Bolsas de ixtle en el altiplano: la escena diaria en Tepeyahualco

El viento polvoso de Tepeyahualco, Puebla, a 2,600 metros de altitud, acaricia la espalda de doña Candelaria mientras revisa una docena de bolsas de ixtle colgadas en un alero. Cada bolsa guarda semillas de frijol negro, rojo, pinto. Los dedos duros de la mujer sacuden una vaina seca; cae una semilla redonda, opaca, casi tan tibia como su mano. Candelaria, 68 años, lleva desde niña separando frijol año tras año. Frente a ella, un costal bordado marca el año: 2011, el año de la gran helada. La costumbre era sólo escoger lo más sano, pero a veces, una semilla rara, manchada o retorcida, terminaba separada. —Esa, esa siempre la siembro aparte —dice, y sonríe sin abrir mucho la boca—. A veces sale mejor.

En este pueblo de la sierra nororiental poblana, las familias guardan semillas en tejidos, ollas de barro o botes de leche Nido, con ceniza de encino para espantar gorgojos. El frijol criollo —no híbrido, no mejorado— sigue cruzando puertas cada cosecha: pequeño trueque entre vecinos, la bolsa pasa de mano en mano. De un costal marcado 2021, Candelaria saca 135 semillas para el surco. Olor a tierra mojada —aún antes de la lluvia— flota entre las viviendas. La memoria se mide en costales y en años.

No hay nombre impreso ni código de barras: la información está escrita en la textura y el color. El catálogo más confiable aquí no es digital sino oral: –El negro que aguanta la helada, ese es el bueno para septiembre–, dicen en las juntas ejidales. ¿Cómo es posible que, luego de tantas décadas, los frijoles sigan cambiando?

Las bolsas de ixtle siguen sumando años y semillas, pero la amenaza se cuela por las radios de AM: nuevas normas, semillas certificadas, paquetes tecnológicos. El misterio de por qué aquí resisten semillas que en otros valles ya se perdieron apenas empieza a desdoblarse.

Del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales a la milpa: ciencia y arraigo

En 1942, el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), con sede en Texcoco, Estado de México, inició la recolección sistemática de semillas nativas de maíz (Zea mays) y frijol (Phaseolus vulgaris). Hasta 2022, se han registrado alrededor de 220 razas mexicanas de maíz y más de 50 de frijol. En las cámaras frías del banco nacional, las semillas duermen a -18°C, resguardadas en frascos herméticos. Abundan etiquetas: “Zacatecas 1998”, “Oaxaca 1973”, “Sierra Tarahumara 2012”. La misión: preservar la diversidad genética ante plagas, cambios climáticos y mercados volátiles.

Sin embargo, el banco más resistente sigue siendo el de las milpas: ahí la selección se renueva cada ciclo, bajo mano campesina. Don Jorge, ejidatario de Calpan, Puebla, mide los elotes al partirlos: los granos más apretados, el color azul-violáceo, la resistencia al desgrane, son criterios tan finos que ni el INIFAP logra replicar. Una vez, en 2008, la roya arrasó el 70% de las plantas en el valle, salvo el maíz “pinto javillo” de don Jorge: una casualidad, o resultado de años de selección local.

El olor a maíz cocido en Calpan se mezcla con el humo de encino; es fácil subestimar la ciencia que ocurre en esos patios. Los técnicos del INIFAP regresan cada temporada, recogiendo mazorcas para medir humedad y germinación, pero ningún laboratorio ha logrado predecir qué raza aguantará el próximo temporal.

Mientras tanto, las manos de don Jorge separan cada año unas 330 mazorcas por parcela; el futuro genético ocurre entre el humo, el sol y la lluvia, fuera de vitrinas climatizadas. ¿Es posible comparar la selección de patio con la de laboratorio?

Variedades olvidadas: nombres, sabores y cifras del mosaico mexicano

En la región de la Mixteca oaxaqueña, de Santa María Yucunicoco a Santiago Juxtlahuaca, los catálogos vivos superan cualquier inventario oficial. En 2021, el colectivo Semillas Nativas de Oaxaca documentó 94 nombres locales de maíz tan sólo en ese corredor. Mazorcas como “milpa alta”, “espejito”, “diente de burro” o “reventón” nombran no sólo el grano sino la altura del cultivo, el color de la tierra, el sabor del atole. El aroma de mazorca recién cocida en olla de barro —agrio, terroso— distingue a las variedades criollas del grano blanco industrial.

En los mercados de Tlaxiaco o Juxtlahuaca, bultos de 25 kilos cambian de dueño por 550 pesos, mientras las semillas híbridas cuestan apenas 400 pero requieren fertilizante extra. Una tortilla de “diente de burro” sabe ligeramente dulce y deja en los dedos una pigmentación azulada; la misma masa, en manos de doña Cirila, da totopos crujientes que huelen a leña y tierra mojada.

El Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (LANGEBIO) del Cinvestav reporta que más del 80% de los maíces nativos existentes en México no están comercialmente registrados. En las fiestas patronales, la diversidad se celebra más en una mesa de atole que en una base de datos. ¿Cuántas de estas variedades caerán en desuso cuando sólo sobrevivan las semillas “certificadas” para plan agrícola?

La textura, el color y el aroma de las variedades criollas se pierden con cada hectárea convertida a monocultivo. Pero aún hay redes, como la Red de Guardianes de Semillas, que recuperan costales antiguos para rescatar variedades con apenas 100 gramos restantes. ¿Hasta cuándo esa red resistirá la presión de la homogenización?

Reproducción y selección: la técnica viva de la semilla campesina

La selección de semillas, en manos campesinas, no obedece recetas fijas, pero sí una secuencia precisa entre marzo y agosto. En Jala, Nayarit, donde crece el maíz más alto del mundo (hasta 7.2 metros, registrado por la UNAM en 2017), don Félix recorre sus surcos tras la lluvia de mayo. Selecciona elotes con granos completos, color uniforme y una resistencia al pulgar: si el grano no se hunde, será semilla.

Algunos pasos esenciales para reproducir variedades criollas según el clima local:

El olor de las semillas secándose invade patios y corredores: aroma ahumado, con fondo a barro y ceniza. La paciencia —tres meses de reposo antes de la nueva siembra— es la clave. Si alguna semilla germina antes de tiempo, se aparta: la vida, aquí, no se apura.

A partir de 2015, la Fundación Semillas de Vida estimó que en comunidades muy conservadoras, como Yaxunah, Yucatán, el 95% de la semilla se selecciona manualmente. En otras regiones, el proceso sería ya industrial. ¿Qué sucede, entonces, cuando la técnica se liga de nuevo al ciclo del agua y la espera?

Crisis y resistencia: las amenazas legales y económicas que enfrentan las semillas nativas

En 2020, la aprobación de la Ley Federal de Variedades Vegetales (LFVV) encendió alertas en más de quinientos colectivos campesinos de Puebla, Oaxaca y Chiapas. En los tianguis de Acatlán de Osorio, los vendedores hablan bajo, esquivando la mirada de inspectores: la amenaza de que sólo pueda sembrarse semilla certificada haría ilegales la venta e intercambio de las criollas. La Red en Defensa del Maíz, fundada en 2001, contabilizó ese año 1,200 denuncias de pérdida de variedades locales ante la presión legal.

Las semillas certificadas, producidas en laboratorios de Bayer y Syngenta en el Bajío, cuestan en promedio 840 pesos por hectárea. A cambio, requieren paquetes tecnológicos: fertilizantes de 17 kg por hectárea y pesticidas químicos. El olor químico de los costales industrializados en el salón de venta no recuerda en nada al polvo cálido de las semillas criollas guardadas en la casa de doña Candelaria.

Una investigación de Ana de Ita en la Revista de la UNAM en 2022 advierte: “El verdadero banco de semillas está en los campos, no en las bóvedas. Si se prohíbe el intercambio, la diversidad muere en la legalidad”.

¿Podría la ley alcanzar todos los rincones donde todavía se intercambia una bolsa a cambio de pulque, tequesquite o una gallina?

¿Cómo hacer tu propio banco de semillas criollas en casa?

Guarda semillas propias no es capricho: es estrategia, arraigo y cuidado. Para iniciar un banco doméstico, lo esencial es colectar semillas tras la cosecha, secarlas a la sombra (nunca al sol directo ni en horno) a una temperatura ideal de 25-30°C. El peso óptimo para conservar en casa son 500 gramos por variedad, suficiente para un huerto familiar. Para minimizar humedad, utiliza frascos de vidrio esterilizados o bolsas de manta. Muchas cooperativas, como Semillas Vivas en Morelos, venden frascos pequeños (80-120 pesos) y organizan talleres prácticos cada temporada seca (enero-marzo).

Errores comunes a evitar:

Espacia las revisiones: mínimo dos veces por año. Si alguna variedad se deteriora o apolilla, sáquela del frasco y quema el lote para evitar contagio. Los mercados regionales son fuente vital: en el Mercado Emiliano Zapata de Cuernavaca, cada sábado, puedes encontrar de cinco a siete variedades criollas de calabaza, chile y maíz, vendidas por manos campesinas.

El aroma de los frascos bien cerrados remite a polvo, a barro, a una infancia en el campo. Hacer un banco propio es también participar en una memoria que se toca y se huele. El reto es guardar vida, no sólo objetos. ¿Estás listo para dejar que tu cocina empiece a contar historias en semillas?

La red invisible: semillas viajeras y trueques que salvan mundos

En una tarde de julio, en San Pedro Yeloixtlahuaca, Puebla, los trueques de semillas son más fiesta que transacción. Niños con la lengua morada de blueberries del cerro llevan bolsas de semillas de calabaza; mujeres con pañuelos atan manojos de epazote (Dysphania ambrosioides) para intercambiar por frijol moteado. Hay risas, hay trato, pero sobre todo hay presencia de cientos de nombres de plantas y variantes que ningún catálogo digital alcanza.

En la última década, redes como Guardianes del Maíz y el Colectivo Tlalmekayotl han visitado más de 80 comunidades en Michoacán, Puebla y Estado de México, documentando trueques y llevando talleres sobre cosecha, almacenamiento y test de germinación. El grano que ayer estaba en la sierra, mañana viaja en el pesero a una zona de calor. Un mismo chile, “pico paloma”, cultivado a 1,800 metros cerca de Zacatlán, cambia de sabor cuando baja a la cañada caliente. El color —rojo intenso, casi cereza— sólo ocurre tras tres generaciones de adaptación local.

En la mesa comunal, una semilla puede cruzar 300 kilómetros en un costal. Así, la resistencia se vuelve contagio: variedad, adaptabilidad, alianza. La escena se repite: fuego de ocote, tortillas humeantes, y manos que presionan suavemente bolsas de semilla como quien guarda una joya.

Hacia el norte, en el desierto de Aramberri, Nuevo León, los bancos de semillas apenas resisten la sequía de 2023: la selección ocurre bajo 42°C, el polvo reseca garganta y ánimo. Los guardianes del grano se preguntan cuál será el límite del viaje de la semilla —y si la red invisible sobrevivirá a la prisa del maíz industrial.

Glosario

Criollo/a
Variedad vegetal adaptada localmente, sin cruzas forzadas o manipulación genética industrial.
Banco de semillas
Reservorio donde se almacenan semillas para conservar su viabilidad y diversidad genética.
Selección manual
Proceso de elegir semillas a partir de plantas sanas y adaptadas, realizado por agricultores.
Monocultivo
Cultivo extensivo de una sola especie o variedad, que reduce la diversidad y aumenta la vulnerabilidad.
Híbrido
Planta proveniente de la cruza controlada, seleccionada por rendimiento, pero de escasa adaptabilidad local.
Test de germinación
Método para comprobar la viabilidad de semillas, normalmente remojándolas y observando cuántas logran brotar.
Ceniza de encino
Polvo fino obtenido al quemar madera de encino, usado para conservar semillas y protegerlas de plagas.