El regreso de don Chuy: neblina y tortillas en Tenejapa, Chiapas

El aire a mil metros de altitud en Tenejapa, Chiapas, huele a leña y a humedad. Son las 6:40 de la mañana y don Chuy, con la camisa empapada de rocío, amasa la tortilla grande sobre el comal. Hace veinte años, el mismo gesto lo hacía en un restaurante de Houston, pero ahora lo repite en la casa de su hermana Luz, entre paredes de adobe y tejamanil. Volvió hace dos años, junto a un flujo de habitantes que, como él, cruzaron la frontera y ahora regresan con acento mezclado y dólares guardados en sobres. En 2005, solo 8% de la población de Tenejapa había migrado a EU; hoy, una de cada tres familias tiene un miembro que ha ido y vuelto. El maíz que don Chuy usa —blanco bolita, Zea mays— lo trajo su prima desde Oxchuc, porque aquí la semilla vieja casi se perdió. El retorno no es solo físico: es una migración de costumbres, sabores y recuerdos que empiezan a cuajar de nuevo en la tierra roja.

Cuando don Chuy parte la tortilla y la unta de frijol tierno, el sonido es seco y familiar. Afuera, el gallo canta sobre la tierra encharcada; adentro, la radio suena bajito —cumbia norteña—, y Luz sonríe: "Así se siente volver a casa, aunque la casa ya no sea la misma".

Pero la casa que se reencuentra está marcada por ausencias y regresos. ¿Cómo cambia un pueblo cuando su gente sale y vuelve con pedazos de mundo en la mochila?

De Oxchuc a Raleigh: nombres propios, números y calles de asfalto

En una calle gris de Raleigh, Carolina del Norte, el olor a epazote se cuela entre los ladrillos. Doña Mari, originaria de Oxchuc, Chiapas, lleva quince años cocinando tamales para la fiesta de San Sebastián. Aquí, en 2023, viven más de 24,000 chiapanecos —según cifras del Pew Research Center—, muchos venidos de municipios tzeltales como el suyo. El acento y la ropa bordada cruzan el continente en maletas llenas de recuerdos: nombres como Bartolo, Maricela o Domingo se mezclan con Ashley y Kevin en las listas escolares.

En las tardes, el asfalto arde a 28°C y el aroma a maíz nixtamalizado se confunde con el olor dulzón de los pinos. Mari extraña el calor pegajoso de Oxchuc y la textura áspera del pozol que nunca sabe igual allá. Pero la identidad migra con los cuerpos: las palabras tzeltales sobreviven en las cocinas, las canciones, los chismes de WhatsApp.

La diáspora se mide en kilómetros, pero también en ritos: cada mayo, la colecta para el santo reúne a 300 personas en un salón rentado por 600 dólares. Quien nunca salió del pueblo cree que el que migra olvida; el migrante sabe que a veces sólo cambia el escenario.

¿Qué ocurre cuando los ausentes regresan y traen consigo costumbres ajenas?

Remesas culturales: lo que vuelve no siempre es dinero

En 2021, según el Banco de México, las remesas que llegaron a comunidades rurales chiapanecas superaron los 4,800 millones de dólares. Pero además de billetes verdes, los migrantes traen ideas: nuevos modos de construir, vestir, hacer fiesta. En Zinacantán, a 2,200 metros de altura, las fachadas de block pintadas de rosa chillón brotan donde antes sólo había piedra y cal. El cemento, dicen los mayores, sabe a Estados Unidos.

Las remesas culturales incluyen también la música: en las bodas, el acordeón de Los Tigres del Norte compite con marimba local. El menú es mixto: tamales de bola junto a pizza de pepperoni. “El retorno no es repetir el pasado, es inventar el futuro con lo que uno trae de fuera”, cuenta el antropólogo Gaspar Morquecho, cuya investigación en la UNICH (Universidad Intercultural de Chiapas) documenta estos giros.

La textura de la fiesta es otra: luces LED, cerveza de lata, celulares grabando en vivo para que los primos en Nueva Jersey vean el baile. Los sentidos se cruzan en cada esquina. Pero tanto cambio provoca preguntas incómodas: ¿se diluye la identidad o se fortalece?

La respuesta, como el sabor del pozol rehecho en otro lugar, nunca es idéntica.

El retorno campesino y la milpa reconfigurada: técnicas e insumos nuevos

En Pantelhó, a 1,400 msnm, Genaro, joven de 28 años que vivió en Monterrey cinco, regresa y encuentra la milpa de su padre casi abandonada. El sol de mayo calienta la tierra, y la maleza —guarumo (Cecropia peltata)— invade los surcos viejos. Genaro decide probar técnicas aprendidas en Sinaloa: asocia maíz con frijol amarillo y calabaza redonda, pero añade fertilizante foliar comprado en la tienda agrícola local, a 120 pesos el litro.

La siembra en milpa tradicional, con distancia de 75 cm entre matas y surcos de 1 metro, la combina con riego por aspersión, que conoció en los campos de cebolla en Apodaca. Antes, la milpa rendía 2 toneladas por hectárea; el primer año de Genaro, con los cambios, subió a 2.6. El olor a tierra mojada y el zumbido del motor marcan el nuevo ciclo.

No todo funciona: el abono químico quema algunas matas, y el frijol criollo no trepa igual en los nuevos tutores plásticos. La lección va a golpes: Genaro aprende que la tierra de Pantelhó responde distinto a la de Nuevo León.

¿Se pueden mezclar las técnicas del norte con la memoria del sur sin perder el rumbo?

Las casas del retorno: cemento, láminas y el color del estatus

En San Juan Chamula, subir el cerro hasta la colonia Los Altos es ver el cambio en concreto: donde en 2000 dominaban techos de teja y muros de bajareque, hoy cada tercera casa luce lámina galvanizada y pintura neón. Los ladrillos se apilan en camiones que viajan 44 kilómetros desde Tuxtla Gutiérrez. El olor a cemento fresco, en temporada de lluvias, se mezcla con el aroma de los pinos cortados para las fiestas.

Las casas "de remesa" no solo marcan la bonanza: también dividen. Los que regresan muestran el portón con candado y ventanas de aluminio; los que se quedan miran con recelo y a veces con envidia silenciosa. Según el INEGI, entre 2010 y 2020, el número de viviendas con piso firme en Chamula creció 39%.

El interior cambia: refrigeradores Samsung, pantallas planas traídas de Laredo, pero las cocinas conservan el fogón. El calor de los bloques se siente ajeno en medio de la niebla fría. Los arquitectos de la UNACH han documentado cómo estas casas mezclan estilos texanos con costumbres chamulas: el resultado es una arquitectura mestiza, a veces incómoda, siempre elocuente.

¿Puede una casa construida para el regreso convertirse de verdad en hogar, o sólo en memoria de un viaje?

Identidad en tránsito: cuerpos, acentos y rituales híbridos

En la cancha de basquetbol de Bochil, Chiapas, a 940 msnm, los domingos se oyen palabras mezcladas: "¡Shootale!", grita Benito, que volvió de Nueva York hace tres meses. Las camisetas de los Lakers brillan junto a rebozos de algodón y huaraches. El sudor huele a naranja y a polvo, y los gritos se entrelazan en tzotzil, español e inglés. Antes de 2012, casi nadie en Bochil pronunciaba "party" o "thank you". Hoy, una encuesta local estima que 22% de los jóvenes ha estudiado o trabajado en EU al menos seis meses.

El cambio no se queda en la cancha: el carnaval —antes solo con música de tambor y flauta— ahora incluye banda sinaloense y DJ. Las abuelas rezan en tzotzil mientras los nietos transmiten todo en vivo por Facebook. El ritual se reescribe de forma inesperada.

Las migraciones dibujan una identidad que cambia de piel. El aroma de incienso se mezcla con el vaho de las hamburguesas hechas en parrillas eléctricas. La frontera ya no es sólo geográfica, sino de gestos, de acentos, de cuerpos que no encajan del todo ni aquí ni allá.

¿Quién transmite la tradición cuando el linaje se parte y se vuelve a unir en otro país?

Práctica viva: ¿cómo se recupera una semilla perdida al volver?

Recuperar una variedad de maíz, como el bolita criollo, exige algo más que nostalgia. En la comunidad de Betania, municipio de Chenalhó, un colectivo llamado Semillas del Viento trabaja desde 2018 para reintroducir semillas traídas por migrantes retornados. El proceso comienza en febrero, con la selección de mazorcas sanas (peso mínimo: 280 gramos), que se desgranan a mano, conservando la punta intacta.

Un error común: sembrar semilla traída de zonas más secas sin aclimatarla. En la humedad de Los Altos, el hongo Ustilago maydis (huitlacoche) puede arruinar hasta el 30% de la cosecha si no se rota el cultivo. El olor del campo al abrir la tierra es denso, terroso, casi dulce: la memoria de los que regresan se siembra, pero necesita cuidado técnico.

Las semillas no viajan solas. ¿Qué pasa cuando una comunidad logra que una variedad vuelva a germinar después de una generación ausente?

Colectivos de retorno: nombres, acciones y nuevos vínculos

En San Andrés Larráinzar, la plaza principal se llena cada jueves. El Colectivo Raíces Migrantes, fundado en 2019 por jóvenes retornados, organiza talleres de bordado y agroecología donde se cruzan acentos y saberes. Lucía, que volvió de Maryland en 2018, enseña a 25 niñas a coser flores tzotziles sobre gabanes de mezclilla traídos de EU, mientras Diego, quien trabajó en Ohio, dirige un taller de composta usando lombriz roja californiana (Eisenia fetida).

En 2022, lograron reunir a 87 familias para sembrar 4 hectáreas de hortalizas mixtas: acelga, rábano, chile serrano. La textura de la tierra, húmeda y negra, se pega en los dedos de los niños. Los talleres cuestan 50 pesos por sesión, con materiales incluidos, y la inscripción se hace en la Casa de la Cultura Municipal.

El colectivo trae insumos nuevos —semillas adaptadas, herramientas para riego por goteo— pero también recupera saberes viejos: preparar el colorante añil, fermentar pozol, hilar con malacate de madera. El olor de la plaza es mezcla de perfume importado y humo de leña.

¿Cuánto tiempo tarda una comunidad en convertir el retorno en costumbre y no solo en anécdota?

El hilo invisible: familias fragmentadas, calendarios partidos

En la casa de doña Paula, en Chalchihuitán, el calendario cuelga torcido: marcas rojas para las fechas de envío de remesas, azul para los cumpleaños celebrados por videollamada. El teléfono suena a las 6:15 de la tarde, cuando el hijo mayor, en Garland, Texas, termina de trabajar en la panadería. El olor a pan dulce llega por el altavoz, envuelto en risas y palabras entrecortadas.

Según el Instituto Nacional de Migración, 64% de los hogares rurales con migrantes mantiene contacto semanal vía WhatsApp o llamada. Pero la distancia se siente en el cuerpo: el abrazo que no llega, el silencio cuando falla la señal. En 2020, el flujo de migrantes retornados a Chiapas aumentó 19% por la pandemia, fracturando de nuevo la rutina familiar.

La fragmentación no solo es física: las fiestas patronales se celebran dos veces, una en el pueblo y otra en el barrio migrante de Atlanta. Los niños preguntan por los abuelos que solo conocen en foto; las abuelas guardan los regalos en cajas, esperando el regreso que a veces no llega.

¿Cómo se sostiene una identidad comunitaria cuando la geografía se multiplica?

Una postal de retorno: la fiesta de Todos Santos en Teopisca

En Teopisca, a 1,610 metros de altitud, la fiesta de Todos Santos de 2023 fue distinta. La plaza olía a copal y a pan recién horneado por manos que hace meses amasaban en Chicago. Los rezanderos —algunos con la voz ronca del inglés aprendido en la obra— marcaron el ritmo del rezo. Las coronas de flor de muerto (Tagetes erecta) se mezclaban con globos metálicos traídos de Walmart y las ofrendas brillaban bajo tiras de luces LED.

En una esquina, Julia —que volvió tras siete años en Nueva Jersey— repartía tamales de chipilín mientras su hija transmitía la fiesta en vivo para los primos que siguen del otro lado. El sonido del cohete sobre el cielo frío cubría, por un segundo, el murmullo de la nostalgia.

La fiesta terminaba, pero la conversación seguía en el chat familiar: fotos, emojis, promesas de volver el año siguiente. El aroma del copal quedaba suspendido, como una pregunta: ¿de qué están hechos los nuevos lazos que cruzan fronteras?

Glosario

Remesa cultural
Conjunto de costumbres, saberes y objetos traídos por migrantes de regreso a su comunidad de origen.
Milpa
Sistema agrícola tradicional de Mesoamérica que combina maíz, frijol y calabaza en una misma parcela.
Retorno
Regreso de migrantes a su lugar de origen tras una temporada fuera, temporal o definitivo.
Nixtamalización
Proceso de cocer maíz en agua con cal para ablandarlo y mejorar su valor nutricional.
Huitlacoche
Hongo (Ustilago maydis) que infecta mazorcas de maíz, considerado plaga y alimento en México.
Tejamanil
Tejas de madera delgadas usadas tradicionalmente en los techos de casas rurales en Los Altos de Chiapas.
Composta
Método de descomposición controlada de materia orgánica para producir abono natural.