Un machete, un grito y el olor a guayaba: el dosel de Nanciyaga
Don Hilario, machete al cinto y botas llenas de lodo, aparta las hojas de Ficus insipida mientras el aire húmedo de la Reserva Ecológica Nanciyaga, en Catemaco, Veracruz (18.4192° N, 95.1198° W), huele a fruta fermentada y madera vieja. Son las 6:20 de la mañana, y la selva debería estremecerse con los aullidos de Alouatta palliata, el mono aullador, pero hoy sólo se escucha el zumbido de una motosierra lejana y el crujido de ramas bajo su peso. Hilario alza la vista: ninguna silueta oscura columpiándose entre las copas a 35 metros del suelo. Sólo un par de guayabas mordisqueadas caen, tibias y dulces, sobre la hojarasca.
En 1975, los registros del Instituto de Biología de la UNAM contaban más de 150 ejemplares de mono aullador en esta franja de selva baja perennifolia. La cifra cayó a menos de 40 en 2022, según monitoreos de la Asociación Civil PRONATURA. El olor penetrante de la fermentación y la ausencia del rugido matutino marcan la diferencia: donde antes había vida, hoy hay silencio y madera cortada.
El mono araña (Ateles geoffroyi) tampoco se deja ver. Su silueta ágil, capaz de saltar tres metros entre ramas, ha desaparecido de grandes bloques de selva en Los Tuxtlas, una región que pierde 5% de su cobertura boscosa cada década. El olor del café recién molido en las fincas marca el avance del desmonte.
Pero hay otra huella más sutil: los monos dejan de dispersar semillas de Enterolobium cyclocarpum y Manilkara zapota. Sin su estómago y sus dientes, el dosel se empobrece, y el suelo se endurece bajo la hojarasca seca. ¿Quién replantará entonces el futuro de la selva?
Aullidos, saltos y ADN: retrato de los primates mexicanos
En el Laboratorio de Primatología de la UNAM, la doctora Laura Rangel sostiene un frasco con heces frescas de mono aullador recolectadas en Tabasco en 2019. El olor ácido llena la sala mientras extrae una muestra con pinzas esterilizadas: ahí, entre restos de hojas y semillas, están las pistas genéticas que permiten rastrear la diversidad de Alouatta pigra y Ateles geoffroyi en el país.
México alberga tres especies nativas de primates: el mono aullador de manto (Alouatta palliata), el mono aullador negro (Alouatta pigra), y el mono araña (Ateles geoffroyi). Sus territorios cubren menos del 2% del país, concentrados en selvas cálidas de Chiapas, Tabasco, Campeche, Veracruz y Oaxaca. En 2023, la IUCN catalogó a Ateles geoffroyi como “En Peligro Crítico”, con menos de 1,500 individuos en libertad en México.
La textura de su pelaje varía: áspero y espeso en el mono aullador, sedoso y castaño en el mono araña. Sus aullidos alcanzan los 90 decibeles — tan fuertes que pueden escucharse a cinco kilómetros en la bruma de la mañana. No es un grito cualquiera: es una señal territorial, un eco de la selva que se apaga.
Una secuencia genética revelada en 2017 por el Instituto de Ecología de Xalapa mostró que varias poblaciones de mono araña mexicano han perdido el 30% de su diversidad genética en una sola generación. La endogamia, esa trampa invisible, ya deja su marca en huesos y estómagos frágiles.
Entre el machete y el alambre: cómo se borra una selva
En la comunidad de El Triunfo, Chiapas, a 870 metros sobre el nivel del mar, el sonido seco del alambre de púas se mezcla con el canto de las chachalacas. Don Benito, ejidatario tzeltal, marca con estacas una nueva cerca: cada semana, un tramo más de selva se convierte en potrero. Desde 1980, la frontera agropecuaria de la región ha avanzado 200 kilómetros cuadrados, según la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO).
Las motosierras, importadas desde Italia y Japón, rugen a 120 decibeles. El polvo de madera y el aroma a resina quemada flotan en el aire mientras los árboles de Brosimum alicastrum y Ceiba pentandra caen. Con cada hectárea talada, los monos pierden no solo casa, sino también rutas de escape, alimento y sombra fresca. El dosel fragmentado no es solo una metáfora: es una trampa mortal.
En 2021, la UNAM estimó que menos del 30% de las selvas originales de Los Tuxtlas sigue en pie. Las carreteras de grava, los canales de riego y la expansión de cultivos — cacao, caña, ganadería — dejan islas de bosque donde antes había corredores biológicos continuos. El calor sube: en El Triunfo, la temperatura media anual pasó de 22°C en 1990 a 24.5°C en 2020.
Pero el cambio no sólo viene de la motosierra. La caza para vender crías en el mercado negro, a veces por menos de 800 pesos el ejemplar, deja familias fragmentadas y bebés huérfanos que rara vez sobreviven el primer año en cautiverio. ¿Qué queda cuando la selva se convierte en cuadrícula y los monos en mercancía?
La ciencia de restaurar selva: pasos concretos para salvar a los monos
En la Estación de Biología Tropical Los Tuxtlas, a 14 km de la costa de Veracruz, la bióloga Itzel Domínguez dirige un vivero de 5,000 plántulas. El olor húmedo de la composta y la textura pegajosa del látex marcan la mañana. Aquí, la restauración de corredores biológicos es ciencia de detalle: para reconectar fragmentos de selva, hay que plantar especies específicas que los monos usan para moverse y alimentarse.
- Especies clave: Brosimum alicastrum (ramón), Ficus spp. (higueras), Manilkara zapota (chicozapote), Enterolobium cyclocarpum (parota). Estas proveen frutos, hojas y ramas flexibles para el desplazamiento de monos.
- Densidad recomendada: 200-400 árboles por hectárea, intercalados cada 6-8 metros. Para restaurar un corredor viable, se requieren al menos 2 kilómetros de longitud y un ancho de 30-50 metros.
Las plántulas pueden adquirirse en el vivero de la Estación (costos desde 35 hasta 120 pesos por ejemplar en 2024), o recolectarse en selvas remanentes con el permiso de la SEMARNAT. El error más común: plantar monocultivos o especies exóticas que los monos no reconocen ni usan como puente.
El riego debe ser diario durante la primera estación seca (noviembre–abril), y el control de maleza se realiza cada 2-3 semanas. En cinco años, los primeros monos pueden regresar si el corredor cruza potreros, ejidos y cafetales. Pero detectar su retorno exige paciencia: sus gritos no siempre anuncian presencia, y sus heces a menudo pasan inadvertidas entre la hojarasca húmeda.
“Restaurar no es reforestar a ciegas: hay que leer el paisaje desde la mirada del mono”, explica Itzel Domínguez en un taller de 2023 en Los Tuxtlas. El éxito se mide en semillas digeridas, ramas dobladas y la sombra fresca donde antes sólo brillaba el sol sobre el pasto.
Virus, pandemias y el futuro incierto: amenazas que no se ven
En Palenque, Chiapas, a 60 km de la frontera con Tabasco, el calor de 32°C aprieta en mayo de 2020 cuando una noticia sacude a los primatólogos: brotes de fiebre amarilla y sarampión detectados en monos aulladores muertos al pie de los árboles. El olor agrio de la descomposición alcanza el campamento antes que los resultados de laboratorio.
Al menos 60 monos aulladores fallecieron en menos de tres semanas, según reportes de la Universidad Autónoma de Chiapas. Las pandemias virales, facilitadas por el contacto con humanos y ganado, encuentran terreno fértil donde la selva está fragmentada. Un solo brote puede diezmar hasta el 40% de una población localizada.
En 2018, un equipo de la Universidad Veracruzana detectó anticuerpos de herpesvirus y paramixovirus en monos araña de la zona de Uxpanapa. Estos patógenos, introducidos por mascotas y ganado, causan abortos, desnutrición y mortalidad precoz. El aroma a alcohol y formol de las autopsias no deja lugar a dudas: la amenaza ya está dentro.
Si las pandemias virales y bacterianas se combinan con cambio climático y fragmentación, el futuro de los monos mexicanos podría decidirse en una década. El silencio en el dosel, ese que Hilario ya empieza a conocer, podría volverse definitivo.
Una mirada desde abajo: niños, leyendas y el futuro que se cuelga de un hilo
A la sombra de una parota en la comunidad de Reforma Agraria, Oaxaca, un grupo de niños zapotecos juega a imitar el chillido de los monos. Sus risas cortan el aire de las tres de la tarde, mientras los adultos siembran maíz y cacahuate a menos de 100 metros del último fragmento de selva.
Las historias no faltan: doña Candelaria, partera de 58 años, cuenta que los monos eran guardianes de los caminos, y que si uno escuchaba su llanto a las cinco de la tarde, debía regresar a casa antes de que la neblina bajara. Ese miedo ancestral ahora convive con la curiosidad: niños y niñas usan celulares donados por una ONG para grabar gritos y saltos, esperando distinguir a un mono entre las ramas movidas por el viento.
En 2022, el Colectivo Selva Viva organizó 15 talleres en escuelas rurales de Veracruz y Oaxaca. Los niños aprendieron a distinguir entre huellas de mapache, mono y coatí, y a reconocer el olor ácido de las heces frescas. El objetivo: que la siguiente generación sepa leer la selva como lo hicieron sus abuelos, pero con herramientas nuevas.
La tarde termina y una sombra oscila en la copa más alta. Un niño señala: “¡Ahí va uno!”. El futuro, por ahora, cuelga de una rama delgada, invisible desde el suelo pero tan real como el grito que alguna vez llenó la selva.
Glosario
- Dosel
- Capa superior de la selva, formada por las copas de los árboles a 20-40 metros de altura, donde viven la mayoría de los primates mexicanos.
- Fragmentación
- División de un hábitat continuo en partes aisladas, generalmente por actividades humanas como agricultura, carreteras y urbanización.
- Corredor biológico
- Franja de vegetación que conecta fragmentos de selva, permitiendo el libre movimiento de especies como monos y aves.
- Endogamia
- Cruce entre individuos emparentados, que reduce la diversidad genética y debilita la salud poblacional.
- Heces
- Excremento o desecho sólido de animales, útil para rastrear su dieta y analizar material genético.
- IUCN
- Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, organismo que clasifica el estado de conservación de especies a nivel mundial.
- Selva baja perennifolia
- Tipo de selva tropical caracterizada por árboles medianos que conservan sus hojas todo el año, principal hábitat de los primates mexicanos.