Primera huella en Tlalpan: Don Jacinto y la sombra silbante

En la madrugada, cuando la niebla baja entre los encinos de Ajusco a 2,700 metros sobre el nivel del mar, don Jacinto Ramírez — recolector de hongos — se detiene junto al bordillo de la carretera Picacho-Ajusco. Su lámpara de mano ilumina una huella delgada, más larga que la de un perro, fresca todavía en el lodo frío. El olor a tierra mojada y el silencio roto por un lejano silbido le confirman lo que ya sospechaba: un coyote (Canis latrans) cruzó aquí hace menos de una hora. En la Ciudad de México, donde viven unos 9 millones de personas, estos rastros se han vuelto cada vez más frecuentes desde el año 2000.

Los coyotes no se ven fácilmente, pero dejan señales: marcas de orina en postes, pequeños montículos de excremento junto a piedras y, para quien sabe mirar, una línea de huellas casi rectas. Don Jacinto recuerda haber visto por primera vez este rastro hace unos quince años; antes, sólo escuchaba historias de pastores en Milpa Alta.

La presencia de estos mesodepredadores — animales ni grandes ni pequeños, capaces de cazar pero también de esconderse — reconfigura los hábitos urbanos. Una pregunta ronda en el ambiente húmedo: ¿cómo llegó el coyote a colonizar el asfalto sin que nadie lo invitara?

Del chaparral al periférico: historia de un migrante oportunista

En 1960, los registros de coyotes en áreas urbanas eran casi anecdóticos según la Universidad Nacional Autónoma de México. Hacia 2020, cámaras trampa instaladas por el Instituto de Ecología UNAM captaron coyotes en 17 alcaldías, desde Xochimilco hasta Gustavo A. Madero. La distancia máxima recorrida por un ejemplar rastreado vía GPS: 38 kilómetros en 3 días, cruzando avenidas como Insurgentes Sur y Periférico.

En la periferia de Querétaro, doña Eréndira Tovar limpia las jaulas de sus gallinas al amanecer. Jura que, en los últimos cinco años, los ataques a corrales aumentaron y los vecinos culpan al 'perro salvaje', aunque varios han visto el pelaje grisáceo y el hocico afilado. El aroma de plumas mojadas y el eco de aullidos le confirman que no es imaginación.

El coyote aprendió a leer la ciudad como un mapa de oportunidades: basureros, lotes baldíos, parques secos, ríos entubados. A diferencia del lobo mexicano (Canis lupus baileyi), que desapareció casi por completo del estado de Durango en los años 80, el coyote prosperó en el espacio dejado por la caza y la urbanización.

Pero si migran tanto, ¿qué comen estos animales en medio del concreto?

Menú de medianoche: qué traga un coyote urbano

Un estudio de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, publicado en 2019, analizó 128 muestras de excremento de coyote recogidas en zonas urbanas y periurbanas de Morelia, Michoacán. El 52% contenía restos de roedores, 18% de frutas caídas (especialmente nanches y tunas), 17% plumas y, sorprendentemente, 9% envolturas plásticas y huesos de pollo de puestos callejeros.

En la colonia Villas de San Juan, en León, Guanajuato, los vecinos reportan haber visto a los coyotes hurgando en bolsas de basura. Un sonido: el crujido de PET en la madrugada. Un aroma: grasa rancia mezclada con orines de perro doméstico. Los coyotes han aprendido a evitar cámaras de seguridad, moviéndose en las horas donde sólo los pepenadores y los gatos callejeros andan despiertos.

El menú varía según la época. En junio y julio, aprovechan mangos y guayabas caídos en patios y huertos abandonados. En enero, el frío los empuja a buscar refugio debajo de camiones estacionados, donde el motor todavía irradia calor.

¿Pero cómo sobrevive este depredador en una ciudad donde casi nadie lo quiere ver?

Entre perros y gatos: el coyote como árbitro ecológico

El Parque Nacional Cumbres de Monterrey, con sus cañadas profundas y pinos de aire frío, es hogar de aproximadamente 65 coyotes por cada 100 km², según registros de la Universidad Autónoma de Nuevo León. En ese mismo parque, en 2015, se documentó la primera reducción significativa de gatos ferales tras el aumento de presencia de coyotes.

El aroma a pino y la textura de la hojarasca bajo las botas de los guardabosques del parque contrastan con el silencio repentino: los gatos y perros callejeros, antes omnipresentes, evitan zonas donde olfatean orina de coyote. Biólogos del INECOL en Xalapa han observado lo mismo en lotes urbanos: menos zorros grises (Urocyon cinereoargenteus), menos ratas grandes, más equilibrio entre aves y reptiles pequeños.

La función de mesodepredador del coyote lo vuelve árbitro en la cadena alimenticia. A diferencia del puma (Puma concolor), que prefiere evitar zonas densamente pobladas, el coyote tolera la cercanía humana y regula plagas secundarias.

Sin embargo, este equilibrio es frágil: un error en la percepción pública puede detonar cacerías indiscriminadas y alterar todo el sistema. ¿Cómo se puede convivir con el coyote sin repetir los errores del pasado?

Manual exprés para vecindarios: cómo evitar conflictos y proteger gallinas

En la comunidad de Santa María del Refugio, Aguascalientes, doña Alicia López perdió tres gallinas en una semana en 2022. Aprendió por las malas a reforzar el gallinero: malla ciclón calibre 16 (rollo de 25 metros cuesta alrededor de $850 MXN en ferreterías locales), postes enterrados mínimo 40 cm y techo de lámina galvanizada. El olor a excremento fresco y las plumas desparramadas al amanecer le enseñaron que un corral flojo no dura ni dos noches.

Recomendaciones prácticas de la CONABIO para zonas con coyotes:

El costo total para fortificar un corral sencillo de 2x2 metros ronda los $1,500 MXN, incluyendo mano de obra local. El error más común: dejar huecos de más de 10 cm, por donde incluso un coyote adulto puede forzar el ingreso.

Pero no todo es defensa: algunos vecinos han empezado a monitorear y registrar la fauna local. ¿Qué puede ganar la comunidad si en vez de cazar, observa?

Ojos en la noche: ciencia ciudadana y cámaras trampa

En el municipio de Tepotzotlán, Estado de México, el colectivo Biomonitoreo Urbano instaló en 2021 seis cámaras trampa Bushnell Trophy Cam con sensor infrarrojo. En seis meses, registraron 42 avistamientos de coyote, 11 de zorro gris y 7 de tlacuache (Didelphis virginiana). El sonido de las ramas moviéndose y la luz roja de la cámara han convertido el sendero en un improvisado laboratorio nocturno.

Las imágenes sirvieron para convencer al ayuntamiento — y a los ejidatarios — de que la presencia de coyotes reduce la abundancia de ratas (38% menos capturas en trampas de maíz después de un año). Ana Vázquez, bióloga del colectivo, afirma: "Si la gente ve lo que pasa de noche, cambia el miedo por curiosidad."

El monitoreo participativo incluye talleres donde los vecinos aprenden a distinguir huellas: dos lóbulos en la almohadilla, garras marcadas, paso más recto que el de un perro. El olor ácido del orín reciente es señal inequívoca.

¿Hasta dónde puede llegar la adaptación del coyote si la ciudad sigue creciendo y el campo se fragmenta?

Maestros del camuflaje: genética y plasticidad en el coyote mexicano

En el Laboratorio de Genómica de la Universidad Autónoma de Yucatán, un equipo encabezado por la Dra. Laura Hernández analizó en 2020 muestras de pelo y sangre de 54 coyotes de Mérida y zonas rurales cercanas. Hallaron 3 variantes genéticas distintas, una de ellas adaptada a dietas con alto contenido de carbohidratos y otra a ambientes secos y calurosos (hasta 38°C en verano).

El pelaje de los coyotes urbanos tiende a ser más claro, con motas beige y gris pálido, mientras los rurales conservan tonos más rojizos y oscuros. La textura áspera y el olor aceitoso del pelo urbano se atribuyen a la exposición constante a contaminantes y polvo de asfalto.

La plasticidad fenotípica del coyote — su capacidad para cambiar de dieta, horarios y hasta color de pelaje en una sola generación — lo vuelve un caso de estudio en biología evolutiva latinoamericana. La UNAM documentó que en menos de 30 años, la proporción de coyotes con hábitos nocturnos subió del 40% al 89% en Ciudad de México.

Si se adapta tan rápido, ¿qué obstáculos pueden frenarlo de verdad?

Los riesgos invisibles: venenos, carreteras y la trampa del éxito

En la autopista México-Puebla, cada semana aparecen al menos dos cadáveres de coyote, atropellados entre los kilómetros 42 y 55, según el Centro de Investigación en Biodiversidad y Conservación de la UAEM en 2021. El olor metálico de la sangre y el calor del asfalto al mediodía mezclan una escena tan cotidiana como ignorada.

El uso de venenos para plagas — especialmente rodenticidas de segunda generación — ha provocado intoxicaciones secundarias: en 2018, se documentaron 17 casos confirmados de coyotes muertos por consumir ratas envenenadas en la zona de Atlixco, Puebla. El riesgo se multiplica en época de lluvias, cuando los cadáveres de roedores se exponen más tiempo.

El éxito del coyote como mesodepredador adaptable lo vuelve también blanco de campañas de exterminio en zonas ganaderas. Las balas y los lazos de alambre matan, pero el miedo y la desinformación a veces hacen el resto. El hedor de un coyote muerto junto a un corral es aviso de que la convivencia aún está lejos de resolverse.

¿Y si, en lugar de buscar su desaparición, lo aceptamos como vecino necesario?

El futuro en los bordes: una noche en la frontera de Texcoco

Al caer la noche en San Miguel Tocuila, Estado de México, un niño llamado Benito escucha el aullido doble de un coyote desde el bordo del ex lago de Texcoco. El aire huele a pasto húmedo y a tierra salitrosa. Su abuela — doña Polonia — dice que mientras haya coyotes, los campos no se llenarán de ratas. Ella recuerda que hace cuarenta años los veían sólo en las fiestas patronales, cuando los perros se alborotaban al escuchar los gritos agudos en la lejanía.

Ahora, con los desarrollos inmobiliarios avanzando hasta donde se acaba el asfalto, los encuentros son cada vez más cercanos. Dos luces amarillas cruzan la carretera: un coyote y su cría, buscando refugio entre montículos de escombro y hierba alta.

Benito cuenta las historias en la primaria, donde la maestra pone atención: quizá no se trata de exterminar, sino de entender qué hace falta para que humanos y coyotes compartan el borde sin miedo, ni mitos inútiles.

La pregunta queda flotando en el aire frío: ¿qué pasará la noche en que deje de escucharse el aullido?

Glosario

Mesodepredador
Depredador de tamaño intermedio, no dominante, capaz de cazar pero también de ser presa.
Cámara trampa
Dispositivo automático con sensor de movimiento, usado para registrar fauna sin intervención humana directa.
Plasticidad fenotípica
Capacidad de un organismo para cambiar sus características físicas y conductuales en respuesta al ambiente.
Rodenticida de segunda generación
Veneno para ratas y ratones que permanece activo en los tejidos y puede intoxicar a depredadores secundarios.
Periurbano
Zona de transición entre lo urbano y lo rural, donde se mezclan construcciones, parcelas y áreas naturales.
Garra recta
Característica de la huella del coyote: las garras marcan una línea recta al frente, a diferencia del perro doméstico.
CONABIO
Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad, organismo mexicano de investigación y conservación.