Un taller entre papeles y fiebre: la Merced Balbuena, 1936
En una vecindad de la colonia Merced Balbuena, Ciudad de México, el calor húmedo de abril se pegaba a la piel. Pedro Linares, cartonero desde los doce años, sudaba en su petate bajo una manta raída. Afuera, el pregón del afilador y el olor agrio del pegamento llenaban el aire. El calendario marcaba 1936 y Pedro, con 30 años encima, deliraba de fiebre. Entre sueños rotos, un desfile de criaturas imposibles lo visitó: una gallina con cuernos brillantes, un burro de lengua bífida, un gallo con escamas de pez. El sonido de su propia respiración —entrecortada y áspera— marcaba el ritmo de ese viaje interior. Cada forma, cada color, parecía salir de la mezcla de engrudo, papel y delirio.
El barrio entero conocía a la familia Linares por sus figuras de Judas y calaveras para Semana Santa y Día de Muertos. Pero nadie había visto nunca un animal como los de aquella pesadilla. Pedro, al despertar, apenas distinguía el esqueleto de su propio taller: mesas manchadas de pintura, cubetas oxidadas, tiras de cartón húmedo. ¿Cómo transformar ese desfile onírico en algo que los demás pudieran tocar?
La fiebre dejó un zumbido persistente en los oídos de Pedro y también un mandato: reproducir —con manos torpes aún— las criaturas que lo habían acompañado en el umbral de la muerte. Esa urgencia marcó el inicio de una tradición que, ochenta y siete años después, aún llena de color mercados como el de Sonora y galerías de Nueva York. ¿De dónde salió ese nombre que aún hoy suena tan extraño?
Alebrije: palabra sin raíz, palabra de sueño
"Alebrije, alebrije, alebrije", repetían las criaturas en el sueño febril de Pedro Linares. No existe en náhuatl, ni en maya, ni en español peninsular; tampoco aparece en el diccionario antes de 1936. Cuando le preguntaron por el significado, Pedro solo se encogió de hombros: ”Así lo decían ellos”.
Hoy, el nombre alebrije resuena como un eco en las vitrinas del Museo de Arte Popular de la Ciudad de México, inaugurado en 2006 en la calle Revillagigedo. En las etiquetas de sus figuras —un jaguar con alas de guajolote, un cerdo de dientes de tiburón— la palabra es puro misterio. Algunos lingüistas, como Ascensión Hernández Triviño del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, han rastreado sin éxito la etimología. El consenso: no hay rastro previo al sueño de Linares.
En la actualidad, más de 450 talleres —sólo en la CDMX y Estado de México, según un censo de 2017— emplean la palabra como bandera de identidad. El sonido de la sílaba “bri” arrastra un retumbar casi animal, mientras el “je” final se disuelve como confeti en las ferias.
La primera vez que Pedro llevó un alebrije terminado al mercado de la Merced, la reacción fue inmediata: risas, asombro, preguntas, rechazo. Algunos lo miraban con recelo, como si la pieza hubiera salido de un mal presagio. Otros, como don Eufemio, comerciante de Copilco, lo llamaron “el loco de los monstruos”. Pero sería ese nombre —impronunciable para algunos, inolvidable para otros— el que abriría la puerta a algo más grande.
Cartonería y alquimia: cómo se crea un alebrije tradicional
En el taller de la familia Linares, cerca de la avenida Congreso de la Unión, las paredes huelen a papel mojado y a pintura al óleo. Crear un alebrije de 70 centímetros requiere al menos tres días de trabajo continuo. El proceso arranca con una estructura de alambre galvanizado y cañas de carrizo (Arundo donax), cortadas a mano y anudadas con tiras de ixtle. El esqueleto toma forma: cola de lagarto, patas de pollo, alas de murciélago. El sonido del alambre retorciéndose recuerda al chasquido de huesos al armar un cadáver de papel.
Luego se cubre con capas de cartón y periódico viejo, adheridas con engrudo de harina y agua —mezcla que debe prepararse a 60 °C para no generar hongos. Cada capa, tres en total, debe secarse por separado, en sombra y con ventilador. La piel es rugosa al principio, mojada, después se endurece y adquiere cierto crujido al tocarla.
La decoración es otro mundo: pinturas vinílicas, polvos de anilina, pinceles de pelo de cerda, plumas de guajolote y, a veces, hojas de oro. Los Linares calculaban que un alebrije pequeño requería 120 gramos de pintura y seis horas sólo para el decorado. Los patrones nunca se repiten: ojos en espiral, garras con manchas azules, lomo rayado como serpiente de río.
- Materiales imprescindibles: alambre galvanizado, carrizo, cartón reciclado, engrudo, pintura acrílica o vinílica, pinceles finos, tijeras, pegamento extra fuerte.
- Errores comunes: exceso de engrudo provoca hongos; poca ventilación genera grietas; secado al sol deforma las piezas.
El último toque: un nombre único. Eso lo decide el maestro cartonero cuando la figura ya "lo mira de regreso". Pero, ¿por qué la explosión de color y forma tan extrema cuando, en el México rural, la imaginería era mucho más sobria?
Cruzando fronteras: Diego Rivera, Ruth Lechuga y la Ruta de la Cartonería
En 1940, Diego Rivera —buscando piezas para la exposición “20 siglos de arte mexicano” en San Francisco— se topó en la Merced con un alebrije de Linares. Rivera, muralista impulsor del arte popular, pagó 20 pesos de la época (tres veces el salario diario de un obrero) por la figura. La pieza viajó en barco, envuelta en tela de maguey, junto con máscaras purépechas y juguetes de madera de Michoacán.
La curadora Ruth Lechuga, nacida en Austria y radicada en México desde 1939, documentó en su diario de 1952: “La primera vez que vi un alebrije pensé que era el sueño de un chamán en la ciudad”. En el archivo del Museo Franz Mayer reposa una libreta suya con dibujos y anotaciones sobre las técnicas de Pedro Linares, con fechas y croquis de figuras híbridas.
El Museo de Arte Popular conserva, desde 2007, tres piezas originales donadas por la familia Linares. Pesan cerca de 2.5 kilos cada una, y su superficie —sin barniz al principio— revela grietas sutiles por el paso del tiempo. La luz del salón las baña en ámbar todas las tardes, mientras los visitantes se agolpan buscando el mejor ángulo para la foto.
Cada exportación de alebrijes hacia Estados Unidos y Europa —ya en los años setenta con galerías como la de Nelson Rockefeller en Nueva York— llevó con ella ese eco de papel y fiebre. La frontera entre arte “popular” y arte “contemporáneo” se volvió porosa, y los alebrijes dejaron de ser sólo fantasía para niños.
¿Qué ocurre cuando un sueño personal se convierte en identidad de país y en mercancía global?
La metamorfosis oaxaqueña: de la CDMX a San Martín Tilcajete
En 1985, el calor seco de la tarde cubría San Martín Tilcajete, en los Valles Centrales de Oaxaca (16°51′N 96°44′O). En la polvareda, Manuel Jiménez Ramírez tallaba con machete la madera blanda del copal (Bursera glabrifolia). Inspirado por una foto de alebrijes de los Linares que vio en la Guelaguetza, decidió reinterpretar el fenómeno en madera.
La migración del alebrije de la cartonería al tallado en copal fue rápida: en solo cuatro años, más de 30 familias de Tilcajete y Arrazola ya producían figuras híbridas, combinando dragones, armadillos y jaguares. La textura del copal, cremosa al tallar y aromática cuando se pule, ofrecía nuevas posibilidades para el diseño y la durabilidad.
Hoy, el festival anual de alebrijes en San Martín Tilcajete (1999) convoca a más de 8,000 visitantes y exhibe figuras de hasta 1.70 metros y 18 kilos cada una. La competencia por los colores más vivos y las formas más extremas se decide a golpe de pincel, bajo el sol de mediodía y los aromas de mezcal y mole negro.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) lleva un registro puntual: en 2019, había 142 talleres activos en Oaxaca dedicados a alebrijes de madera, exportando más de 580,000 piezas al año, principalmente a Estados Unidos y Alemania. El sonido de las gubias y el olor a madera recién cortada dibujan un nuevo mapa sensorial que poco tiene que ver con la humedad de la Merced.
¿Puede un arte nacido de la fiebre sobrevivir a la industrialización y la demanda extranjera?
Hazlo tú mismo: alebrijes de papel maché en casa
Si quieres crear tu primer alebrije sin salir de tu cuarto, necesitas menos de 200 pesos en materiales y un poco de paciencia. Ve al mercado de La Merced o Sonora y compra: 1 rollo de alambre galvanizado (3 mm, 20 metros), 1 manojo de carrizo (puedes sustituir por varillas de madera), 1 kilo de cartón reciclado, 1 litro de engrudo (hazlo con harina y agua, calienta hasta que espese), pinturas acrílicas de colores, pinceles medianos y finos.
Arma una estructura básica con el alambre y el carrizo: imagina el cuerpo de un animal real y agrégale uno o dos elementos fantásticos (cola de dragón, alas de murciélago). Usa cinta adhesiva para fijar las partes antes de cubrir con cartón. Aplica tres capas de cartón con engrudo; deja secar al menos 8 horas entre cada capa. Para el secado rápido y parejo, coloca tu figura cerca de una ventana y gira cada hora.
Para pintar, busca referencias de alebrijes originales en el Museo de Arte Popular o en portales como Artes de México. Un set de acrílicos sencillo cuesta entre 50 y 80 pesos. Decora con líneas, espirales, puntos y colores contrastantes. Evita usar barniz si quieres conservar la textura mate tradicional.
- Error más común: apurarse en el secado. Si la figura se siente fría o blanda, deja reposar más tiempo.
- Sí puedes añadir elementos encontrados: plumas, piedritas o semillas, para acentos naturales.
Cuando termines, colócalo cerca de una ventana. Si el cartón se hunde, puedes reforzar la zona con otra capa de cartón seco. Así, en una semana, puedes tener tu propio alebrije listo para mostrar o regalar.
Color y psique: la ciencia detrás de la paleta imposible
El ojo humano detecta más de 10 millones de tonos, pero el cerebro prioriza los colores saturados y los contrastes vibrantes. La psiquiatra Raquel Tibol documentó en 1981: “Los alebrijes imitan la lógica del sueño: animales que combinan colores inconcebibles para la naturaleza”. Un estudio del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM en 2016 midió, mediante espectrofotometría, la saturación de pigmentos utilizados en alebrijes y encontró diferencias de hasta 38% respecto a juguetes tradicionales.
La paleta de Linares partía de los pigmentos que tenía a mano: anilina fucsia, azul prusia, amarillo de cromo. Muchas veces, los colores respondían más al azar del mercado que a una teoría estética. Ya en los años ochenta, la introducción del acrílico permitió duplicar la intensidad y durabilidad, aunque algunos puristas aún prefieren el polvo de anilina por su brillo mate.
En Oaxaca, los colorantes naturales del copal —extraídos de corteza y raíces— otorgan un aroma dulce, entre vainilla y sándalo, que permanece días después de tallados. El crujido de la madera recién pintada y el olor a barniz conforman el ambiente de los talleres.
La combinación de figuras imposibles y colores extremos crea un choque sensorial que, según la neurociencia, activa regiones cerebrales ligadas a la sorpresa y la creatividad. ¿Puede una técnica nacida del azar químico competir con las fórmulas de la industria del arte global?
Entre plagio y orgullo: batallas legales y apropiaciones
En 1990, una galería en Barcelona expuso “alebrijes catalanes” firmados por un tal Joan Bertrán. La familia Linares detectó la copia y demandó sin éxito: la palabra “alebrije” no tenía registro de marca internacional. En 2008, el INPI de México reconoció oficialmente el término como Patrimonio Cultural Inmaterial, pero la protección se limita a territorio nacional.
El precio de un alebrije original Linares ronda hoy los 2,500 a 12,000 pesos, dependiendo del tamaño (entre 20 y 90 cm). Sin embargo, en plataformas en línea aparecen imitaciones de 15 dólares fabricadas en talleres chinos o vietnamitas. El olor a pegamento sintético y la textura plástica delatan la diferencia: ningún cartón, ningún copal, puede imitar el tacto áspero de un alebrije hecho en la Merced o en Oaxaca.
En 2017, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca apoyó la creación de un sello de autenticidad para alebrijes oaxaqueños, entregando 1,257 certificados en el primer año. El sello lleva un QR que enlaza a una base de datos con fotos, nombres de autores y medidas exactas de cada pieza.
Algunos artesanos de Arrazola han optado por “ocultar” símbolos especiales —como un lunar bajo una pata o un nombre en náhuatl escondido en las alas— para proteger su autoría ante el plagio. El rugido silencioso de la apropiación global sigue pisando los talones de los creadores.
¿Qué pasará cuando los diseños digitales puedan copiar cualquier trazo en segundos?
El Desfile de Alebrijes Monumentales: Ciudad de México, una vez al año
Cada octubre, el Paseo de la Reforma se convierte en un río de criaturas imposibles. Desde 2007, el Desfile de Alebrijes Monumentales organizado por el Museo de Arte Popular reúne a más de 200 piezas, algunas de cuatro metros de largo y hasta 90 kilos de peso. Las ruedas de carretilla chillan sobre el asfalto mientras los creadores sudan y empujan, sorteando baches y el viento de otoño.
En la edición de 2022, el alebrije “Quetzalcóatl Solar” de los Hermanos Ramírez ganó el primer premio de 75,000 pesos con una figura de 3.8 metros, inspirada en códices mexicas y con 37 colores distintos. El olor a aerosol y pintura fresca flota entre el público, que aplaude con las manos llenas de confeti y cámaras de celular.
Cada pieza tiene una historia: desde el “Tecolote Jaguar” de San Antonio Arrazola, que recorrió 6 kilómetros desde Iztapalapa, hasta el “Ajolotón” de la familia Linares, con 11 pares de patas y una lengua que se desenrolla cuando la toca el sol. Las cifras dan escalofrío: en 2022, más de 340,000 espectadores llenaron el perímetro entre el Ángel y el Zócalo.
En la noche, los restos de papel y pintura cubren las banquetas. Algunos niños regresan a casa abrazando miniaturas de cartón que compraron en los puestos. Otros dibujan en libretas, inspirados, mientras la ciudad digiere el eco de la palabra “alebrije”.
Un taller abierto: la última chispa del sueño
En la penumbra de un taller de cartonería en Ciudad Nezahualcóyotl, 2,240 metros sobre el nivel del mar, una niña de diez años —manos manchadas de verde ácido— pega con esmero la pata torcida de su primer alebrije. Afuera, el silbido de los tamaleros se mezcla con el olor del engrudo tibio. Su madre, heredera indirecta del linaje Linares, revisa el secado con una sonrisa seca, más orgullosa que cualquier premio en vitrina.
En el rincón, una radio antigua murmura boleros de antaño. La figura aún no tiene nombre. La niña sopla sobre la pintura para acelerar el secado. Tal vez, por la noche, sueñe con la palabra correcta. Si Pedro Linares pudo nombrar a sus criaturas mientras la fiebre le devoraba los huesos, tal vez el ciclo nunca termine.
Quien quiera ver ese taller puede buscar los cursos gratuitos de cartonería en la Casa de Cultura José Guadalupe Posada, cada sábado de 10 a 14 horas, en la colonia Moctezuma, alcaldía Venustiano Carranza, CDMX.
Glosario
- Cartonería
- Técnica artesanal mexicana que utiliza papel, cartón y engrudo para crear figuras, máscaras y juguetes.
- Engrudo
- Pasta adhesiva hecha de harina y agua cocida, usada para unir capas de papel en la cartonería tradicional.
- Alebrije
- Figura fantástica de origen mexicano, creada por Pedro Linares en 1936, hecha originalmente de cartón y después de madera en Oaxaca.
- Copal (Bursera glabrifolia)
- Árbol de madera blanda y aroma particular, utilizado principalmente en Oaxaca para tallar alebrijes.
- Anilina
- Pigmento sintético en polvo, utilizado para teñir y pintar figuras de cartón y madera por su intensidad de color.
- Carrizo (Arundo donax)
- Planta de tallo largo y hueco, empleada para dar estructura interna a las figuras de cartonería.
- INPI
- Instituto Nacional de la Propiedad Industrial, organismo mexicano encargado de registros de marcas y protección de creaciones.