En la selva baja de Campeche, el murciélago escucha con la boca

En las noches húmedas de la selva baja de Calakmul, Campeche, don Tomás — un apicultor de la zona — suele ver de reojo a los murciélagos zigzagueando entre las ramas de Manilkara zapota. El aire huele a tierra mojada y resina dulce. Mientras carga sus colmenas, un murciélago de la especie Artibeus jamaicensis pasa rozando su sombrero, emitiendo chillidos agudos que no se escuchan con el oído humano. Tomás no lo sabe, pero ese animal está ‘viendo’ el mundo por medio de ecos: su boca lanza ultrasonidos y sus orejas, abiertas como antenas, cazan el rebote invisible de los objetos.

La ecolocación es la forma en que algunos mamíferos — murciélagos y delfines incluidos — perciben su entorno en completa oscuridad. En Campeche, donde los cenotes y cuevas abundan, murciélagos como el Desmodus rotundus (el vampiro común) usan sonidos de hasta 100 kHz, imposibles para el oído humano. Cada pulso rebota en hojas, ramas, insectos o gotas de agua, dibujando un mapa acústico instantáneo.

El sonido, en este ecosistema, es casi tangible: el aire se llena de minúsculas vibraciones que el murciélago interpreta con precisión quirúrgica. El crujir de ramas bajo la humedad, el zumbido de insectos y los ecos de sus propios gritos forman una sinfonía sensorial que ningún humano puede descifrar del todo.

Pero los murciélagos no son los únicos animales con sentidos ocultos. En otros rincones de México, criaturas menos conocidas detectan señales invisibles con órganos especializados. ¿Qué pasa cuando el mundo se percibe a través de fuerzas que no podemos sentir?

En Xochimilco, el ajolote navega un río eléctrico

En el amanecer brumoso de Xochimilco (2,240 msnm), Benito — chinampero de toda la vida — mete la mano en el agua fría, buscando entre los lirios. Bajo la superficie, el ajolote (Ambystoma mexicanum) espera inmóvil. No ve bien, pero puede sentir corrientes eléctricas diminutas que emiten otros peces y renacuajos. Su piel, suave y viscosa, percibe cambios sutiles en el campo eléctrico: es la electrolocalización, un sentido que parece magia pero es pura biología.

El ajolote, como muchos anfibios y peces que habitan aguas turbias, cuenta con células especializadas en su piel llamadas ampollas de Lorenzini (más comunes en tiburones, pero presentes en formas adaptadas en otros vertebrados). Estas estructuras detectan diferencias minúsculas de voltaje, lo que permite al ajolote cazar presas incluso en total oscuridad o entre raíces enmarañadas de Salix bonplandiana y Taxodium mucronatum.

El agua de Xochimilco, cargada de minerales y materia orgánica, transmite bien los impulsos eléctricos. A veces, Benito dice sentir cosquilleos en los dedos al rozar plantas acuáticas: para el ajolote, esos microcampos eléctricos son mapas tridimensionales del mundo.

¿Cómo evolucionó este sentido en animales que apenas se mueven? La respuesta está en la vida bajo el lodo: cuando la vista no sirve y el olfato se confunde, la electricidad se convierte en guía.

Las tortugas marinas sienten el planeta: magnetorrecepción en Oaxaca

En Playa Escobilla, Oaxaca, cada noche de arribada, doña Rosalía — recolectora de huevos de tortuga desde la infancia — camina descalza sobre la arena tibia. A su lado, cientos de Lepidochelys olivacea emergen del agua salada, guiadas por algo que ni la luna ni las olas explican. Las crías, con apenas minutos de vida, corren directo al mar sin ver más que sombras. ¿Cómo lo logran?

La clave está en la magnetorrecepción: la capacidad de detectar el campo magnético terrestre. Las tortugas marinas poseen cristales microscópicos de magnetita en su cerebro y tejidos, que actúan como brújulas biológicas. El campo magnético de la Tierra, que varía en intensidad y dirección según la latitud, les sirve de mapa invisible para migrar miles de kilómetros y regresar, años después, a la misma playa donde nacieron.

En la costa oaxaqueña, el olor a salitre y el estruendo de las olas son constantes. Pero bajo la piel de la tortuga, hay sensaciones que ningún humano puede imaginar: una presión sorda, un tirón hacia el norte o el sur, una orientación inexplicable que las guía incluso en noches sin luna.

¿Podrían los humanos recuperar alguna vez este sentido perdido?

¿Cómo funciona el cerebro de un animal con sentidos extra?

En la Reserva de la Biósfera El Triunfo, Chiapas, las aves migratorias cruzan bosques de niebla a más de 1,800 msnm. Entre ellas, el petirrojo (Turdus migratorius) parece moverse sin dudar, aun en mañanas donde la niebla cubre todo el valle. Se ha comprobado que estas aves poseen proteínas sensibles a la luz — criptocromos — en sus retinas, capaces de reaccionar ante la orientación del campo magnético.

El cerebro de estos animales integra señales de varios sistemas sensoriales a la vez. Por ejemplo, un murciélago interpreta ecos acústicos en su corteza auditiva, mientras una tortuga o un pez almacena información magnética o eléctrica en regiones cerebrales especializadas. Las neuronas conectan estímulos invisibles con acciones concretas: girar, subir, cazar, migrar.

En mamíferos, como el delfín (Tursiops truncatus), la ecolocación requiere una coordinación precisa entre el bulbo olfatorio, la corteza auditiva y los lóbulos frontales. El resultado: pueden ‘ver’ bancos de peces bajo el agua turbia, usando sólo ondas sonoras.

Pero este procesamiento sensorial no siempre es consciente ni voluntario. Muchos animales nacen con estos circuitos listos para funcionar desde el primer día: no aprenden a sentir el campo magnético, simplemente lo sienten. ¿Podemos los humanos activar sentidos ocultos en nuestro propio cerebro?

¿Se puede experimentar la ecolocación y los campos invisibles en casa?

Aunque los humanos no tenemos electrolocalización natural ni magnetorrecepción funcional, sí podemos acercarnos a la ecolocación con ejercicios prácticos. En la Ciudad de México, a 2,250 msnm, algunos talleres para personas ciegas enseñan a usar chasquidos de lengua para detectar paredes, puertas o postes. El truco está en escuchar el eco: los sonidos rebotan distinto según la distancia y el material.

Para experimentar la ‘magnetorrecepción’ humana, algunos entusiastas han probado colocar imanes pequeños en la yema de los dedos (no recomendado sin supervisión adecuada), buscando sentir corrientes o campos. Sin embargo, no hay evidencia contundente de que esto active un sentido magnético real en humanos.

En cambio, sí existen experimentos caseros para visualizar campos eléctricos y magnéticos: puedes usar limaduras de hierro y un imán para ver líneas de campo, o una brújula en diferentes posiciones de la casa para notar variaciones. El asombro viene cuando comprendes que muchos animales perciben esto sin herramientas.

¿Sería posible para una persona entrenar su cerebro para desarrollar un ‘sexto sentido’, aunque sea de forma artificial?

Magnetita, ampollas y criptocromos: anatomía de los sentidos invisibles

En la costa de Baja California, cerca de Ensenada, pescadores han capturado rayas (Myliobatis californica) con la piel cubierta de pequeños poros. Son las ampollas de Lorenzini: canales llenos de gel que detectan los campos eléctricos de presas enterradas en la arena. Un pez apenas se mueve y la raya lo ‘siente’ como un destello en la oscuridad.

En aves como el petirrojo y la paloma (Columba livia), se han encontrado microcristales de magnetita en el pico y el cerebro, actuando como sensores de campo magnético. Las tortugas, por su parte, almacenan ‘mapas’ magnéticos que les permiten regresar a playas específicas después de años en el océano.

Los criptocromos son proteínas presentes en la retina de muchos animales. En presencia de luz azul, estas moléculas reaccionan y pueden influir en la percepción del campo magnético. El cerebro interpreta esta información y la convierte en guías de navegación.

¿Cuántos otros sentidos secretos están esperando a ser descubiertos?

El reto de medir lo que no sentimos: ciencia en el campo mexicano

En las orillas del Río Papaloapan, Veracruz, biólogos han observado al pez cuchara (Polyodon spathula), que detecta presas bajo el fango usando electrorreceptores en su hocico ancho y plano. La naturaleza de estos sentidos complica su estudio: muchos instrumentos científicos no igualan la sensibilidad de los órganos animales.

Las pruebas de magnetorrecepción suelen implicar laberintos y campos magnéticos artificiales, donde se observa si tortugas o aves cambian de dirección. Pero en campo abierto, factores como la temperatura, la composición del suelo y la presencia de metales pueden interferir. El trabajo se parece más a resolver acertijos sensoriales que a experimentos clásicos de laboratorio.

En la selva lacandona, los sonidos de la noche — grillos, sapos, el crujido de hojas secas — se mezclan con señales eléctricas invisibles para los humanos. Los científicos necesitan paciencia y tecnología precisa: grabadoras ultrasónicas para murciélagos, brújulas digitales para aves, electrodos diminutos para peces.

Pero a veces, la clave para entender estos sentidos está en escuchar a la gente del lugar. Como dice don Tomás en Campeche: “El murciélago nunca choca, aunque todo esté oscuro. Yo digo que ve cosas que nosotros no”.

Cuando la ciencia se encuentra con la intuición: la promesa de los sentidos ocultos

En una noche sin luna en Playa Escobilla, los huevos de tortuga comienzan a romperse. Doña Rosalía, sentada en la arena, siente el temblor bajo sus pies y el olor a salitre. De pronto, la playa se llena de crías que se lanzan al mar, guiadas por fuerzas invisibles. Ella sonríe, como si entendiera algo que los científicos apenas empiezan a descifrar.

Los sentidos extra no se ven, pero están en todas partes. En cada murciélago que esquiva ramas en la selva de Campeche, en cada ajolote que navega los canales de Xochimilco, en cada tortuga que cruza océanos para volver a nacer en la misma playa. Son formas de percibir el mundo que desafían nuestra idea de lo posible.

La próxima vez que camines descalzo sobre la arena o te detengas en la penumbra de un bosque, piensa en todo lo que sucede bajo la piel: quizá, muy dentro, queda una chispa de esos sentidos olvidados.

Glosario

Ecolocación
Sentido que permite a algunos animales detectar objetos y distancia utilizando ecos de ultrasonido emitidos por ellos mismos.
Electrolocalización
Capacidad de sentir campos eléctricos en el entorno, utilizada por peces y anfibios para detectar presas o navegar en aguas turbias.
Magnetorrecepción
Habilidad de percibir el campo magnético terrestre para orientación y migración, presente en aves, tortugas y algunos mamíferos.
Ampollas de Lorenzini
Órganos sensoriales llenos de gel, presentes en tiburones y rayas, que detectan campos eléctricos en el agua.
Criptocromos
Proteínas sensibles a la luz azul, presentes en la retina de animales, que pueden intervenir en la percepción del campo magnético.
Magnetita
Mineral magnético (óxido de hierro) encontrado en tejidos de animales, actúa como sensor del campo magnético terrestre.
Chinampero
Persona que cultiva en chinampas, islas artificiales construidas en lagos y canales, especialmente en Xochimilco.