Don Macario y el charco que no se seca en Iztapalapa

En la esquina de la colonia Lomas de Zaragoza, Iztapalapa, don Macario barre hojas secas que flotan sobre un lodazal permanente. No importa si es octubre o abril: el charco nunca desaparece del cruce entre una banqueta agrietada y la reja oxidada de un deportivo. El agua despide un olor a tierra fermentada, casi dulzón, y su superficie está salpicada de pequeñas plantas redondas como lentejas: Lemna gibba, la lenteja de agua. Bajo ese tapiz verde, renacuajos y larvas de mosquito danzan sin pausa, ajenos al paso de los microbuses. "Aquí hasta garzas han parado después de la lluvia", dice Macario, señalando con un dedo manchado de tierra negra. Nadie le explicó nunca que este charco es, de algún modo, un remanente de humedal urbano.

En la Ciudad de México, los humedales naturales y artificiales salpican todavía las zonas bajas de Xochimilco, Chalco y las periferias del Valle de México, a unos 2,240 metros sobre el nivel del mar. Los más extensos — los canales de Xochimilco — hospedan especies endémicas como el ajolote (Ambystoma mexicanum), pero incluso charcas temporales como la de Lomas de Zaragoza cumplen funciones invisibles para el resto de la ciudad.

El concreto y el asfalto no dejan que el agua se infiltre; los charcos — tolerados, ignorados o temidos — hacen de oasis para decenas de especies y para el propio sistema de drenaje. Pregúntale a los grillos que cantan aquí tras la lluvia: ellos saben que la ciudad necesita estos charcos más de lo que sospecha. Pero, ¿cómo distinguir entre un simple encharcamiento y un humedal urbano funcional?

¿Qué es un humedal urbano? Más que un charco feo

En las orillas del antiguo lago de Texcoco, hoy convertidas en las colonias de Ciudad Netzahualcóyotl, la tierra aún recuerda cuando el agua mandaba. Un humedal urbano es cualquier extensión saturada de agua — permanente o temporal — en donde la vegetación y el suelo han aprendido a vivir bajo el pulso de la inundación: lirios, tulares (Schoenoplectus californicus), juncos (Juncus mexicanus), incluso árboles como el sauce (Salix bonplandiana). Los olores aquí varían de lo terroso a lo dulce, con toques de podredumbre en los meses más calurosos.

Mientras caminas por los bordes de la laguna de Zumpango, en el Estado de México, el sonido de las ranas compite con el rumor de los aviones que despegan del AIFA. Los humedales pueden ser naturales — restos de lago, como en Xochimilco — o creados por el hombre: lagunas artificiales, drenes, canales de riego. En las ciudades mexicanas, muchos nacen de la combinación accidental entre agua de lluvia, fuga de tuberías y vegetación oportunista.

La línea entre el charco y el humedal radica en la permanencia y la vida. Pero la diferencia crucial está en lo que hacen, día y noche, bajo esa superficie verdosa.

Los servicios secretos de los humedales: más allá de la vista

Párate al borde del canal Nacional, entre el Viaducto y la colonia La Viga, y el olor a agua estancada contrasta con la brisa azucarada de los camotes que venden en la esquina. El agua parece sucia. Sin embargo, lo que no ves es lo que sostiene a la ciudad. Los humedales urbanos filtran contaminantes, retienen sólidos, eliminan metales pesados y — con ayuda de bacterias anaeróbicas — neutralizan compuestos tóxicos que ni la planta más sofisticada puede quitar con la misma sencillez.

En Xochimilco, la capa de lirio (Eichhornia crassipes) bloquea la entrada de luz y reduce la proliferación de algas que pueden agotar el oxígeno del agua. Debajo, las raíces sirven de filtros vivientes: atrapan sólidos suspendidos y proporcionan refugio a peces juveniles y larvas de insectos. Allí mismo, el ajolote caza a sus presas con un movimiento brusco, casi invisible en el lodo.

El zumbido de los mosquitos es el único precio que parece cobrar el humedal, pero quien entiende la función sabe que ese zumbido también sostiene pájaros, murciélagos y peces. ¿Por qué entonces los vemos como zonas perdidas, y no como la infraestructura viva que son?

Cimientos invisibles: el suelo bajo el agua

En la ribera del lago de Cuitzeo, Michoacán, los bordes del humedal se hunden bajo el peso de cada pisada. El suelo aquí parece arcilla mojada, pegajoso pero dúctil. Si hundes la mano sentirás una temperatura tibia, como el estómago de la tierra. Lo que se forma bajo la lámina de agua es más que lodo: es un sistema de capas saturadas de materia orgánica, raíces y bacterias, que funcionan como un filtro vivo.

El suelo de los humedales — llamado suelo hidromórfico — se identifica por colores grisáceos o azulados, a menudo con manchas de óxido. En sitios como el vaso regulador El Cristo, en Tláhuac, la abundancia de raíces podridas da un aroma fuerte, casi fétido, especialmente después de una tormenta. Este lodo es hogar para bacterias anaeróbicas, que digieren la materia orgánica y liberan metano y otros gases.

La compactación y saturación impide que los contaminantes disueltos — como amonio, metales pesados o restos de detergente — bajen directo al manto freático. Las plantas aportan oxígeno a través de sus raíces, acelerando la descomposición de algunos compuestos y mejorando la calidad del agua lentamente.

Pero estos procesos dependen de mantener viva la microfauna y evitar que el humedal se selle con escombro o basura. Cada vez que alguien rellena un charco con cascajo, borra décadas de filtración natural. ¿Qué tan fácil es perder un humedal en la ciudad? Mucho más de lo que parece.

Rescatar lo que queda: dónde sobreviven y por qué los borramos

En el extremo sur de Monterrey, la colonia La Estanzuela toca los bordes del río La Silla. Aquí, entre el zumbido de los camiones de volteo y el chillido de las guacamayas verdes, sobreviven parches de humedal temporales: remansos que se inundan durante los aguaceros de verano y luego se evaporan lentamente. El agua aquí huele a hierba y gasoil, una mezcla que sólo el norte concede.

Ciudades como Guadalajara, en las riberas del lago de Chapala, han perdido más de la mitad de sus humedales a mano de la urbanización y la industria. Lo que sobrevive lo hace porque es incómodo: zonas inundables que nadie puede construir ni drenar por completo. En Mérida, los humedales costeros de Dzidzilché y la Sabana conservan su fauna — cocodrilos de bolsillo (Crocodylus moreletii), ibis blancos (Eudocimus albus) — porque nadie quiere vivir donde el suelo se hunde bajo el peso del zapato.

Muchos municipios rellenan o encauzan charcos persistentes para “limpiar” el paisaje urbano. Pero al hacerlo, ahogan rutas de aves migratorias, apagan los croares nocturnos y aceleran las inundaciones aguas abajo. El deseo de una ciudad sin charcos ha borrado más biodiversidad de la que cualquier colector de basura puede imaginar.

Sin embargo, pequeños grupos y barrios han empezado a mirar estos espacios con otros ojos: no como estorbos, sino como aliados frente a sequías, inundaciones y calor extremo. ¿Cómo puede una persona común proteger o criar un humedal en medio del concreto?

Manual práctico: cómo crear un humedal urbano en tu barrio

En una azotea de Puebla, Lucía — bióloga de barrio — instala una cubeta con grava volcánica, arena, tierra y plantas acuáticas. El objetivo es sencillo: simular a pequeña escala lo que ocurre bajo la superficie de Xochimilco. Para crear un humedal doméstico, necesitas tres capas:

Sobre la tierra se plantan especies resistentes: Lemna gibba (lenteja de agua), Typha latifolia (tule), Eichhornia crassipes (lirio), o Sagittaria latifolia (platanillo de agua). Muchos viveros venden estas plantas o sus semillas; en tianguis de Xochimilco o Chalco suelen ofrecer esquejes.

Conviene usar recipientes de plástico reforzado, de preferencia rectangulares y no muy profundos (30-50 cm de alto), para facilitar el mantenimiento. Llena hasta cubrir las raíces y deja espacio para que el nivel de agua suba y baje tras cada tormenta. Vacía el recipiente sólo si huele fuertemente a azufre: eso indica pudrición completa. Si tienes espacio, puedes expandirlo conectando varios recipientes con tubos de PVC; lo esencial es mantener el flujo lento.

El error más común: usar agua clorada directo del grifo, que mata la microfauna útil. Lo ideal es recolectar agua de lluvia, dejarla unos días en reposo, y solo después rellenar el humedal.

¿Plagas o vecinos? La fauna inesperada de los humedales urbanos

Bajo el puente de la avenida Acueducto en Morelia, el zumbido de los zancudos se mezcla con el canto de las ranas. A primera vista, los humedales urbanos parecen criaderos de insectos molestos, pero basta mirar de cerca para descubrir cangrejos de río (Cambarus montezumae), libélulas (Anax junius), y hasta pequeñas serpientes acuáticas como la Thamnophis eques. El olor aquí es fuerte: mezcla de barro y hierba, salpicado por el aroma a plástico quemado que flota desde los baldíos.

La presencia de larvas de mosquito, aunque temida, suele equilibrarse en humedales sanos gracias a los depredadores naturales: peces pequeños, renacuajos, libélulas. En Culiacán, los humedales que bordean el río Tamazula albergan garzas, patos y pelícanos que dependen de estos insectos como fuente principal de alimento, sobre todo durante las migraciones de invierno.

En sitios degradados, la fauna cambia: proliferan ratas, cucarachas y especies invasoras si el agua está demasiado contaminada o si el flujo es escaso. Un humedal bien cuidado puede volverse hábitat para especies endémicas o migratorias, ofreciendo refugio y alimento cuando la ciudad se seca o quema bajo la canícula.

La vida animal es una señal del equilibrio interno del humedal. Si encuentras diversidad de insectos y aves (no solo moscos), probablemente el agua y el suelo hacen su trabajo. Pero la fauna también advierte: si desaparecen los bichos y los pájaros, el humedal está en peligro.

El arte de leer el agua: señales de salud y de alarma

En el parque ecológico de Zacango, Estado de México, las aguas calmas reflejan el gris del cielo, interrumpido por círculos donde saltan los peces. Caminar sobre el borde revela raíces sanas: blancas o rojizas, flexibles al tacto. El olor apenas se percibe, fresco y terroso. Un humedal sano suele mostrar:

Alarmas rojas: proliferación de espuma persistente, mortandad de peces, capas de algas verde fosforescente o hedor insoportable. Estas señales aparecen cuando entran más nutrientes de los que el sistema puede procesar — aguas jabonosas, fertilizantes, grasa.

En la Laguna de Yuriria, Guanajuato, los campesinos han aprendido a leer las burbujas que emergen tras cada tormenta: si huelen a “gas” más que a lodo, el humedal está saturado y necesita descansar. En la ciudad, el signo más obvio de desequilibrio suele ser la ausencia de canto de ranas o el silencio de los pájaros al atardecer.

Mantener un humedal sano en la ciudad requiere aprender estos códigos, como quien lee el pulso en la muñeca: olor, color, sonido, vida.

¿Todos los charcos valen? Cómo distinguir uno funcional de un foco de infección

En la periferia de San Luis Potosí, después de una tormenta, los lotes baldíos se llenan de agua que huele fuerte a drenaje. Durante días, los vecinos tapan coladeras y lanzan cal para secar los charcos. No todos los acumulamientos de agua son humedales funcionales. La diferencia crucial está en el equilibrio entre entrada y salida de agua, vida vegetal y animal, y ausencia de contaminación tóxica.

Charcos abandonados — sin plantas ni movimiento, con agua inmóvil y hedionda — tienden a ser focos de plaga. Un humedal inicia cuando aparece vegetación adaptada: tules, lirio, pastos acuáticos. La presencia de aves o ranas suele indicar que el ecosistema está encontrando su camino.

Observar el tipo de vegetación y la presencia de animales te dice más que cualquier letrero. Un humedal urbano es, al final, un sistema vivo que depende de la vigilancia — y de la tolerancia — humana.

Charcos que cuentan historias: memoria y futuro en seis metros cuadrados

En el barrio de Santa María la Ribera, Ciudad de México, un grupo de niños juega junto a una alberca natural instalada en medio del camellón. El agua, coloreada por plantas flotantes y la sombra de un sauce, refleja los edificios antiguos de cantera. Las libélulas zumban sobre la superficie y los niños comparan quién encuentra más "bichos raros". De fondo, el bullicio del tianguis dominguero marca el ritmo.

Cada humedal urbano, sin importar su tamaño, narra la historia de la ciudad: dónde estuvo el río, qué animales cruzaron, qué plantas sobrevivieron al concreto. Los habitantes de Monterrey reconocen la sombra del río Santa Catarina en parches de vegetación que brotan tras cada tormenta. En Toluca, los charcos perennes del parque Alameda recuerdan la existencia de una laguna que fue drenada hace un siglo.

La presencia — o ausencia — de humedales urbanos da forma a la vida cotidiana: la temperatura de la tarde, la cantidad de mosquitos en verano, la frecuencia de inundaciones. En los próximos años, mientras el clima extremo se vuelve rutina, estos espacios serán refugio y testimonio de lo que la ciudad decide dejar vivir.

La próxima vez que veas un charco resistente, piensa en lo que esconde bajo la superficie y en qué historia cuenta sobre el lugar donde vives.

Glosario

Humedal
Zona inundada temporal o permanentemente, con vegetación y fauna adaptada a la presencia de agua.
Hidrófita
Planta que vive con las raíces sumergidas o en suelos saturados de agua.
Lemna gibba
Lenteja de agua; planta flotante pequeña, común en charcos y lagunas poco profundas de México.
Anaeróbico
Condición sin oxígeno, típica del lodo profundo de humedales, donde bacterias descomponen materia orgánica.
Sedimento
Material sólido que se acumula en el fondo de cuerpos de agua, formado por tierra, hojas y residuos orgánicos.
Metano
Gas producido por bacterias en suelos saturados, perceptible como olor a “gas natural” en humedales anegados.
Filtración
Proceso por el que el agua atraviesa capas de suelo, arena y raíces, limpiándose de contaminantes.