posa en el hilo de la ropa — “trae buena suerte”, dice.

Los colibríes mexicanos, como el Lampornis amethystinus y el Calypte anna, migran entre distintos pisos altitudinales siguiendo floraciones de arbustos y árboles nativos. Su dieta depende de la abundancia de flores tubulares, muchas de las cuales desaparecen cuando se talan los bosques de niebla para abrir potreros.

El bosque mesófilo de montaña en Hidalgo, Veracruz y Oaxaca recibe entre 2,000 y 3,000 mm de lluvia al año. Las flores del género Fuchsia, Salvia y Penstemon dependen de polinizadores especialistas como los colibríes para su reproducción.

Sin colibríes, muchos árboles y arbustos no fructifican. Restaurar estos bosques implica reintroducir flores que solo abren cuando la bruma se disipa brevemente. ¿Cómo se seleccionan esas especies para que el colibrí no emigre?

Técnica práctica: cómo sembrar un seto de polinizadores en tu parcela

En los Valles Centrales de Oaxaca, a 1,500 metros, los linderos entre milpas se convierten en corredores vivos cuando se plantan setos de flores. La técnica es sencilla, pero requiere paciencia y ojo: el objetivo es que siempre haya algo en flor, de enero a diciembre.

Evita usar herbicidas y pesticidas; estos destruyen tanto flores como polinizadores. Un error común es plantar especies exóticas pensando que “ayudan”, pero muchas flores importadas no producen néctar suficiente para abejas nativas.

Al cabo de un año, el seto atrae abejas y mariposas. Si lo mantienes podado selectivamente, algunas especies florecerán prolongadamente. ¿Cómo se conecta este seto con el resto del paisaje agrícola?

Errores que matan polinizadores y cómo evitarlos

En las cañadas de la Sierra Norte de Puebla, don Cipriano recuerda el año en que rociaron pesticidas para combatir chapulines. El aroma metálico flotó sobre las huertas durante días. Al mes, las flores de calabaza (Cucurbita pepo) daban frutos mal formados. Las abejas meliponas desaparecieron por semanas. “Si ya no zumban, el fruto no cuaja”, dice.

Errores típicos que aniquilan polinizadores en el campo mexicano:

Evitar estos errores comienza por reconocer que no todas las “malezas” son indeseables. Algunas, como la Bidens pilosa (amor seco) y la Tridax procumbens (hierba de San Juan), son fuente de polen clave en la temporada seca.

Un polinizador muerto no se reemplaza en una sola temporada. La restauración es lenta: implica paciencia, observación y, sobre todo, dejar margen para lo inesperado. ¿Y qué ocurre cuando restaurar polinizadores genera más que solo frutas?

Cuando la restauración florece: cosechas que mejoran y paisajes que se llenan de vida

En los llanos de Tlaxcala, a 2,300 metros, doña Soledad planta calabazas entre surcos de maíz criollo. Su milpa produce el doble de flores que el año anterior, tras dejar una franja de cosmos silvestres junto al canal de riego. Ahora, cada mañana llegan abejorros peludos (Xylocopa mexicanorum) y mariposas blancas (Pieris rapae). El sonido es un zumbido constante, casi hipnótico. Doña Soledad observa cómo los frutos cuajan parejos y las semillas germinan mejor la siguiente temporada.

La restauración de polinizadores suele tener un efecto inesperado: aumenta la diversidad de aves pequeñas, lagartijas y hasta pequeños mamíferos. Los setos de flores se convierten en corredores biológicos, permitiendo que especies viajen entre milpas y montes.

En algunos ejidos, colectivos han documentado cómo la calidad de la miel y el sabor de los frutos mejora tras varios años de restaurar flores nativas. No es magia: más polen, más cruces, menos plagas. El paisaje mismo cambia de color y sonido.

¿Y si el verdadero valor estuviera en todo lo que crece alrededor de la cosecha principal?

Restaurar para polinizadores: ¿qué sigue cuando florece el campo?

En una tarde de agosto, en el ejido de Hueytlalpan, Veracruz, el aire huele a azahar y lodo. Un grupo de jóvenes camina entre huertos con cuadernos y teléfonos. Apuntan qué flores atraen más abejas, marcan en el mapa dónde anida un colibrí, y toman fotos de mariposas sobre la Tithonia rotundifolia. Uno de ellos pregunta: “¿Y si sembramos un corredor hasta el cerro?”

La restauración para polinizadores puede escalar: de una parcela a un ejido, de un ejido a un mosaico de paisajes productivos. En algunos estados como Oaxaca y Veracruz ya existen redes de “corredores de polinizadores”, donde pueblos enteros acuerdan dejar linderos floridos, evitar pesticidas y compartir semillas nativas.

El reto ahora es combinar lo tradicional con lo nuevo: técnicas ancestrales de dejar “montecito” y prácticas recientes de monitoreo con aplicaciones móviles. La ciencia entra, pero la mano que siembra sigue siendo la misma.

¿Será posible restaurar paisajes enteros solo con flores y paciencia? Hay quienes ya apuestan por ello. Pero el resultado depende de muchas manos y de vuelos diminutos que nadie ve.

Glosario

Barbecho
Periodo en que una parcela agrícola se deja sin sembrar para que recupere fertilidad y biodiversidad.
Polinizador
Animal, generalmente insecto, ave o murciélago, que transporta polen de una flor a otra, permitiendo la fecundación.
Seto vivo
Línea de plantas o arbustos sembrados para delimitar parcelas, servir de refugio y alimentación a polinizadores y pequeños animales.
Abeja melipona
Grupo de abejas nativas sin aguijón, productoras de miel, con importancia ecológica y cultural en Mesoamérica.
Pesticida sistémico
Químico que es absorbido por la planta y afecta a cualquier insecto que la consuma, incluidos polinizadores.
Corredor biológico
Franja continua de vegetación que conecta hábitats, permitiendo el movimiento de especies entre ellos.
Floración
Periodo en el que una planta produce flores, esencial para la reproducción y alimentación de polinizadores.