La mañana empieza de pie: Don Porfirio en Ocoxal, Chiapas
El primer grito de las gallinas raspa el aire frío de Ocoxal, un ejido en los Altos de Chiapas, a 2,200 metros sobre el nivel del mar. Don Porfirio, con los pies curtidos de tierra y una camisa a cuadros desteñida, ve cómo su nieto Rodrigo —de siete años— amarra con un mecate una rama de ocote a modo de espada. El humo del fogón recorre la cocina baja y golpea en los ojos, pero ninguno de los dos lo nota: la prioridad es desayunar frijoles con epazote y salir antes de las siete a regar el maíz. Cada paso sobre el lodo fresco deja huella y frío en los talones. Don Porfirio señala un árbol de Pinus oocarpa y dice que el mejor juego para Rodrigo está aquí afuera, no en la pantalla. Pero lo dice bajito, como quien comparte un secreto que sólo puede entenderse con tierra bajo las uñas.
Aquí, en el ejido de Ocoxal —con 122 familias registradas en el último censo municipal de 2020— la niñez empieza antes del alba y lejos de la educación formal. Las manos pequeñas de Rodrigo ya cargan un machete de 200 gramos (rebajado, para niños); los dedos se ensucian de savia en lugar de pegarse a teclados. En estos pueblos, crecer significa cargar, lanzar, construir y observar el mundo con el cuerpo primero. El olor de la leña recién partida y el vapor de los atoles animan el inicio de otro día de aprendizajes sin pizarrón.
La escena no es nostalgia: en Ocoxal, 73% de las niñas y niños trabajan en labores del campo al menos tres horas diarias desde los seis años, según datos del INEGI de 2020. Pero la diferencia entre trabajo y juego se diluye: para muchos, cavar una zanja o sembrar chayote es tan juego como la cuerda. Las manos se acostumbran a la humedad del terrón y al filo de una piedra pulida.
Rodrigo mira cómo don Porfirio talla una peonza de madera de encino con una navaja ciega. Le fascina el ritmo del tallado —tac, tac, tac— y cómo la figura emerge del tronco áspero, lista para rodar sobre el polvo del patio. En los rincones más altos de Chiapas, la mañana huele a madera y pulso, y la infancia se amarra con un nudo doble.
Escuelas comunitarias, pizarras abiertas y la lección de las hormigas en Zacatecas
La campana de la primaria Benito Juárez en Villa de Cos, Zacatecas, suena a metal raspado sobre piedra. La escuela, un edificio de adobe levantado en 1981, se llena de voces mientras los niños llegan con mochilas deshilachadas y la piel tostada por el sol de 32 grados. La maestra Consuelo —originaria de Fresnillo— improvisa las primeras lecciones usando semillas de Zea mays y líneas trazadas en el polvo del patio. “La mejor pizarra está en la tierra”, dice mientras invita a los alumnos a observar la fila lenta de hormigas cargando migajas de tortilla.
En 2022, la Secretaría de Educación de Zacatecas contabilizó 174 escuelas multigrado en zonas rurales, donde un mismo salón reúne niños de hasta cinco edades diferentes. El ambiente nunca es silencioso: ladridos de perros sueltos, el motor de una vieja motobomba y el grito de una guajolota interrumpen las tablas de multiplicar. Lejos de distraer, esos sonidos marcan el ritmo de la clase y le enseñan a cada niño a negociar la atención. Aprender aquí es mirar cómo se desmoronan las lombrices bajo la sombra de una nopalera.
La lección no termina tras el timbrazo: niños y niñas cruzan la calle de tierra para ayudar a sus familias en la milpa o aventar piedras al río. El recreo es corto, pero intenso: carreras con un aro de bicicleta oxidado, juegos de canicas que tintinean en la mano polvorienta, risas que se mezclan con el graznido de un cuervo.
Consuelo nunca usa el silbato. Prefiere que los niños aprendan a cuidar del panal que cuelga bajo el alero, o a distinguir la jarilla de la ruda por el olor al partir la rama. Lo que aquí se enseña no cabe en un cuaderno, pero se guarda en las yemas de los dedos. ¿Qué otras lecciones escapan al aula cuando la escuela cabe en una palma de tierra?
Inventario de juegos que no cuestan: la cuerda, el trompo y la cáscara de naranja
En San Juan del Río, Querétaro, los gritos de los niños rebotan entre bardas de cantera al medio día. El calor sube a 29 grados y el asfalto huele a aguacero reciente. Paulina, de nueve años, encuentra diversión en objetos que pocos adultos mirarían dos veces: una rama de mezquite, un bote de frijoles vacío, la cáscara de una naranja. Con estos materiales, arma un yoyo rústico. Aquí, la imaginación compensa la falta de tienda; no hay juguetes de plástico costoso, pero el ingenio estira cada objeto hasta su última fibra.
Según el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la tradición del trompo de madera data de al menos 1874 en regiones del Bajío. Un trompo recién terminado pesa entre 50 y 120 gramos, y el cordel se enrolla hasta que la mano se mancha de resina. El golpe seco al lanzarlo se oye diferente si la tierra está mojada o seca —una diferencia que sólo los niños del campo pueden distinguir con los ojos cerrados.
El juego de la cuerda —hecha con ixtle trenzado— requiere tres personas y al menos dos postes, de preferencia nogales viejos: el roce de la cuerda contra la corteza suelta deja líneas blancas en la piel. Otro favorito: la rayuela pintada con cal en la banqueta, que desaparece al primer aguacero —y vuelve a nacer el siguiente martes, porque alguien siempre trae cal en los bolsillos.
Paulina sonríe al ver girar su yoyo improvisado. La infancia aquí se mide no por lo que se compra, sino por lo que se puede transformar. ¿Quién necesita baterías cuando la gravedad y la cuerda bastan para hacer girar el mundo?
Crianza con la tierra: cómo participan los niños en la milpa y el corral
En Xochimilco, al sur de Ciudad de México (19.2676° N, 99.1070° W), la neblina de las chinampas rodea a Emiliano, de doce años, mientras carga un costalito con estiércol de borrego. Hay 13.5 grados y el olor húmedo del lodo apenas deja espacio para el perfume de los ahuejotes (Salix bonplandiana). Desde los siete, Emiliano ayuda a su madre a sembrar maíz criollo y calabaza. El lodo bajo las uñas no es suciedad: es constancia convertida en costra. Su hermana, Renata, prefiere cuidar a las gallinas. Una docena de huevos tibios se recogen antes de las ocho.
Xochimilco registra más de 2,200 hectáreas de agricultura tradicional, según la Universidad Autónoma de Chapingo. Aquí la niñez aprende a distinguir semillas viables —las más llenitas al tacto— y a enterrar las que crujen bajo la presión del pulgar. El agua de los canales mide apenas 17 grados y se mete entre los dedos hasta que entumen. El trabajo en la chinampa no es castigo: es la base de una autonomía que no se enseña en la escuela.
Los niños del campo cargan, arrastran y siembran con un ritmo impuesto por la lluvia y la luna. Las tareas no distinguen edades estrictas: quien aprende a atar una milpa o a voltear la composta puede hacerlo desde los ocho o los catorce, dependiendo de la fuerza y el ánimo. En el campo, los errores también se entierran para que germinen con mejores raíces.
Cuando Emiliano termina de regar, mira el brillo metálico de una garza sobre el canal. El silencio es apenas interrumpido por el crujir de los juncos. ¿Qué hereda esta infancia de barro y sudor? Más que técnica: la sensación de estar plantado en un lugar propio.
De la boca del río al oído: cuentos, leyendas y la transmisión oral en Veracruz
A orillas del río Papaloapan, en Tlacotalpan, Veracruz, las tardes llegan con olor a fruta fermentada y el zumbido de los mosquitos. Doña Magdalena, partera de 53 años, se sienta en una hamaca tejida con palma de Sabal mexicana, rodeada de nietos inquietos. El calor sube a 36 grados y cada niño se abanica con hojas de plátano. Antes de dormir, doña Magdalena cuenta la historia de un tlacuache que robó el fuego. Sus palabras resbalan despacio, como piragua sobre agua mansa.
La tradición oral en Veracruz lleva siglos cruzando bocas. Investigadores del Centro Veracruzano de las Artes documentaron en 2016 más de 120 relatos populares vigentes en la región, muchos transmitidos en náhuatl, popoluca o español costeño. Aquí, la memoria se ancla a sonidos: el silbido del viento entre la caña, el crujido de la hamaca, el canto de un grillo bajo la cama. Los niños, con los pies colgando sobre el piso de cemento frío, escuchan en silencio ritual.
En la penumbra, cada cuento tiene una función: enseñar a reconocer el peligro del río crecido, el valor de la astucia, o el respeto por el lagarto. El timbre de la voz cambia según el susto o la risa, y los niños aprenden a distinguir cuándo la advertencia es verdadera y cuándo es puro disfrute. El sudor en la nuca y el olor a linaza del aceite para lámpara completan el ambiente.
Cuando la historia termina, el sueño tarda en llegar: las palabras de doña Magdalena dejan preguntas flotando. ¿Hasta cuándo sobrevivirán estos cuentos si mañana llega el internet al pueblo?
Azadón y lápiz: brecha y diálogo entre la educación oficial y los saberes rurales
En San Blas Atempa, Oaxaca, la escuela primaria Emiliano Zapata descansa a 13 kilómetros del mar, con aulas de cemento agrietado y pizarras raspadas. El zumbido de los moscos compite con el tictac de un reloj escolar importado en 1997. A las 10:15 de la mañana, la maestra Carmen —originaria de Juchitán— pide a sus estudiantes que dibujen su comida favorita. Juanito traza con crayón una milpa más grande que su casa.
Según el INEE, en 2019 la deserción escolar en zonas rurales de Oaxaca alcanzó el 28% en primaria. La distancia entre el saber que ofrece el libro de texto y el que se aprende del abuelo se nota en la ropa manchada de tierra de los niños: el manual dice “árbol”, pero ellos pueden distinguir un guanacaste de un huizache sólo por el sonido de su corteza al rasparla con una navaja.
Algunos profesores, como Carmen, intentan puentes modestos: llevan ramas, semillas o incluso chapulines vivos al salón, e invitan a escuchar el canto de la chicharra (Hemiptera: Cicadidae) mientras resuelven ejercicios de fracciones. Esquivar la brecha no siempre resulta posible; los exámenes federales no tienen espacio para lo que huele a tierra mojada.
La pregunta queda abierta: ¿cómo reconciliar el ritmo cíclico de la siembra con el calendario bimestral de la SEP, cuando los niños aprenden a contar antes por las lluvias que por la tabla del nueve?
Cómo se aprende a construir juguetes propios: la técnica del trompo de madera
En la sierra de Zitácuaro, Michoacán, la familia Martínez lleva 41 años fabricando trompos de madera de encino y oyamel. El taller —un cuarto donde cabe apenas el torno manual y una mesa de pino— huele a barniz fresco y polvo de aserrín. El termómetro marca 18 grados. A las cuatro de la tarde, don Hilario lija un bloque hasta dejarlo pulido. Cada trompo necesita menos de 90 gramos de madera y una cuerda de ixtle de 60 cm, que se compra en el tianguis de la Calle Zaragoza por 20 pesos el rollo.
El proceso empieza con el corte de la pieza de madera seca. Se talla la forma cónica con navaja o cuchillo cebollero, después se perfora el centro para insertar la punta metálica —de preferencia acero inoxidable, por durabilidad. El pulido se hace con lija 120 y el acabado con cera de abeja. Pintar el trompo requiere pinceles de pelo corto y pintura vinílica, pero muchos prefieren la veta natural del encino, que toma un color caramelo al contacto con el calor de la mano.
- Madera recomendada: encino (Quercus rugosa), oyamel (Abies religiosa), pino.
- Cuerda: ixtle (disponible en tianguis, 15-25 pesos el rollo de 10 m).
- Punta: clavo o tornillo de acero, largo 2 cm.
- Pintura opcional: vinílica o esmalte al agua.
Don Hilario advierte: el principal error es usar madera verde, que se raja al secar. Otro truco es untar la cuerda con cera para evitar que se deshilache. En dos horas, un niño puede transformar una rama olvidada en el trompo que nunca se rompe.
La ciencia detrás del juego al aire libre: desarrollo físico y cognitivo en niños rurales
Un estudio de 2021 del Instituto Nacional de Pediatría midió la capacidad pulmonar y la agudeza motriz de 168 niños en Teziutlán, Puebla (19.8170° N, 97.3581° W, altitud 1,903 msnm). Los resultados: quienes jugaban a diario fuera de casa —trepando árboles, brincando zanjas, persiguiendo chapulines— tenían una capacidad pulmonar 22% mayor y mejores reflejos que sus pares urbanos. El ejercicio viene envuelto en polvo y sudor.
El doctor Mario Estrada, fisioterapeuta pediátrico, lo resume así: “El campo da un gimnasio gratis. El suelo irregular, los troncos, las piedras y hasta los animales de corral obligan a afinar el equilibrio y la coordinación.” En las mañanas húmedas, el olor de la hierba recién cortada se mezcla con el aroma a estiércol. Aquí, cada caída enseña a levantarse de formas que ningún manual cubre.
El contacto con materiales naturales —piedras, lodo, ramas, semillas— también estimula las terminaciones nerviosas y la creatividad. Un grupo de niños armando una balsa con botellas recicladas y ramas de Salix bonplandiana desarrollan más habilidades que si resolvieran cien ejercicios en una app digital.
La ciencia lo confirma, pero en el campo la intuición lo grita en cada carcajada ronca. El cuerpo aprende primero, y la mente sigue el ritmo. ¿Por qué entonces los recreos se acortan y los patios se encementan en nombre del orden?
¿Cómo replicar juegos tradicionales? Guía práctica para armar una rayuela y cuerda en casa
Si tienes un patio de tierra o un tramo de banqueta libre, armar una rayuela y una cuerda tradicional es sencillo y accesible. La rayuela necesita cal (bolsa de 1 kg cuesta 12 pesos en ferretería), una piedra plana y espacio de al menos 2 metros de largo. Traza los cuadros (30x30 cm cada uno) y enuméralos con tiza. La piedra se lanza, y se brinca sobre un pie, siguiendo el orden. El primer error: hacer cuadros desiguales; evita que se amontonen para que el juego dure más.
La cuerda tradicional se trenza con ixtle de maguey —un manojo de 10 metros cuesta cerca de 20 pesos en mercados de barrio— o, en su defecto, cáñamo. El trenzado básico se logra enrollando tres hebras y anudando los extremos. Para jugar, basta con un espacio de 3 metros y dos postes resistentes (un árbol y un barandal sirven). El roce del ixtle con la piel deja huella blanca, señal de que la cuerda está viva.
- Materiales recomendados: cal, piedra plana, ixtle/cáñamo, tiza o gis escolar.
- Evita: cuerdas sintéticas (se queman fácil y lastiman), cal húmeda (no marca bien).
- Temporada ideal: seca, de marzo a mayo.
Estos juegos no sólo sobreviven en el campo. Cualquier patio puede transformarse en pista si uno aprende a mirar como niña o niño campesino.
Una tarde que no cabe en la memoria: futuro incierto entre pantallas y veredas
En Santa María del Oro, Nayarit, la neblina baja oculta los cerros al atardecer. Un grupo de niñas persigue luciérnagas sobre la yerba húmeda; las risas se mezclan con el zumbido eléctrico de un poste oxidado. Un celular vibra en el fondo de un morral, ignorado. Al fondo, los adultos juegan dominó sobre una tabla coja, mientras el maíz hierve en una olla de barro —el aroma sube y se mezcla con el de las hojas de guayaba pisoteadas.
La escena podría ser de 1980, pero en 2024 ya casi nadie camina descalzo después de las nueve. La señal de internet llegó hace tres años y la plaza se vacía más temprano. Sin embargo, hay tardes en que los niños dejan el móvil olvidado y salen a jugar a la cuerda bajo el chorro de la lámpara. El tiempo se estira, como si el lodo cargara relojes secretos.
Alguien pide silencio para escuchar el canto grave de una rana bajo la piedra. La infancia rural resiste en huecos y resistencias, entre el zarpazo de la modernidad y el eco de un charco pisado. ¿Cuánto de este lodo sobrevivirá cuando el último niño aprenda a deslizar el dedo en vez de lanzar el trompo?
Glosario
- Ixtle
- Fibra extraída del maguey, usada para fabricar cuerdas resistentes y artesanías.
- Chinampa
- Isla de tierra artificial construida sobre lagos o canales, típica de Xochimilco y usada para cultivo intensivo.
- Trompo
- Juguete tradicional de madera o plástico, de forma cónica, que gira impulsado por una cuerda enrollada y lanzada.
- Rayuela
- Juego popular que consiste en saltar sobre cuadros dibujados en el suelo, siguiendo una secuencia numérica.
- Milpa
- Sistema agroecológico mesoamericano que combina cultivos como maíz, calabaza y frijol en la misma parcela.
- Pizarras multigrado
- Aulas rurales donde estudian juntos niños de distintas edades y niveles académicos, guiados por un solo docente.
- Encino (Quercus rugosa)
- Árbol nativo de México, cuya madera es apreciada para fabricar juguetes, herramientas y muebles.