Antes del alba en la Sierra Norte: manos de doña Tomasa

En los primeros minutos del día, cuando el aire de Cuetzalan, Puebla, todavía huele a café tostado y la neblina baja oculta los cafetales, doña Tomasa —partera y sembradora desde hace cincuenta y dos años— revisa con dedos curtidos el suelo húmedo de su huerto. A 870 metros sobre el nivel del mar, ella camina descalza entre matas de epazote y ajenjo, apartando con la mano derecha una rama de matalotote (Baccharis trimera) para ver si la lluvia de anoche empapó suficiente la tierra. El silencio apenas se rompe por el aleteo de una gallina negra y el chasquido de su machete pequeño al abrir una calabaza tierna. Aquí, en este rectángulo de 60 metros cuadrados, la vida y la muerte se negocian a diario.

En Cuetzalan, el 63% de las mujeres participan en huertos familiares según datos del INEGI 2020. Cada parcela, aunque pequeña, produce una cosecha de sabores y remedios que no cruzan la plaza principal ni aparecen en recetarios oficiales. Doña Tomasa remueve la tierra con la misma técnica que aprendió de su abuela: primero desmenuza los terrones con la punta de los dedos, después huele la humedad para adivinar si el temporal alcanzará para las ajoteras. La tradición dice que si la tierra huele a moho fuerte, la siembra va tarde.

El olor a tierra mojada y poleo impregna su delantal. Más allá de la rutina, cada movimiento encierra un método. No es solo memoria: hay experimentación y ajuste año con año. Donde otros ven improvisación, ella ensaya con patrones; donde otros ven superstición, ella mide el grosor de las semillas entre pulgar e índice, como si pesara oro. ¿Dónde aprendió doña Tomasa a distinguir el punto exacto del epazote para parto difícil? Su respuesta nunca es simple y conduce a un laberinto de historias.

El rumor de los huertos familiares se cuela hasta el centro de Cuetzalan, pero ¿qué secretos químicos y botánicos resguardan sus manos que ni los estudiantes de la UNAM han documentado a fondo?

Saberes que no caben en un recetario: herbolaria y memoria

En el corredor de la casa comunal de Ayotzinapa, Guerrero, mujeres como doña Otilia alinean frascos de vidrio llenos de raíces secas y tallos frescos. Cada año, el Colectivo de Parteras de la Montaña cataloga entre 28 y 35 plantas medicinales con nombre náhuatl y español. En 2021, el colectivo registró el uso de chilcuague (Heliopsis longipes), cuachalalate (Amphipterygium adstringens) y tlanchalagua (Erythraea floribunda) para tratar partos prolongados y fiebre posparto. El aroma a resinas y savia cruda llena el aire del salón, mezclándose con el vapor de atole morado que alguien calienta en la esquina.

Tres generaciones de parteras, reunidas alrededor de una mesa de madera, discuten la diferencia entre hervir el tlacopatli durante trece minutos o dejarlo en infusión lenta. Un error de tiempo —demasiado calor, demasiada prisa— y el remedio puede volverse tóxico. Este nivel de precisión sorprende a quienes asumen que la herbolaria es asunto de azar. El doctor Alejandro Alvarado, investigador del Instituto Nacional de Medicina Tradicional, documentó en 2019 que “el margen de seguridad de varias recetas indígenas supera al de fármacos comerciales en toxicidad controlada”, pero advierte que la transmisión oral tiene límites cuando la migración fractura cadenas de aprendizaje.

En cada frasco yace una historia, pero también una fórmula: gramos, minutos, proporciones. El saber femenino no solo se archiva en la memoria, sino en las manos que hierven, machacan y filtran, año tras año.

La pregunta flota en el aire: ¿qué ocurre cuando una de estas plantas, desconocida fuera del pueblo, salva una vida que la medicina formal ya había dado por perdida?

Partería tradicional: precisión entre el pulso y la placenta

Bajo el techo de lámina en Tenejapa, Chiapas, la partera Luz María, de 44 años, palpa el vientre de una joven embarazada. Son las tres de la madrugada y el frío apenas permite distinguir el olor del copal encendido. Luz María estudió durante seis meses en talleres del Programa de Partería Intercultural del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) en 2018. Desde entonces, alterna la intuición con el cronómetro: mide contracciones en intervalos de 90 segundos y anota la frecuencia en un cuaderno viejo, con letra apretada.

En Chiapas, 31% de los nacimientos en zonas rurales ocurren en casa, según cifras de la Secretaría de Salud estatal para 2022. Las parteras usan técnicas que combinan presión digital —el pulgar sobre la sínfisis púbica— y observación de la coloración de la piel en la futura madre. Un cambio de temperatura en los pies (menos de 32°C, medido con termómetro digital barato) advierte de un posible shock hipovolémico. Luz María instruye a la familia: hay que tener agua hervida, paños limpios y polvo de cacahuananche (Gliricidia sepium) listo ante cualquier complicación.

El cuarto huele a sangre fresca y plantas amargas. No hay margen para el error: el ritmo del pulso, la postura de la parturienta, la textura del cordón umbilical dictan cada decisión. La ciencia contemporánea apenas empieza a validar protocolos que estas mujeres llevan perfeccionando generaciones con recursos mínimos.

Pero la tensión siempre acecha: cuando la complicación rebasa la experiencia, el traslado puede tomar dos horas en caminos de lodo. ¿Dónde termina la experticia y comienza el riesgo?

Huertos familiares: laboratorios vivos de biodiversidad

En la comunidad de Santa Catarina Lachatao, Oaxaca, a 2,040 metros de altitud, los huertos de mujeres como doña Rufina concentran 42 especies distintas en parches de apenas 80 metros cuadrados, según un levantamiento de la Conabio en 2017. Cada parcela huele a ruda y malva, el suelo suelta vapor caliente después de la lluvia. No hay simetría perfecta: la madreselva trepa sobre los chiles serranos (Capsicum annuum), la calabaza (Cucurbita pepo) se enrosca en las ramas de ciruelo criollo.

El secreto está en la superposición y el ciclo: donde un solo cultivo agotaría nutrientes, la combinación de leguminosas, raíces y flores atrae insectos benéficos y mantiene a raya a los hongos patógenos. Un estudio del Instituto de Ecología de la UNAM en 2019 registró que los huertos gestionados por mujeres en la Sierra Norte de Oaxaca tienen hasta 67% más polinizadores nativos que los monocultivos vecinos. Rufina recorre el borde de su huerto y señala los hormigueros activos: cada uno es señal de suelo vivo.

El sonido de las tijeras cortando quelites se mezcla con el grito de los guajolotes. Aquí, el trabajo manual se convierte en experimento diario: si una planta no prospera, se sustituye por otra que alimente mejor a la familia o resista la sequía creciente.

¿Cómo replicar este mosaico en un patio donde solo crecen pastos? El siguiente paso requiere más que semillas: hace falta entender los errores que matan un huerto antes de cumplir el primer año.

Cultivar un huerto medicinal en casa: guía desde la experiencia

Arrancar un huerto de plantas medicinales en el altiplano (ejemplo: Zacatecas, 2,470 msnm, clima seco) exige planear espaciamientos, temporadas y especies resistentes. La Red de Plantas Medicinales “Tierra Viva” recomienda empezar con 5-8 variedades: manzanilla (Matricaria chamomilla), árnica (Arnica montana), ruda (Ruta graveolens), albahaca morada (Ocimum basilicum), toronjil (Melissa officinalis), siempreviva (Sedum dendroideum). Compra semillas en viveros locales certificados (Vivero El Semillero, Tlaltenango; costo por sobre: $30-50 pesos mx).

La colecta debe hacerse temprano, cuando los aceites esenciales concentran mayor aroma (entre 6 y 8 am). Seca las plantas en sombra, colgadas boca abajo durante 7-10 días, hasta que desprendan un crujido seco al tacto.

La paciencia se mide en semanas, pero el aroma que escapa del primer manojo colgado en el corredor anticipa remedios inesperados. ¿Quién decide qué planta vale más: el laboratorio o la abuela?

Liderazgo femenino y asambleas: la voz que inclina la balanza

En el ejido de Tepalcingo, Morelos, el calor de la tarde se cuela por las ventanas del salón comunal. Cuarenta y dos mujeres, representantes de seis comunidades, alzan la mano para proponer el calendario de siembra 2023. El murmullo contrasta con el golpe seco de la matraca que marca el inicio de la asamblea, donde el Comité de Mujeres Productoras (fundado en 1997) define préstamos y reparto de semillas. En 2019, el 54% de los cargos de tesorería y presidencia en ejidos del sur de Morelos eran ocupados por mujeres, según datos del Registro Agrario Nacional.

El liderazgo no solo se mide en cargos, sino en la influencia sobre el destino colectivo. Cuando la sequía de 2020 secó el pozo comunitario, fue el grupo de mujeres quien negoció con la Comisión Nacional del Agua el abastecimiento de pipas para los cultivos y gestionó la reparación en menos de tres semanas. El olor a sudor y tierra seca permanece en la memoria de quienes cargaron cubetas durante días enteros.

Las asambleas femeninas insisten en reglas estrictas: la rotación de cultivos cada dos años, la sanción para quien quema rastrojo y la gestión colectiva del abono de borrego (precio promedio: $600 por tonelada en el mercado de Cuautla). La toma de decisiones se imprime en el registro de actas, pero también en la confianza diaria que se gana a pulso. “Aquí, si una mujer pide la palabra, los viejos escuchan”, resume Marcelina, tesorera del ejido.

¿Cuántos municipios replican este modelo y cuántos lo bloquean por costumbre? La tensión entre tradición y cambio sigue punzando en cada elección interna.

Saberes en resistencia: migración y transmisión rota

En Senguio, Michoacán, la casa de adobe donde creció doña Julia ahora está vacía. Solo quedan estampas de santos y un olor a tierra guardada, casi moho. En 2022, la mitad de las mujeres jóvenes del pueblo migraron a Morelia o Querétaro, según cifras del Consejo Nacional de Población. Cada salida deja un hueco: huertos que se secan, recetas que no se transmiten, partos atendidos por personal que ignora los brebajes y las señales antiguas.

La Red de Mujeres por la Tierra, nacida en 2015, intenta registrar voces antes de que se pierdan. Han grabado 87 relatos de parteras y sembradoras, digitalizando cuadernos con recetas de tinturas, cantidades exactas de corteza, tiempos de hervor. El aroma de papel viejo y alcohol medicinal flota en las reuniones donde jóvenes transcriben a laptop relatos de abuelas que nunca fueron a la primaria.

La migración no solo fragmenta familias: rompe cadenas de transmisión. Un estudio del Colegio de Michoacán en 2020 halló que menos de 18% de las hijas de parteras de Senguio conoce los nombres latinos de las plantas que usaban sus madres, y apenas 9% puede preparar una infusión sin consultar notas.

¿Qué ocurre cuando la última partera del pueblo olvida el remedio para el susto? El vacío no lo llena ningún manual oficial.

Innovación desde el margen: ciencia y saberes que se encuentran

En la periferia de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una alianza insólita surgió en 2019: el Laboratorio de Etnobotánica de ECOSUR invitó a 17 parteras tzotziles a comparar técnicas tradicionales y protocolos médicos. Entre pipetas y morteros de barro, las mujeres destilaron aceites esenciales de pericón (Tagetes lucida) y midieron su efecto bactericida contra Staphylococcus aureus a 38°C. El olor al químico del laboratorio se mezcló con el aroma anisado del pericón recién triturado.

Algunos resultados incomodaron a los científicos: la infusión tradicional de pericón inhibía el crecimiento bacteriano tanto como el extracto alcohólico purificado, pero solo si la planta era cosechada antes del amanecer y secada a la sombra. “Lo que parecía superstición tenía fundamentos químicos”, admitió el doctor Marcos Domínguez de ECOSUR en conferencia en 2022.

Las parteras documentaron 23 técnicas, desde el baño de asiento con hojas de chaya (Cnidoscolus aconitifolius) hasta el uso de cera de abeja para cerrar pequeñas heridas. La colaboración identificó tres plantas nuevas para la ciencia formal, no registradas en la Farmacopea Herbolaria de México.

La frontera entre laboratorio y cocina comunal se volvió difusa. ¿Qué nuevas alianzas podrían nacer si la curiosidad vence al escepticismo?

Un atado de plantas y un futuro posible

Bajo el sol de mediodía en Hueyapan, Morelos, una niña de nueve años sigue a su madre entre surcos de quelite y caléndula, cargando un manojo de hierbas que suelta aroma a limón y tierra. El canto de los grillos se mezcla con el zumbido de abejas nativas; la humedad de la tierra se pega en las sandalias. La madre le muestra cómo cortar el tallo de la caléndula justo por encima del tercer nudo, para que vuelva a retoñar. No hay prisa, solo una sucesión de gestos heredados.

En la plaza, el taller de Huertos y Saberes convoca a mujeres de tres municipios el próximo sábado. La invitación, escrita a mano con tinta azul sobre papel reciclado, promete compartir semillas de amaranto negro y recetas de ungüentos para picaduras. El aroma de poleo y café recién molido anticipa una reunión donde la ciencia y la costumbre volverán a encontrarse, hoja a hoja.

¿Cuántas niñas más repetirán este recorrido antes de que los saberes femeninos se desvanezcan entre migración y desmemoria? El futuro, por ahora, cabe en un puño de semillas y en la promesa de volver al huerto la próxima temporada.

Glosario

Partería tradicional
Conjunto de técnicas y saberes transmitidos de generación en generación para atender embarazos y partos fuera del sistema hospitalario.
Huerto familiar
Espacio pequeño, gestionado principalmente por mujeres, donde se cultivan simultáneamente varias especies útiles para alimentación y medicina.
Infusión
Preparación líquida obtenida al verter agua caliente sobre plantas secas o frescas y dejar reposar durante minutos para extraer compuestos.
Siempreviva (Sedum dendroideum)
Planta suculenta usada en medicina tradicional para tratar inflamaciones y heridas, resistente a sequías prolongadas.
Polinizadores nativos
Insectos y aves locales que contribuyen a la reproducción de plantas cultivadas, esenciales para la diversidad agrícola regional.
Farmacopea Herbolaria de México
Compendio oficial de especies vegetales reconocidas y documentadas con uso medicinal en México.
Aceites esenciales
Compuestos volátiles extraídos de plantas que concentran su aroma y algunas propiedades terapéuticas.