Bajo el ramal de Ek Balam: la vida diaria junto a un cenote

Don Jacinto, campesino de Temozón, Yucatán —municipio a 30 km de Valladolid, en una planicie a 27 metros sobre el nivel del mar—, baja despacio los peldaños gastados de piedra caliza. Su machete choca suave contra la roca. El aire aquí huele a humedad terca, con un fondo dulce de hojas podridas. A sus pies, el agua refleja una luz azul imposible: el cenote X-Canché, boca de un abismo donde la selva termina y el subsuelo inicia. Jacinto, como tantos de la región, aprendió a nadar aquí antes que a andar en bicicleta.

En Yucatán existen más de 2,300 cenotes mapeados según el catálogo de la Secretaría de Desarrollo Sustentable, aunque la cifra real supera los 6,000 según estudios del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Cada uno funciona como la única fuente segura de agua dulce: la superficie calcárea de la península repele ríos y lagos. En cambio, el agua se cuela, gota a gota, por miles de grietas que forman un laberinto subterráneo.

Los niños del pueblo, descalzos sobre el borde resbaloso, arrojan piedras para escuchar el eco. El sonido viaja profundo, rebotando en galerías invisibles. El agua está fría: 22 grados centígrados, constante como un secreto guardado desde la época de los mayas.

Pero lo que Jacinto ve cada mañana es solo la boca de un sistema mayor, uno que ningún ojo ha recorrido completo. ¿De dónde vienen estos túneles infinitos?

El golpe que cambió el subsuelo: Chicxulub y el anillo K-Pg

A 110 kilómetros al noroeste de Temozón, bajo el pueblo costero de Chicxulub Puerto, un círculo de 180 km de diámetro marca el sitio donde hace 66 millones de años cayó un asteroide de 10 km. El cráter de Chicxulub, documentado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la NASA, se oculta bajo 800 metros de sedimentos. Pero su huella persiste: un anillo de fracturas subterráneas que define la geografía hídrica del estado.

Durante el impacto, la presión fundió el lecho de piedra caliza. El calor, calculado en 10,000 grados centígrados por el Dr. Jaime Urrutia Fucugauchi (UNAM), vaporizó todo a cientos de kilómetros. Las ondas sísmicas rompieron la corteza como un huevo en fracciones de segundo.

Al enfriarse, esas grietas se convirtieron en túneles. Millones de años después, el agua de lluvia empezó a filtrarse por ahí, disolviendo la caliza y formando los cenotes que hoy marcan el paisaje. El olor mineral, a veces sulfuroso, es la memoria química de ese evento.

¿Pero cómo se conecta esa catástrofe con el vaso de agua que Jacinto lleva a su boca cada día?

Laberintos bajo la selva: hidrología kárstica yucateca

El subsuelo de Yucatán es un queso Gruyère: pura roca caliza (CaCO₃), agujereada por cavernas y túneles. En la zona de Homún, a 50 kilómetros de Mérida, un equipo del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY) ha rastreado más de 93 kilómetros de ríos subterráneos conectando hasta 38 cenotes en una sola red. La profundidad media ronda los 15 metros, aunque algunos pozos descienden hasta 120.

Esos túneles se forman por la disolución lenta de la caliza por agua de lluvia —ligeramente ácida, cargada de dióxido de carbono—. El agua, clara y fría, arrastra minerales y, en temporadas secas, forma estalactitas color óxido y estalagmitas resbalosas al tacto.

Los geólogos usan tintes fluorescentes y sensores de conductividad para rastrear el flujo. En 2017, un experimento de la UNAM demostró que una gota de agua marcada en un cenote podía aparecer a 400 metros de distancia en apenas 40 minutos.

Pero no toda el agua es igual: el sabor cambia, según el grosor de la capa de tierra que logra filtrar el líquido antes de entrar a la cueva. ¿Cómo distinguir un cenote potable de uno letal?

La ruta del agua: de lluvia a vaso

En Sotuta, a 70 km de Izamal, doña Lorena llena su cántaro cada día en el cenote Dzonbacal. Aquí, la lluvia atraviesa apenas 2 metros de tierra antes de colarse en el subsuelo. Lorena huele el agua antes de beber: si detecta un tufo metálico o a huevo podrido, sabe que el flujo cambió y conviene esperar.

El viaje inicia en la selva: cada metro cuadrado de hoja absorbe hasta 1.4 litros de agua en temporada de lluvias (junio a octubre). La tierra roja, llamada 'kankab', filtra impurezas y bacterias. Cuando la tierra es delgada —menos de 50 cm, como en gran parte de Yucatán—, el agua pasa casi directa a la piedra.

Las bombas eléctricas llegaron a Sotuta en 1992, pero muchos aún prefieren descender con soga y cubeta. El agua, fresca, deja un regusto calcáreo en la lengua. Pero si el cenote se conecta con pozos sépticos, puede arrastrar bacterias invisibles.

Así, cada sorbo implica un ritual de observación. ¿Qué otros peligros acechan en el agua turquesa?

¿Por qué el agua aquí puede ser cristalina… o fatal?

Cerca de Cuzamá, en el cenote Chelentún, el turismo se mezcla con la ciencia. El Dr. Luis F. Espinosa, de la UADY, midió en 2020 niveles de nitratos de hasta 40 mg/L —cuatro veces el estándar sugerido por la OMS (10 mg/L). El origen: fertilizantes y aguas negras filtrándose desde las casas y los campos de henequén.

La pureza aparente del agua engaña: es casi incolora, pero puede concentrar bacterias Escherichia coli o Salmonella en cantidades letales. En 2016, la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) reportó que más del 30% de los cenotes del anillo tenían presencia de materia fecal.

El olor no siempre delata el peligro: a veces, el agua huele a nada y sabe a nada. Solo los análisis químicos —o, para los locales, el método de la rana: si los sapos cantan en la noche, el agua suele estar limpia.

Pero el mayor riesgo es invisible: la contaminación puede viajar kilómetros por los túneles, moviéndose más rápido que en cualquier río superficial. ¿Es posible proteger estos acuíferos?

Cómo mapear un cenote: métodos, materiales y errores frecuentes

El colectivo Gran Acuífero Maya, liderado por la arqueóloga mexicana Carmen Rojas, documenta más de 1,400 km de cavernas con tecnología LiDAR, drones y buzos con medidores de oxígeno. El equipo usa retrorreflectores y cuerdas para marcar rutas. Cada exploración requiere dos tanques de aire (40 litros cada uno), lámparas WRM-4Z (600 lúmenes), y cámaras GoPro protegidas con carcasa a prueba de agua hasta 40 metros.

Errores comunes de principiantes: perder la orientación por corrientes imprevistas, o subestimar cambios bruscos de presión al pasar de 5 a 25 metros de profundidad. Se recomienda nunca bucear solo y llevar pizarra impermeable para anotar rutas.

El pulso se acelera bajo el agua fría, la visibilidad a veces baja a menos de medio metro y el olor a linterna húmeda se mezcla con la piedra viva. ¿Qué se aprende al recorrer estos pasillos sumergidos?

Descendiendo a la historia: biodiversidad y mitos de los cenotes

En el cenote Xlacah, dentro de la zona arqueológica de Dzibilchaltún (a 15 km de Mérida), biólogos de la UNAM han registrado más de 35 especies de peces, entre ellos el pez ciego (Typhlias pearsei), endémico y sin pigmento alguno: sólo una sombra pálida que roza la piel de los buzos. Los murciélagos (Desmodus rotundus) revolotean en la entrada, dejando un olor acre de guano.

Los antiguos mayas, según inscripciones descifradas por el epigrafista David Stuart, creían que los cenotes eran portales al Xibalbá, el mundo subterráneo. En el cenote Sagrado de Chichén Itzá, arqueólogos hallaron restos humanos y piezas de jade, arrojadas como ofrenda hacia el año 900 d.C.

El agua aquí es fría, opalina, y entre los juncos florecen bromelias (Aechmea bracteata). El canto de ranas y la sombra de los árboles ahuehuetes (Taxodium mucronatum) acompañan el murmullo de las leyendas.

No todos los mitos son antiguos: aún hoy, los niños creen que si tocas el fondo con los pies, los duendes pueden jalarte. ¿Y si algo sí vive en lo más profundo?

Cómo recolectar agua de cenote de forma segura (y legal) en 2024

Recolectar agua de un cenote en Yucatán implica más que bajar una cubeta: desde 2019, la Ley de Aguas Nacionales exige permiso si se extraen más de 1000 litros al día. Para uso doméstico, se recomienda seleccionar cenotes alejados de poblados, sin olores extraños. El costo de un permiso anual ronda los $1,250 pesos mexicanos para extracción semi-doméstica, según datos de la CONAGUA.

  1. Antes de tomar agua, recoger una muestra en frasco limpio y dejar reposar: observar turbidez y color (debe ser transparente, sin sedimentos).
  2. Medir el pH: un kit sencillo cuesta $120 en ferreterías de Mérida.
  3. Hervir el agua al menos 10 minutos si se va a beber directamente.
  4. No usar detergentes ni químicos cerca del cenote: estos contaminan kilómetros de galería.

No se recomienda instalar bombas sin filtro mecánico: los residuos orgánicos pueden tapar los conductos. El agua fría puede enfriar el cuerpo peligrosamente si uno permanece más de 20 minutos sumergido.

La piel se siente tirante después del baño; el olor mineral persiste por horas, recordando que aquí el agua no es un adorno, sino la base de toda vida posible. ¿Pero qué futuro le espera a estos ojos de agua bajo el turismo y el cambio climático?

La huella del turismo y el riesgo invisible

En 2018, el cenote Ik-Kil, cerca de Pisté, recibió a más de 800,000 turistas según cifras de la Secretaría de Turismo de Yucatán. Cada visitante deja tras de sí protector solar, sudor, microplásticos, aunque el agua se ve impoluta. Biólogos han detectado residuos de oxibenzona (un filtro UV) a 15 metros de profundidad, suficiente para afectar larvas de peces (Astyanax mexicanus).

La temperatura del agua ha subido hasta 0.5 °C en 10 años, según monitoreos de la UADY, lo que modifica las condiciones para especies endémicas y acelera la disolución de la caliza.

El eco de los gritos dentro del cenote es más breve ahora: la acústica cambia con cada modificación del entorno. ¿Pueden los cenotes sobrevivir la fama mundial?

Un círculo desde el aire: la ruta del anillo de cenotes

Desde un dron elevado por el colectivo Círculo 66, el anillo de cenotes aparece como un collar turquesa rodeando el norte de Yucatán entre Motul, Izamal, Homún y Cenotillo. Son 115 km de diámetro, idéntico al borde interior del cráter de Chicxulub.

Una bicicleta basta para recorrer parte de este anillo: hay rutas marcadas por ejidatarios que rentan cascos y linternas por $80. El viento huele a miel de melipona (Melipona beecheii) y a tierra húmeda, y cada parada ofrece una historia diferente: una piedra con inscripciones, una gruta llena de murciélagos, un salto al agua helada.

El rugido de camiones en la lejanía contrasta con el silencio absoluto bajo tierra. Arriba, la selva sigue creciendo; abajo, el agua corre imperturbable, como si el meteorito aún dictara el curso de la vida diaria.

Y tal vez, bajo la próxima lluvia, una gota nueva encuentre una grieta ancestral: el anillo sigue, aunque nadie lo vea.

Glosario

Cenote
Pozo natural formado por el colapso de roca caliza, típico de la Península de Yucatán, que permite acceso a aguas subterráneas.
Hidrología kárstica
Estudio del movimiento y almacenamiento del agua en regiones con roca caliza disuelta, donde predominan cavernas y túneles.
Chicxulub
Cráter de impacto de 180 km de diámetro causado por el meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 66 millones de años debajo de Yucatán.
Fluoresceína
Sustancia usada como marcador para rastrear el flujo de agua en sistemas subterráneos, visible bajo luz ultravioleta.
Nitratos
Compuestos derivados de fertilizantes o desechos que, en altas concentraciones, pueden contaminar agua potable.
Xibalbá
Mundo subterráneo en la mitología maya, al que se accedía a través de cenotes y cuevas.
LiDAR
Tecnología de mapeo por láser que permite modelar la superficie y el subsuelo en tres dimensiones, útil para cartografiar cavernas.