Una noche de canto en Pucallpa, 162 metros sobre el río

Doña Marcelina, curandera shipibo de Pucallpa, frota los dedos con jugo de tabaco mientras la lámpara de petróleo titila. Afuera, la humedad se pega a la piel y los grillos arrullan el aire. Son las 9:17 de la noche —lo marca un reloj chino descascarado— y la sala comunal, techada con hoja de palma, se llena del olor denso a madera vieja y un perfume agrio que brota del fondo de una botella café: ayahuasca, cocida por dos días con corteza de Banisteriopsis caapi y hojas de Psychotria viridis. Marcelina sirve dos tazones de barro rojo. El líquido humea y despide un tufo entre té viejo y tierra mojada.

Al fondo del malocal, la familia Díaz —de Atalaya— espera: madre, hijo, dos abuelas. El canto de Marcelina, un icarito, atraviesa la oscuridad. Nadie habla de moléculas. Aquí, la ciencia es el pulso del bejuco y la memoria del estómago. Pero tras la primera bocanada amarga, el cuerpo empieza a arder levemente y la visión tiembla. ¿Qué hace que la selva te hable en imágenes? La verdadera fórmula está a punto de empezar.

El bejuco hervido provino de un tajo a 29 kilómetros río arriba, en la comunidad de San Francisco. Las hojas verdes se trajeron esa mañana desde Honoria, donde el sol ciega a 35 °C en la orilla. Todo aquí tiene nombre, peso, historia y, para algunos, una explicación química apenas balbuceada.

La diferencia entre ritual y experimento nunca fue tan fina como en la siguiente sala, donde los ojos de la abuela Díaz empiezan a humedecerse sin llanto. ¿Por qué ese efecto, y sólo así, aquí y ahora?

Banisteriopsis caapi: el bejuco de 7 centímetros y el secreto de la mezcla

En el laboratorio de la UNAM, la corteza seca de Banisteriopsis caapi cruje bajo las manos de la química Araceli Cruz, oriunda de Veracruz. Un segmento promedio de bejuco, de 7 centímetros de diámetro y 1.2 kilogramos, contiene 0.31% de beta-carbolinas activas: harmina, harmalina, tetrahidroharmina. Al masticarla, la lengua queda áspera y amarga como la cáscara de nuez, con un dejo a clavo y tabaco fresco.

En la Amazonía peruana, cada bejuco tiene un nombre local: ayahuasca, yagé, nishi cobin. Pero el verdadero truco no está en el bejuco solo, sino en el matrimonio químico. Las beta-carbolinas inhiben la monoamino oxidasa (MAO) en el intestino humano. Eso permite que otra molécula, la dimetiltriptamina (DMT) de las hojas de Psychotria viridis, sobreviva suficiente para llegar al cerebro. Es una combinación tan precisa que asombra a los neuroquímicos desde los años 50.

Un litro de decocción de ayahuasca requiere en promedio 200 gramos de bejuco y 80 gramos de hojas frescas, hervidos por 12-16 horas. El aroma es penetrante, mezcla de chocolate amargo y verdín, que mancha los dedos y la memoria.

¿Cómo descubrieron las comunidades amazónicas —en un territorio de 5.5 millones de kilómetros cuadrados— esa combinación exacta? La pregunta, aún hoy, no tiene respuesta definitiva.

Psychotria viridis: hojas, sudor y la reserva de DMT

Las hojas de Psychotria viridis no impresionarían a nadie en un jardín de Tepic: ovaladas, lustrosas, verde oscuro, con nervaduras marcadas. Sin embargo, una sola hoja de 4.8 gramos puede contener hasta 35 miligramos de DMT, una de las concentraciones más altas del reino vegetal. El corte, a machete, libera un olor entre yerbabuena y té amargo.

La planta crece mejor entre 200 y 900 metros sobre el nivel del mar, bajo sombra parcial y suelos ácidos, condiciones que se replican en viveros de Iquitos y Tabatinga. El sudor corre por la espalda de los recolectores a 34 °C cuando la cosecha es buena. En 2019, el Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana registró 27 especies locales con trazas de DMT, pero sólo la P. viridis se usa de forma sistemática en la bebida tradicional.

El polvo seco de hoja machacada huele a puerro y, si se prueba en crudo, adormece la lengua. Su preparación exige evitar la fermentación: cada kilo debe usarse en menos de 48 horas tras la cosecha o pierde potencia. La precisión es clave en el ritual, pero también en la farmacia natural. ¿Cuántas plantas más esconden este tipo de moléculas bajo la corteza?

La variedad genética entre plantas, incluso dentro de una parcela de 40 metros cuadrados, puede alterar el perfil químico y transformar el efecto de la mezcla. De ahí que los curanderos, como Marcelina, elijan sólo ciertas matas, guiados por el olor y el color de la savia.

Dimetiltriptamina: el truco de la molécula prohibida

En el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz”, en Ciudad de México, un espectrómetro de masas detecta DMT en dosis de apenas 0.1 microgramos. La molécula, identificada por primera vez en 1931 por el químico canadiense Richard Manske, tiene la fórmula C12H16N2. Una dosis activa para humanos va de 20 a 70 miligramos por vía oral (si la MAO está inhibida), y su olor, cuando se sintetiza puro, recuerda al plástico quemado y al alcanfor.

En el cuerpo humano, la DMT es destruida casi instantáneamente por la enzima monoamino oxidasa. Ahí entra el papel de la ayahuasca: las beta-carbolinas del bejuco bloquean la MAO y permiten que la DMT llegue al cerebro, cruzando la barrera hematoencefálica en menos de 30 minutos y provocando visiones de colores saturados y formas geométricas que duran entre 2 y 6 horas.

En la década de 1990, Rick Strassman —psiquiatra de la Universidad de Nuevo México— inyectó DMT a 60 voluntarios y registró descripciones de “presencias inteligentes”, luces fosforescentes y cambios profundos en la percepción del yo. “El DMT es como un microscopio para la mente”, escribió en 2001. La pregunta que persiste: ¿es una ventana química o un espejo cultural?

Ritual y neurobiología: qué ocurre en la mente ayahuasquera

En 2018, el Centro de Investigación en Psicología y Salud de la Universidad Autónoma de Madrid publicó un estudio con 94 voluntarios que bebieron ayahuasca bajo ritual shipibo en la selva. A los 45 minutos, el ritmo cardíaco de los participantes subió en promedio a 97 pulsaciones por minuto, y el sudor en la frente fue descrito como “oleadas tibias que se mueven en espiral”.

Los electrodos de encefalograma captaron una reducción de la actividad en el córtex prefrontal, región asociada al sentido del yo y el control ejecutivo. Mientras tanto, los sujetos reportaron visiones de animales, fractales y reencuentros con seres fallecidos. El espacio olía a alcanfor, sudor y tierra húmeda, una mezcla que a muchos les resulta familiar después de varias ceremonias.

El ritual no es sólo contexto: la música (icaros, maracas, tambores de cedro) modula las emociones y la calidad de la experiencia, según la antropóloga Claudia López, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. La secuencia de canciones, la luz tenue y el contacto físico leve (masajes, soplos de tabaco) actúan como “tecnologías de contención” frente a la potencia de la mezcla.

Al fondo del salón, alguien tiembla. Es la purga: vómito, sudor frío, a veces llanto. El cuerpo expulsa y la mente se reordena. ¿La neurociencia puede explicar el sentido de esa catarsis?

Preparar ayahuasca: indicaciones, cantidades y errores fatales

La preparación tradicional de ayahuasca no admite atajos. En la comunidad de Jenaro Herrera (Loreto, Perú), los curanderos hierven 1 kilogramo de bejuco fresco de Banisteriopsis caapi (cortado en rodajas de 3 centímetros) con 400 gramos de hojas frescas de Psychotria viridis, en 6 litros de agua de manantial. El hervor, a fuego de leña, dura un mínimo de 10 horas. Entre rondas, se filtra el líquido con manta de cielo y se vuelve a hervir hasta reducir a 1.5 litros. El resultado: un líquido espeso, marrón oscuro, con aroma a moho y miel fermentada.

Errores frecuentes detectados por la Red Etnobotánica Amazónica (2021): usar bejucos secos o viejos (pierden principio activo), hervir a fuego excesivo (quema las beta-carbolinas), o añadir aditivos como ayahuma o chiric sanango (altera el efecto y puede provocar toxicidad). El agua debe ser blanda, sin cloro ni minerales pesados, y la mezcla nunca debe almacenarse más de 72 horas sin refrigeración.

El sabor final: ácido, terroso, pegajoso en el paladar. Algunos describen un retrogusto metálico, como morder una moneda de cobre húmeda. ¿Qué cambia si la mezcla se prepara fuera de la Amazonía?

La ayahuasca fuera de la selva: México, laboratorios y legalidad

En el barrio de la Merced, Ciudad de México, un grupo de 11 personas se reúne en un departamento adaptado. La bebida llegó en un frasco de PET, traída desde Acre (Brasil) por un colectivo. El olor inunda la sala: a madera, humedad, algo entre café y tinta. El costo: 1,800 pesos por ceremonia. Nadie supo decir qué tan fresco era el bejuco.

En 2022, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) emitió una alerta: la ayahuasca, al contener DMT (sustancia controlada desde 1986), es ilegal para venta y distribución sin permiso especial. Sin embargo, la Secretaría de Gobernación reconoció el uso tradicional en comunidades de Oaxaca y Chiapas desde hace más de 30 años. Ese limbo legal alimenta un mercado gris en la frontera sur —frascos en $700 pesos en Tapachula, ceremonias privadas en Coyoacán.

El olor, la textura y el color varían tanto como el precio. A veces, el líquido es claro y dulce, otras veces espeso y amargo. Muchos consumidores urbanos buscan “lo mismo” que en la selva, pero ignoran la importancia del origen y la preparación del vegetal. ¿Qué se pierde —o se inventa— en el traslado?

Cuerpo y mente: lo que la ciencia no logra medir

En la clínica de Takiwasi, en Tarapoto, Perú, el registro médico de 2021 reporta 93 pacientes tratados con ayahuasca frente a adicciones —el 67% mostró mejoría en patrones de consumo al cabo de 6 meses. Sin embargo, los médicos advierten: “El efecto es impredecible, depende tanto del cuerpo como de la historia personal”, dice Jacques Mabit, fundador de la clínica.

Mezclada en el estómago, la ayahuasca produce oleadas de frío, náuseas, pérdida del sentido del tiempo. El color de las visiones —rojo, azul eléctrico, blanco fosforescente— depende de la dosis y de la profundidad emocional. En 2020, la Universidad de São Paulo monitoreó a 22 voluntarios con escáner fMRI y detectó una “desintegración temporal” de redes cerebrales, sin daño evidente. La memoria olfativa, ese rastro de moho y tierra, queda impregnada durante semanas.

La farmacología puede medir moléculas y horas, pero no explica los sueños compartidos, las apariciones o el significado atribuido en colectivo. El ritual amazónico tiene elementos de teatro, música y medicina narrativa. “La experiencia no se traduce fácil en lenguaje clínico”, señala Bia Labate, antropóloga de la Chacruna Institute. ¿Una molécula puede explicar el mito, o el mito crea a la molécula?

El verdadero misterio podría no estar en la química, sino en la manera en que una bebida une cuerpos, historias y selva en una noche interminable.

Una noche eterna: última luz en el malocal

La lámpara de doña Marcelina apenas parpadea. Afuera, las ranas croan y el aire se espesa con humo de leña. La abuela Díaz, aún sudando, observa el suelo de tierra apisonada como si buscara señales. Al fondo, un niño se cubre los ojos con la camisa. El bejuco, ya frío en su taza, desprende el último olor de la noche: algo indefinible entre madera, vómito seco y lluvia reciente.

No hay explicaciones, ni recetas universales. Mañana, al amanecer, se limpiarán los cuencos y se buscarán más hojas en los claros. Aquí, la ayahuasca no es “una experiencia” ni “una sustancia”. Es el rumor de la selva en la lengua, la molécula en la sangre, y la pregunta que queda bailando tras la canción de la curandera: ¿qué otra planta espera ser descubierta, en qué rincón del monte, con el mismo potencial de abrir mundos nuevos?

Glosario

Ayahuasca
Bebida amazónica preparada con el bejuco Banisteriopsis caapi y hojas de Psychotria viridis, rica en beta-carbolinas y DMT.
Dimetiltriptamina (DMT)
Molécula psicodélica encontrada en plantas y en el cerebro humano, responsable de visiones intensas y alteración de la percepción.
Beta-carbolinas
Compuestos presentes en el bejuco de ayahuasca, como harmina y harmalina, que inhiben la enzima MAO y permiten la acción de la DMT.
Icaros
Cantos rituales amazónicos usados en ceremonias de ayahuasca para guiar y proteger a los participantes.
MAO (Monoamino oxidasa)
Enzima intestinal que normalmente degrada la DMT antes de que llegue al cerebro.
Purga
Vómito y otros procesos de limpieza física/mental inducidos durante la ceremonia, considerados parte central del ritual.
Malocal
Casa comunal tradicional en la Amazonía, construida con palma y madera, donde se realizan los rituales colectivos.