El animal de piel de lenteja: amanecer en Xochimilco
Antes de que la luz eléctrica pinte los canales, Benito, chinampero de San Gregorio Atlapulco, empuja su cayuco sobre la superficie granulada de algas y lirio. A 2,240 metros sobre el nivel del mar, en el humedal de Xochimilco, CDMX, su remo acaricia el agua con lentitud. Detrás, entre el rumor de ajoloteras artesanales y el silbido de una garza, algo cruza bajo la película verdosa: un cuerpo rosado, con branquias que se abren como abanicos carmesí y ojos sin párpados. No es un pez, tampoco una serpiente. Es un Ambystoma mexicanum: el ajolote. Y en este rincón de México, la supervivencia del animal depende de rituales diarios tan concretos como el olor a lodo húmedo que sube de las orillas.
En 2024, el censo del Instituto de Biología de la UNAM estima menos de 600 ajolotes adultos libres por kilómetro cuadrado en el sistema lacustre. Hace treinta años, ese número era diez veces mayor. El agua carga consigo residuos de fertilizantes y detergentes, mientras las chinampas, esas islas de barro y tule, resisten la presión de vías rápidas y desarrollos habitacionales que nunca huelen a tierra mojada.
Benito recuerda cómo, de niño, atrapaban ajolotes con una red de malla fina y los metían en cubetas. Hoy, la pesca está prohibida, pero de vez en cuando encuentra uno entre su maíz y lo observa: piel traslúcida, corazón que late visible y una calma inquietante, como si supiera que su especie escucha su propio reloj de arena caer.
¿Qué tienen los ajolotes de Xochimilco que el resto de México — incluidos los altos lagos de Michoacán o los ríos de Puebla — ya no ofrecen?
Regenerar lo irrecuperable: la hazaña celular del ajolote
En 1863, el investigador francés Auguste Duméril recibió los primeros ajolotes vivos en París. Desde su acuario del Jardin des Plantes, notó lo que los pobladores de Xochimilco ya sabían por generaciones: si el ajolote pierde una pata, la recupera. No sólo hueso; músculo, nervio, piel, hasta uñas rosadas reaparecen. Ni rastro de cicatriz. Lo asombroso: puede hacerlo veinte veces, según los experimentos de la Universidad Nacional Autónoma de México en 2019, y en ocasiones regenera partes del corazón o parte del cerebro sin perder color ni movilidad.
El proceso inicia cuando células cercanas a la herida, llamadas blastemas, se desdiferencian: olvidan qué tipo de célula eran y vuelven a un estado parecido al embrionario. En menos de tres semanas, a 19°C (la temperatura ideal del canal en invierno), ya brota un muñón que pronto se alarga y se bifurca en dedos perfectos.
El olor acre del agua estancada y el leve cosquilleo al tocar la piel del ajolote recuerdan que aquí nada es superficial. Es un cuerpo diseñado para la humedad, tan sensible que el menor cambio de pH lo desorienta.
Pero, aun con este superpoder, el ajolote no controla la marea de residuos y concreto que rodea sus canales.
Un linaje atrapado: especies y nombres que ya no nadan
Ambystoma mexicanum es el ajolote más famoso, pero no el único. A inicios del siglo XX, se documentaban 16 especies de Ambystoma en México, según la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO). En Puebla, el ajolote de Alchichica (Ambystoma taylori) resistía al agua salobre; en Michoacán, el ajolote de Pátzcuaro (Ambystoma dumerilii) se ocultaba entre tules. Para 2022, sólo tres poblaciones silvestres se consideraban viables.
En Xochimilco, el ajolote se reconoce por su piel de color café, rosa pálido o incluso negro, y por no metamorfosear: a diferencia de otros anfibios, nunca pierde sus branquias externas ni salta a tierra. Vive sumergido, respirando agua que huele a raíces y hojas fermentadas. Cada comunidad tenía su propio nombre: achichil, axolotl, chúpalos.
En el Museo Nacional de las Culturas de México, una taza de cerámica datada en el año 1300 muestra un ajolote grabado con líneas toscas y ojos redondos. Los antiguos lo asociaban con Xolotl, el dios de lo incierto, y le daban valor en la dieta y la medicina: se decía que alivia la tos y fortalece tras el parto.
Hoy, esas historias resuenan más en vitrinas que en el agua del canal. ¿Cuándo dejó el ajolote de ser un animal común para volverse casi invisible?
El acoso del concreto: Xochimilco en peligro crítico, 1985–2024
El terremoto de 1985 fue el principio del fin para muchos microecosistemas de la Ciudad de México. Con la reconstrucción vinieron avenidas, viviendas y drenajes ilegales. Según el Plan Maestro de Xochimilco 2018, la superficie de canales sanos se redujo de 180 km en 1970 a sólo 48 km hoy. El agua, antes cristalina y fresca, alcanza 25°C en verano y emite un olor rancio por exceso de nutrientes y falta de oxígeno.
La presión urbana — 1.5 millones de habitantes sólo en la delegación — exprime los humedales. Se escucha el zumbido de motosierras abriendo paso a jardines y el rumor constante de agua bombeada. En la chinampa de la familia Romero, a 3 km de Cuemanco, la sombra de los árboles se ha adelgazado. Antes, los ajolotes dormían entre raíces, ahora apenas asoman la cabeza.
El Centro de Investigaciones Biológicas y Acuícolas de Cuemanco (CIBAC) estudia las consecuencias: menos oxígeno, invasión de carpas y tilapias exóticas que devoran huevecillos gelatinosos y desplazan a los ajolotes. El contacto con fertilizantes y detergentes de casas cercanas altera su sistema inmunológico.
El riesgo no es abstracto: la extinción local puede ocurrir en una década si no cambia la calidad del agua. ¿Puede salvarse una especie tan frágil en una ciudad que nunca deja de expandirse?
El laboratorio bajo el agua: regeneración a microscopio y bisturí
Los ajolotes criados en el Laboratorio de Biología Molecular de la UNAM — edificio blanco junto a Insurgentes Sur — nadan en acuarios con agua filtrada, a 18°C exactos y con luz tenue que resalta sus pigmentos. Cada ejemplar pesa entre 50 y 150 gramos; la piel, casi transparente, deja ver vasos sanguíneos que laten con cada contracción diminuta.
En 2018, un equipo dirigido por Dr. Luis Felipe Jiménez utilizó microscopia de fluorescencia para filmar, célula por célula, la formación del blastema. Los experimentos usan bisturíes tan finos como una pestaña para amputar dedos, branquias o incluso secciones del corazón. Lo sorprendente es cómo, en 21 días, la herida se cubre de células indiferenciadas, y a los 45 días la estructura original ha vuelto casi intacta.
Extraer y secuenciar el genoma del ajolote, un trabajo logrado en 2018 por el Instituto Max Planck de Alemania, reveló un ADN 10 veces más grande que el humano: 32 mil millones de pares de bases. Ahí se esconden genes como Pax7 y Erk1, responsables de disparar la regeneración.
La pregunta, pues, ya no es si el ajolote puede regenerar, sino cómo aislar ese proceso sin matarlo en el intento.
Salvar al ajolote: cómo construir una ajolotera en casa (y hacerlo bien)
En el barrio de Santa Cruz Acalpixca, el colectivo Axolotes Xochimilco asesora a familias para criar ajolotes sin dañar la especie. Una ajolotera casera exige más precisión de la que sugiere el aspecto amable del animal. Primero: un acuario de vidrio de al menos 100 litros, largo y bajo, sin piedras filosas. El agua debe mantenerse entre 16°C y 20°C, idealmente con un enfriador (costo aproximado: $1,800 MXN en tiendas de acuarismo).
- Filtro de esponja, nunca de corriente fuerte.
- Sustrato: arena fina (nunca grava), lavada hasta que no huela a tierra.
- Plantas sumergidas: Elodea canadensis o Ceratophyllum demersum, disponibles por $30-50 MXN en viveros de Nativitas.
- Alimento: trozos de lombriz de tierra, camarón crudo o pellets de axolote (250 g por $120 MXN).
Sólo se adquiere ejemplares nacidos en cautiverio certificados por la SEMARNAT — nunca capturados. Los ajolotes no toleran agua clorada: se recomienda dejarla reposar 48 horas antes de introducirlos. Evitar corrientes de aire frío y dejar zonas de sombra con hojas flotantes. Un error común es mezclar ajolotes con peces dorados: estos dañan sus branquias y compiten por comida.
El olor a agua limpia — apenas mineral, nada de amoníaco — y la textura sedosa de la piel del ajolote dan la pauta: si huele mal, algo anda mal. Cada semana, cambiar 20% del agua, nunca de golpe. ¿Vale la pena salvar una especie si sólo vive tras cristales? Para algunos, sí. La esperanza es que, al conocerlos, los niños de Xochimilco quieran devolverlos a los canales algún día.
Entre chinampas y laboratorios: ciencia, cultura y la memoria del ajolote
En la esquina de Avenida México y La Virgen, el muralista Luis Nishizawa dejó en 1996 una franja de pigmentos verdes y rosas: ajolotes flotando entre raíces, junto a campesinos y boyas. En la literatura, Julio Cortázar les dedicó un cuento en 1956, donde el narrador dice: “El ajolote me miraba con su ojo dorado”. Para la ciencia, el ajolote es un símbolo de lo imposible logrado: Harvard, MIT y la UNAM intentan transferir sus genes a ratones para estudiar la regeneración.
En la chinampa de doña Guadalupe, a 1.5 km de la pista de canotaje, los niños recogen ramas de ahuejote y las sumergen para atraer insectos acuáticos. El olor dulzón del tul y el sonido de los remos son el fondo de una escena que se repite desde hace siglos. Aquí, el ajolote es un vecino más, aunque invisible.
En 2021, la Reserva Ecológica de Xochimilco soltó 400 ajolotes nacidos en cautiverio. El resultado: sólo 5% sobrevive el primer año, devorados por carpas o atrapados por la contaminación. La batalla es desigual, pero cada intento registra datos nuevos sobre la resistencia del animal.
¿Qué futuro les espera a los ajolotes en una ciudad que apenas los recuerda? Esa pregunta sigue flotando, como el eco de un croar en la niebla matutina.
El ajolote, mañana: un niño y una cubeta junto al canal
A las siete de la mañana, en un embarcadero cerca de Nativitas, una niña con botas de hule se arrodilla sobre el lodo. Remueve el agua con una cubeta azul que huele a sol y plástico tibio. Dentro, un ajolote joven nada lento, ajeno al tráfico de Calzada de Tlalpan. La niña lo observa silenciosa, como si los dos compartieran un secreto. Al fondo, el canto grave de las ranas y el aire frío de febrero. Nadie sabe si ese ajolote vivirá un año o será el último de su linaje en ese recodo. Pero, por un instante, el milagro de la regeneración y la fragilidad de Xochimilco caben en una cubeta de diez litros.
Glosario
- Ajolote (Ambystoma mexicanum)
- Anfibio endémico de Xochimilco, famoso por su capacidad de regenerar extremidades y órganos.
- Chinampa
- Isla artificial de lodo y vegetación, construida para cultivar en los lagos de la cuenca de México.
- Blastema
- Conjunto de células indiferenciadas que surgen tras una herida y permiten la regeneración.
- Branquias externas
- Órganos en forma de penacho ubicados en la cabeza del ajolote, usados para respirar bajo el agua.
- Genoma
- Conjunto completo de material genético de una especie; en el ajolote, es diez veces mayor que el humano.
- Ajolotera
- Acuario o estanque construido especialmente para criar ajolotes en cautiverio.
- Sustrato
- Material que cubre el fondo de acuarios o ajoloteras, fundamental para evitar lesiones en los ajolotes.