Bosques de Amanalco: Dos manos, un cuchillo y la trama invisible

En la niebla fría de Amanalco, Estado de México, Benigno camina entre oyameles antiguos de más de veinte metros, con la tierra húmeda pegándosele a las suelas de hule. Cada paso hunde su bota casi cuatro centímetros en la hojarasca negra y blanda. Lleva un cuchillo oxidado, no para defenderse sino para apartar la corteza podrida de un tronco caído y descubrir, justo ahí, una maraña blanca y sedosa: micelio. El aire huele a tierra recién volteada y a madera mojada, con retazos de resina. Benigno no sabe que, a ochocientos metros de altura, bajo sus pies ocurre una conversación muda: los oyameles, los encinos y los pinos hablan a través de esos hilos subterráneos. La escena parece simple. Nadie imaginaría que ese tapiz difuso oculta la red de comunicación más vasta del bosque.

El bosque de Amanalco suma poco más de 4,500 hectáreas según el INEGI (2017), y casi cada árbol está conectado con hongos que pertenecen a decenas de familias diferentes: Russula, Suillus, Amanita. Estos hongos, invisibles para la mayoría, construyen los “caminos de tierra” por donde viajan señales, minerales y hasta amenazas.

Cuando Benigno raspa la corteza aún húmeda, la textura del micelio se le pega a los dedos como algodón mojado. Lo que saca —sin saberlo— podría ser la clave para salvar un árbol vecino herido por el muérdago. Y sin embargo, ningún silvicultor local usa palabras como “Wood Wide Web”; para ellos, los hongos sólo son señal de suelo fértil. Lo que sí perciben es que donde hay hongos, los árboles parecen “gordos” y los pinos tienen más resina. ¿Por qué?

Una sola hectárea bajo esos árboles alberga hasta 800 kilos de micelio activo según un reporte de la UNAM en 2019. ¿Qué puede mover tanto “hilo blanco” bajo tierra, y cómo lo usan los árboles para conversar?

Suzanne Simard y el micelio: Revelaciones bajo la selva de la Columbia Británica

En los bosques húmedos de la Columbia Británica, a 52° 58’ N y 122° 29’ O, Suzanne Simard detectó en 1997 algo que cambiaría cómo entendemos los árboles: al inyectar carbono radiactivo en un abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii), este carbono terminó en un abedul vecino. La transferencia no era casual; era un puente vivo de micelio, tejido por hongos como Rhizopogon y Laccaria. “Los árboles de un bosque están conectados por una red subterránea de hongos, muy parecida a Internet”, dijo Simard en una charla pública en Vancouver en 2016.

Simard y su equipo, afiliados a la Universidad de Columbia Británica, midieron que hasta un 40% del carbono producido por el abedul joven terminaba en su vecino, el abeto adulto, cuando este último sufría estrés por sombra. Ese trasvase de energía se realizaba en menos de dos semanas. La red fúngica, invisible y silenciosa, obraba su magia a temperaturas que rondaban los 12°C en el suelo, con una humedad que empapaba la piel.

Los hongos micorrízicos forman una simbiosis con las raíces de casi el 90% de las plantas terrestres, según datos publicados por la Royal Society en 2018. A cambio de azúcares, los hongos entregan minerales como nitrógeno y fósforo, incluso agua, que absorben por sus filamentos diminutos —algunos tan finos como 2 micrómetros, más delgados que una telaraña.

En los bosques mexicanos de pino-encino cerca de Nanacamilpa, Tlaxcala, se han observado patrones similares de transferencia de nutrientes, aunque sin el rigor radiactivo de Simard. ¿Pueden los bosques secos de México tejer la misma red sutil?

Intercambio de nutrientes: El trueque subterráneo en Valle de Bravo

En el ejido San Lucas, Valle de Bravo, Estado de México, doña Clemencia siembra setas comestibles junto a pinos de Pinus patula y encinos de Quercus rugosa. Entre diciembre y marzo, la temperatura del suelo baja a 9°C y la humedad se condensa en los troncos. Ella describe cómo, al cosechar setas, encuentra “pelitos blancos” que se enredan con las raíces. Sin saberlo, participa en una danza de intercambio: los hongos extraen fósforo y lo entregan al árbol; el árbol regresa azúcares recién fabricados por la fotosíntesis.

En 2022, el Centro de Investigación en Ciencias Biológicas Aplicadas de la UAEM calculó que los hongos pueden aumentar en hasta 50% la absorción de fósforo disponible para los árboles en suelos pobres. Para la cosecha de Clemencia, eso se traduce en setas más carnosas y pinos con brotes más verdes, incluso sin fertilizante.

El intercambio no es altruista. El árbol regula cuánto azúcar entrega, y el hongo puede retirarse si no recibe suficiente. La textura blanda y el olor a humedad del micelio recuerdan a lodo fresco. Cuando la temporada es seca y el suelo se agrieta, los filamentos se apagan y la comunicación se ralentiza.

¿Podrían los humanos aprovechar este trueque natural y hacerlo más robusto?

Lenguaje químico: Mensajes de alarma y auxilio en La Marquesa

Alrededor de las Cañadas de la Marquesa, cerca de los 2,800 metros de altitud en el Estado de México, un tronco herido exuda resina pegajosa. Los ingenieros forestales de la Universidad Autónoma Chapingo han medido que los árboles pueden liberar hasta 300 tipos distintos de compuestos orgánicos cuando sufren ataque de insectos entre mayo y octubre.

Cuando un pino (Pinus montezumae) detecta un ataque de escarabajos perforadores, envía señales químicas a través del micelio. El olor resinoso en el aire es apenas una pista superficial: bajo tierra, los hongos traducen esta alarma en impulsos eléctricos y mensajeros químicos. En 2020, la UNAM detectó potenciales eléctricos de hasta 80 milivoltios atravesando el micelio tras una herida grave en una raíz expuesta de encino.

Las señales viajan con velocidad “sorprendentemente rápida” para organismos sin sistema nervioso —alrededor de 1 centímetro por segundo, medido en condiciones de laboratorio en España y replicado por la Universidad Politécnica de Madrid en 2017. Los árboles vecinos, al percibir la alerta, comienzan a producir más compuestos defensivos.

¿Qué otras formas de inteligencia podrían estar pasando inadvertidas bajo nuestros pies?

Cómo propagar la red: Guía práctica para micorrizar tu huerto

En los límites de Tlalpan, Ciudad de México, la cooperativa “Micelia Urbana” vende esporas de hongos micorrízicos arbusculares (Glomus intraradices) en sobres de 100 gramos por 250 pesos. Para quien quiera probar en casa, basta seguir algunos pasos:

  1. Compra esporas en viveros regionales, tianguis especializados o con productores como “Micelia Urbana”.
  2. Mezcla 10 gramos de esporas por planta con la tierra justo antes de sembrar. Para árboles frutales, utiliza 50 gramos por cada hoyo de plantación.
  3. Mantén la humedad constante (al menos 60%) durante los primeros tres meses. El micelio prospera entre 8 y 18°C.
  4. No uses agroquímicos tipo fungicida: matan el micelio antes de que se acople a las raíces.
  5. Evita remover la tierra a más de 8 centímetros de profundidad una vez inoculada.

Un error común: comprar “micorrizas universales” sin verificar especie — lo óptimo es elegir mezclas adaptadas a especies nativas o cultivos locales.

La UNAM reportó en 2021 que tras inocular Glomus en huertos urbanos de Coyoacán, el rendimiento de jitomate (Solanum lycopersicum) aumentó 23% promedio al cabo de la primera cosecha. El sabor y la textura del fruto —más dulce, menos harinoso— convencieron incluso a los más escépticos del tianguis de Mixcoac.

¿Hasta dónde llegaría una red de micelio si la dejamos crecer en una milpa moderna?

El tiempo de los hongos: Ciclos, memoria y resiliencia bajo fuego en el Uaymil

A 19° 10’ N, en la Reserva de la Biosfera de Uaymil, Campeche, las lluvias de septiembre traen un olor ácido que presagia el brote de los hongos Lentinula edodes y Pleurotus djamor. Los guardabosques registran la aparición de colonias nuevas de micelio tras los incendios: en 2023, 210 hectáreas ardieron, pero seis meses después, sensores de suelo de la CONABIO detectaron el doble de filamentos miceliales activos en comparación con parcelas no quemadas.

La resiliencia de la “Wood Wide Web” es brutal: los hongos retienen memoria química de los brotes de fuego y modulan su crecimiento según la frecuencia de las llamas. La textura de la ceniza recién caída es fina como talco, y el olor de los hongos jóvenes —penetrante, un poco metálico— llena el aire.

La memoria de la red micelial no se mide en años, sino en los brotes y cicatrices que registra el suelo.

Una despedida honda: Niños y guardianes, bajo las jacarandas de Coyoacán

A mediados de abril, cuando el calor en Ciudad de México apenas baja de 26°C, cuatro niños se agachan junto al camellón de la Avenida Miguel Ángel de Quevedo. Buscan con palitos entre las raíces de una jacaranda, cerca de los viveros de la UNAM, y de repente encuentran lo que parece un algodón amarillento pegado a la raíz. “¡Es el Internet de los árboles!”, grita uno, repitiendo algo escuchado en clase de ciencias naturales. Los adultos los miran reír, y se asoman: descubren, con ese asombro que sólo da lo inesperado, que la vida subterránea puede ser tan compleja como la que se nombra en los libros. Quizá, sin saberlo, hayan tocado la hebra de una conversación milenaria.

En Coyoacán, la Cooperativa Mycelium México organiza recorridos en junio y septiembre para guiar a familias por parques y camellones a buscar redes de micelio en suelos urbanos. El olor terroso y la textura fibrosa entre los dedos invitan a mirar el piso con otros ojos — con menos prisa y más respeto. ¿Quién sabe qué mensajes cruzan bajo las banquetas mientras la ciudad sigue su curso?

Glosario

Micelio
Conjunto de filamentos (hifas) de un hongo que crecen bajo tierra o en materia orgánica, conectando plantas y árboles.
Micorriza
Asociación simbiótica entre hongos y raíces de plantas, donde ambos intercambian nutrientes esenciales.
Carbono radiactivo
Isótopo trazador utilizado para seguir el movimiento del carbono entre los organismos en experimentos científicos.
Filamento
Estructura delgada y alargada, como una hebra; en hongos, forma la base del micelio.
Resiliencia
Capacidad de la red micelial para recuperarse y adaptarse tras disturbios como incendios o sequías.
Glomus intraradices
Especie de hongo micorrízico arbuscular frecuentemente usada para inocular cultivos y árboles.
Alarma química
Señales transmisibles que advierten de peligro, producidas y transmitidas por plantas a través de la red micelial.