Un joven con bata de algodón y el frío de la madrugada en la San Rafael
A las 4:45 de la mañana, Mario, estudiante de la UNAM, camina por la calle Guillermo Prieto, colonia San Rafael, Ciudad de México, a 2,240 metros de altitud. El asfalto todavía guarda el aroma ácido de la lluvia nocturna y el aire raspa la garganta. Mario Molina, con gorra y bata de algodón, entra al laboratorio de la Facultad de Química. Saca una probeta manchada de yodo, enjuaga con agua destilada y comienza el ritual que repetiría miles de veces: observar cómo un gas invisible (CFC-12) burbujea en una columna de vidrio. Nadie lo sabe aún, pero ese gesto terminará afectando la vida de miles de millones.
En esos años (1962-1965), el laboratorio apenas cuenta con un espectrofotómetro UV y una docena de matraces aferrados a su estante metálico. El olor penetrante de disolventes como cloroformo y etanol lo acompaña hasta la punta de los dedos. No hay aire acondicionado: solo ventilas la ventana y esperas que el viento de Reforma no traiga más smog.
Mucho antes del Nobel, en Ciudad de México ya se forjaba el instinto de curiosidad. Mario, veinteañero y flaco, aprendió a leer colores en la llama y cifras en la balanza analítica. Lo que parecía rutina mecánica, pronto sería la semilla para cuestionar el cielo mismo.
Pero el aire tiene sus propios secretos: ninguno de sus maestros imaginaba entonces que lo que se escapaba de un desodorante podía cambiar el destino de la estratósfera. ¿Qué compuestos viajan tan alto y tan lejos?
Aerosoles: el invento que atravesó fronteras y el ozono
En 1930, Thomas Midgley Jr. y su equipo en General Motors liberaron al mundo el primer clorofluorocarbono, el famoso CFC-12. Incoloro, no inflamable y casi sin olor, pronto llenó latas de insecticidas, espumas y refrigeradores en Nueva York, París, Ciudad de México. Para 1974, más de 800,000 toneladas de CFCs se fabricaban cada año. El aroma químico de los aerosoles, casi imperceptible, se colaba en casas y autos con promesas de modernidad.
En la colonia Del Valle, supermercados como Gigante y Comercial Mexicana vendían desodorantes Rexona y espumas Gillette con CFC entre sus ingredientes. Nadie sospechaba que estos vapores, tan ligeros y confiables, sobrevivían décadas flotando hacia arriba. La distancia es clave: un CFC liberado en Tlatelolco podía llegar a la estratósfera sobre la Antártida en menos de 10 años.
La molécula parecía inofensiva al paladar y al olfato humano. Pero la luz ultravioleta del sol, a 40 km de altura, la desmenuzaba como una navaja. Lo que quedaba era cloro libre: el villano invisible.
En cada lata vacía, un futuro agujero. ¿Quién pondría el primer microscopio sobre ese daño?
De la UNAM a Irvine: el salto de Mario Molina a la tormenta química
En 1968, Mario Molina aterrizó en California. La Universidad de California, Irvine, estrenaba laboratorios de química atmosférica como el Rowland Hall. Las paredes olían a pintura fresca y a gas argón. Molina, con su acento chilango y su apellido escrito en la puerta del cubículo, se sumó al equipo de Frank Sherwood Rowland.
Ambos compartían una obsesión: ¿qué le ocurre a una molécula cuando escapa del laboratorio y se enfrenta al sol implacable? El campus, a 26 metros sobre el nivel del mar y a 2 km de la playa, ofrecía aire salado y la humedad de la niebla costera.
En 1973, Mario y Rowland midieron la vida media de los CFCs en la atmósfera: más de 70 años. Un solo átomo de cloro podía destruir cien mil moléculas de ozono antes de volver a bajar a la Tierra. La cifra asustaba: no era un daño menor, era una reacción en cadena global.
El eco de sus experimentos se sentía en los tubos de ensayo y en la piel erizada: aquel vapor inofensivo era, en realidad, una amenaza que cruzaba océanos y generaciones. Pero nadie en la industria química quería escuchar.
El método Molina-Rowland: química, luz y moléculas traicioneras
El proceso que Mario Molina y Frank Rowland publicaron en 1974 en Nature fue tan sencillo en su lógica como brutal en sus consecuencias. Usaron cámaras de reacción de vidrio y espectrofotómetros capaces de medir la absorción ultravioleta a 253.7 nanómetros, la longitud de onda donde el ozono absorbe energía y se fragmenta. El laboratorio, con olor a ozono fresco y la vibración del generador, resultaba casi quirúrgico.
El método: introducir una muestra de CFC-11 o CFC-12 a baja presión en la cámara. Exponerla a luz UV simulando la radiación solar en la estratósfera. Medir los radicales libres formados mediante técnicas de espectrometría de masas. Documentar cuánto ozono desaparecía frente a cada átomo de cloro liberado.
La clave era el cálculo de tasas: Rowland y Molina estimaron que, para 1975, los CFC liberados por humanos ya podían romper hasta el 10% de todo el ozono estratosférico en el mundo. La reacción no tenía vuelta atrás: los radicales de cloro se reciclaban sin agotarse.
La textura del hallazgo era seca y punzante, como el olor a plástico caliente. Era la primera vez que un estudio conectaba el uso doméstico de aerosoles con una catástrofe planetaria.
El agujero de ozono sobre la Antártida: una herida visible desde el espacio
En octubre de 1985, Joseph Farman y su equipo del British Antarctic Survey midieron la concentración de ozono sobre Halley Bay, Antártida (75°35'S, 26°34'W). Los resultados eran escalofriantes: una pérdida del 40% respecto a 1975. El olor metálico del aire polar, mezclado con la escarcha, era testigo de un proceso invisible para el ojo humano.
Los satélites Nimbus-7 de la NASA confirmaron el agujero: en 1987, la superficie de ozono perdido equivalía a 12.5 millones de km². Una herida azul-violeta en las imágenes, visible desde 800 km de altitud. El frío extremo (hasta -80 °C) aceleraba la reacción con cristales de ácido nítrico que servían de superficie catalítica.
Molina y Rowland, que seguían el monitoreo desde sus laboratorios en California y Massachusetts, vieron en esos datos la validación más brutal de su predicción. El ozono, ese gas de olor picante y color azul pálido, había desaparecido en cantidades masivas justo donde menos humanos vivían, pero más vulnerable era la vida.
La pregunta: ¿se puede tapar una herida de millones de kilómetros con solo dejar de usar una molécula?
Cuando la industria negó el problema: el escepticismo y la batalla política
Empresas como DuPont y AlliedSignal, responsables de casi el 70% de la producción global de CFCs en 1980, invirtieron millones de pesos en desmentir el vínculo entre sus productos y el ozono. En la televisión mexicana de 1987, comerciales de refrigeradores Frigidaire y latas de Raid insistían en la seguridad de sus químicos. El olor a amoníaco de los supermercados recordaba que los alternativos ya existían, pero el precio era 23% más alto.
En el Senado de Estados Unidos y la Cámara de Diputados mexicana, los cabilderos trajeron gráficos, estudios a medias y portafolios llenos de promesas. Molina recibió cartas anónimas y miradas gélidas en conferencias de Montreal y Viena. La comunidad industrial tardó casi una década en ceder.
El escepticismo era tangible: el público no podía ver ni oler el ozono, solo quemarse más rápido en las playas de Acapulco. Los científicos insistían en las cifras: “Un solo kilo de CFC puede destruir 70,000 kilos de ozono”, publicó la Universidad de Cambridge en 1986.
El giro llegó cuando los gobiernos vieron aumentar los cánceres de piel en Australia y Argentina. La presión no venía solo de los polos, sino de la piel quemada.
El Protocolo de Montreal: cómo se apaga un incendio químico global
En 1987, 24 países firmaron el Protocolo de Montreal. México se sumó en 1988. El acuerdo exigía reducir el uso de CFC a la mitad en 10 años y, para 2010, eliminarlos por completo. A las 10:30 am del 16 de septiembre, los delegados sudaban bajo lámparas incandescentes en la sala de conferencias de la ONU en Canadá. La tinta y el papel tenían el olor metálico de la urgencia.
El costo de sustituir CFCs por hidrofluorocarbonos (HFCs) fue alto: en 1992, un refrigerador sin CFC costaba hasta 6,000 pesos mexicanos, 35% más caro. Sin embargo, los países pactaron fondos para apoyar a productores de países en desarrollo, bajo supervisión del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Entre 1988 y 1997, la producción mundial de CFCs cayó 80%. En Monterrey y Toluca, fábricas como Mabe y Grupo Industrial Saltillo cambiaron sus líneas de producción a marchas forzadas. El olor a pegamento cambió por el de nuevos gases, menos persistentes.
Pero el ozono reacciona lento. Los modelos atmosféricos del MIT y de la NASA predijeron que solo veríamos recuperación real después de tres décadas. La guerra no terminaba con un decreto.
Cuidado atmosférico: cómo monitorear el ozono desde tu ciudad
Hoy, cualquier persona en México puede medir la radiación ultravioleta y protegerse del daño solar siguiendo cinco pasos comprobados:
- Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) y la UNAM publican índices UV diarios para la CDMX y Guadalajara. Consulta en línea o por radio local. Un valor de 8 significa riesgo alto: usa bloqueador solar.
- Con un dosímetro UV portátil (disponibles desde 500 pesos en tiendas especializadas como Suministros Químicos del Valle), puedes comprobar la radiación máxima a mediodía. El aparato cambia de color o muestra un valor digital. Anota la hora y el cielo: si hay nubes delgadas, los rayos UV atraviesan igual.
- Instala un pequeño experimento casero: coloca tiras de papel sensible a UV (PQS vende paquetes de 50 en 100 pesos) en sitios con y sin sombra. Mide cuántos minutos tarda en decolorarse. Hazlo en marzo o septiembre para resultados más claros.
- No olvides proteger las plantas: especies como Zea mays (maíz) y Phaseolus vulgaris (frijol) sufren daños celulares con exceso de UV. Usa mallas sombra o siembra bajo árboles en temporada seca.
- Reporta valores inusuales o quemaduras rápidas a tu centro de salud local. El IMSS y la Secretaría de Salud tienen protocolos para radiación aguda — llama al 800 00 44 800 si notas síntomas intensos.
La clave: el ozono no se ve ni se huele a nivel de calle, pero sus efectos llegan al cuerpo y la milpa. Si falta, lo notas en la piel al medio día de abril.
Molina, el Nobel y el laboratorio que nunca perdió el olor a química
En 1995, Mario Molina recibió el Premio Nobel de Química, junto a Rowland y Paul Crutzen. La ceremonia en Estocolmo, a -12 °C, olía a cera y madera vieja. Molina se presentó con la misma bata blanca que usaba en sus clases en la UNAM — no era superstición, sino un recordatorio de sus raíces. “La ciencia es una responsabilidad ética”, declaró ese día ante los reyes de Suecia.
Desde 2004, el Centro Mario Molina en Ciudad de México funciona en la colonia Juárez, a 2,250 metros de altura. El edificio, forrado de concreto y ventanas de triple vidrio, guarda ese aroma persistente a reactivos y papel mojado. Investigadores jóvenes como Ana Cecilia Conde se suman a monitorear contaminantes atmosféricos con sensores láser y drones.
Molina nunca dejó de pisar tierra mexicana. Sus talleres de divulgación en la Sierra de Puebla y sus charlas en la Facultad de Química (2016, 2018) siguen marcando generaciones. El laboratorio, con su luz blanca y los tubos alineados, recuerda que la química es un oficio con olor y textura propia.
La herencia no está en el Nobel sino en la capacidad de oler el peligro cuando nadie lo percibe. ¿Quién sigue afinando el olfato?
Por qué el ozono es escudo, veneno y paradoja
El ozono (O₃) tiene un olor picante y colorea el aire con un tinte azul pálido. En la estratósfera — a 15-35 km sobre la Tierra — actúa como escudo: absorbe el 98% de la radiación ultravioleta tipo B, la capaz de quemar la piel y dañar el ADN. Cada año, los satélites de la NASA miden variaciones en el grosor de esta capa, de solo 3 mm si la comprimiéramos a nivel del mar.
Pero a nivel del suelo, el ozono es otra cosa: un contaminante generado por autos y fábricas que arde en la garganta y ataca los pulmones. En la CDMX, la Comisión Ambiental de la Megalópolis reportó 18 contingencias ambientales por ozono en 2023, con picos de 175 puntos IMECA. El mismo gas que salva arriba, daña abajo.
Las paradojas no terminan: algunos productos "eco" hoy usan HFCs, que no destruyen ozono pero sí calientan el planeta. La batalla química es de doble filo.
Entender este ciclo — y sus riesgos — es la herencia de Molina, hecha aire y número.
La herencia invisible: escena en la azotea después del Nobel
Un niño de la colonia Escandón, Ciudad de México, trepa la escalera oxidada de su edificio en diciembre de 2020. Su madre le presta un dosímetro UV y le dice que espere a que la tira cambie de rosa a blanco. El aire huele a pan tostado y a cloro de la lavandería cercana. A unos metros, el cielo apenas muestra nubes grises. El niño, que no conoce el nombre de Mario Molina, mide en silencio: 12 minutos y la tira ya se decoloró.
No entiende de Nobel ni de ozono, pero sí de piel ardida y sombra necesaria. La ciencia, como el aire, a veces se hereda sin notarlo. El futuro sigue esperando nuevos guardianes del cielo, aunque no huelan todavía el peligro.
Glosario
- CFC (Clorofluorocarbonos)
- Compuestos químicos usados en refrigerantes y aerosoles; destruyen el ozono estratosférico.
- Ozono estratosférico
- Capa de gas O₃ que filtra la radiación ultravioleta solar entre 15 y 35 km de altitud.
- Radical libre
- Átomo o molécula con un electrón desapareado, extremadamente reactivo; clave en la destrucción del ozono.
- Protocolo de Montreal
- Tratado internacional de 1987 que regula la producción y uso de CFC y otros compuestos dañinos.
- Espectrofotómetro UV
- Instrumento que mide la absorción de luz ultravioleta por sustancias; utilizado para analizar concentración de ozono y CFCs.
- Dosímetro UV
- Dispositivo que mide la intensidad de radiación ultravioleta en tiempo real.
- HFC (Hidrofluorocarbonos)
- Alternativa a los CFC; no daña el ozono pero contribuye al calentamiento global.