Silencio entre pinos: don Goyo en Zacualpan, 2,500 metros sobre el miedo
Don Goyo, manos ásperas y camisa de manta, cruza a paso lento las veredas del bosque de Zacualpan, Estado de México (19.0199° N, 99.9641° O). La neblina, que para las 8:00 de la mañana ya empapa la corteza de los Pinus montezumae, se cuela por su nariz: olor a resina y tierra mojada. Don Goyo se detiene, cierra los ojos, escucha cómo crujen las agujas bajo sus huaraches. Dice que aquí, a 2,500 metros de altitud, el miedo que arrastró desde Toluca se deshace. "No hay ruido más terco que el de la ciudad en el pecho," murmura. El silencio del bosque pesa más que cualquier terapia de consultorio.
A menos de 50 kilómetros, el ruido de los tráileres en la carretera México-Toluca nunca cesa, pero bastan diez minutos caminando entre los árboles para que el cuerpo registre un descenso: la frecuencia cardíaca de don Goyo baja de 88 a 65 latidos por minuto, según una medición de la UNAM en 2022. Las manos, que temblaban, ahora toman la corteza fría. La piel percibe el cambio de microclima: el sudor se enfría, el cuerpo se verticaliza.
En Zacualpan, los médicos no recetan ansiolíticos, pero la abuela de don Goyo dice que aquí los sustos se curan a la sombra de un oyamel. El bosque, más que fondo, es protagonista. ¿Por qué el simple hecho de estar aquí produce alivio? Esa pregunta obsesionó a Arne Naess y a Joanna Macy, aunque a muchos les parece una superstición rural disfrazada de ciencia moderna.
Queda la duda: ¿qué tiene este bosque que no tiene un parque citadino? La respuesta, quizá, se pierde en la próxima ráfaga de aire húmedo que dobla las ramas y le recuerda a don Goyo que aquí, por fin, nadie lo vigila.
Arne Naess y la cabaña de Tvergastein: 1,502 metros de soledad radical
Arne Naess, filósofo noruego nacido en 1912, construyó su refugio en Tvergastein, una montaña rocosa a 1,502 metros de altura, al borde de un lago que se congela ocho meses al año. El olor a musgo húmedo y madera se cuela por las rendijas de la cabaña, donde Naess escribió en 1973 el manifiesto de la Deep Ecology, o ecología profunda. Su idea: la vida humana no es más valiosa que la de un líquen, una trucha o un musgo.
Para Naess, la verdadera salud —física, mental y ecológica— exige entender al ser humano como parte de una red biocéntrica, no como su centro. "La realización del yo ecológico implica una ampliación del yo, no una anulación", escribió. En Oslo, esta frase se leyó como herejía: ¿puede alguien dejar de ser el protagonista de su propia historia?
La experiencia de Naess en Tvergastein no era solo contemplativa. Pasaba semanas sin ver a otro humano, con temperaturas que bajaban a -18°C y el viento sibilando entre las piedras. Allí, el aislamiento no era castigo, sino método: «Solo aquí desaparece el 'yo' burgués», anotó en su diario. En 1986, propuso ocho principios que hoy sustentan movimientos ecologistas en Noruega, México y Japón.
Pero la cabaña no era utopía: la autarquía tenía límites, y a veces la soledad se volvía molienda. ¿Se puede vivir en comunidad sin perder el yo ecológico? La respuesta llevó a otros, como Joanna Macy, a buscar nuevas rutas.
Joanna Macy: Entre Hiroshima y los bosques de California
Joanna Macy, nacida en 1929, exhaló por primera vez el aire helado de Nueva York. Décadas después, sobreviviente de un cáncer y testigo del desastre nuclear de Hiroshima, Macy se recluyó en los bosques de los Redwoods, California (Sequoia sempervirens). El olor a madera mojada y helecho fresco rodeaba su cabaña, donde fundó el Work That Reconnects en 1979.
Macy propuso que la crisis ecológica tiene un doble filo: es también una crisis psicológica. "El dolor por el mundo no es patología, es evidencia de conexión", declaró en una entrevista con The Sun en 2016. En sus talleres, una veintena de personas se sienta en círculo, ojos cerrados, palmas abiertas hacia la tierra. El temblor en los dedos es común.
En 2018, Macy viajó a Tepoztlán, Morelos (1,700 metros s. n. m.), donde el viento caliente trae consigo polvo y olor a bugambilia. Aquí, frente a psicólogos y activistas, Macy guió un ejercicio de eco-conexión: sentir el dolor —y la esperanza— del planeta en la piel propia. El objetivo: pasar del yo separado al "yo ecológico".
¿Puede el dolor ambiental, bien encauzado, convertirse en motor de sanación personal? A veces, el primer paso ocurre en silencio, bajo un árbol cualquiera.
El yo ecológico: más allá del individuo, menos que la colmena
La noción de "yo ecológico" apareció por primera vez en las páginas de la revista Inquiry en 1985, firmada por Naess y George Sessions. No plantea disolverse en la masa: se trata de expandir la percepción del yo hasta abarcar las relaciones con un río, un murciélago o la bacteria en la tierra. En palabras del ecólogo mexicano José Sarukhán, “nuestra identidad está tejida —literalmente— con los genes y microbios de nuestro entorno”.
En la Sierra Norte de Puebla, comunidades totonacas como Caxhuacan (20.1752° N, 97.6617° O) han practicado esta visión durante siglos. Un ciclo agrícola aquí involucra 17 especies vegetales y 4 animales domesticados. La siembra inicia con la llegada de las primeras lluvias en abril, cuando el olor a tierra recién mojada invade las calles de tierra. El yo no es sólo humano: también es mazorca, milpa, sapo que canta tras la tormenta.
En 2021, investigadores de la Universidad Veracruzana registraron 62 palabras distintas para “humedad” o “agua en la tierra” en totonaco. El lenguaje mismo modela el yo ecológico: no se puede pensar una separación entre mente y tierra si el vocabulario no la permite.
Pero esta ampliación del yo no es automática. En la Ciudad de México, menos del 4% de los niños encuestados por el Instituto Nacional de Salud Pública en 2020 podían identificar cinco especies de plantas nativas. Algo cruje: ¿qué se pierde cuando la identidad se encoge hasta caber en una pantalla?
Práctica viva: Shinrin-yoku en la Sierra de Arteaga, Coahuila
En el ejido El Diamante, Sierra de Arteaga, Coahuila (25.3104° N, 100.5609° O), el aire huele a pino y a resina fresca. Aquí, desde 2017, el Colectivo Bosques para Siempre ofrece caminatas guiadas de shinrin-yoku o "baño de bosque", una práctica japonesa formalizada en 1982 por la Agencia Forestal de Japón. El método tiene reglas simples pero estrictas: caminar sin prisa, en silencio, por al menos 120 minutos; tocar la corteza fría de los Pinus cembroides; dejar que la luz moteada caliente la piel.
Datos de la Universidad Autónoma de Nuevo León muestran que, tras una sesión de shinrin-yoku, el cortisol disminuye hasta 16% y la presión arterial baja en promedio 8 mmHg. Los niños, según los guías, dejan de mirar el celular a los 20 minutos y se quedan inmóviles, oliendo la hojarasca.
- Lugar: Ejido El Diamante, Sierra de Arteaga
- Duración: 2-3 horas
- Temporada ideal: junio a septiembre (lluvias, más aromas)
- Material: agua, sombrero, bloqueador, silencio
- Costo sugerido: $150-250 MXN por persona
Errores comunes: hablar demasiado, intentar correr, usar audífonos, llevar bocadillos con envoltura plástica. La práctica se tuerce si se convierte en turismo exprés. Un consejo de los guías: “Deja el reloj en la cabaña. Aquí, el tiempo no manda”.
¿Y si el bosque, más que recurso, fuera consulta médica? El siguiente paso: llevar la experiencia a quienes jamás han sentido la tierra fría bajo los pies.
Ecopsicología: cuando el duelo ambiental se vuelve colectivo
En las aulas de la Universidad Iberoamericana, 2023, la profesora Mariana Solís guía a quince estudiantes en un taller de ecopsicología. El aire acondicionado zumba, pero algunos traen entre las manos ramas de Quercus rugosa traídas de los Viveros de Coyoacán. El aroma terroso llena por un momento la sala, desplazando el olor a desinfectante escolar. La tarea: escribir una carta a un río seco.
La ecopsicología, término acuñado en 1992 por Theodore Roszak, parte de un dato brutal: el 52% de los jóvenes mexicanos menores de 25 años reportan “ecoansiedad” según datos del INEGI 2022. Roszak y sus seguidores proponen que el duelo ambiental —la angustia por la pérdida de especies, bosques, agua— se procesa mejor en grupo que en soledad.
En la práctica clínica, la ecopsicóloga Laura Méndez, de la UNAM, integra ejercicios de respiración con arcilla húmeda y paseos por el Parque Nacional Cumbres del Ajusco. La textura fría de la arcilla, dice, ayuda a “llevar el luto al cuerpo”. El trabajo grupal reduce en un 30% los síntomas depresivos tras seis sesiones, reporta el Instituto Nacional de Psiquiatría.
¿Puede la sanación individual ocurrir sin sanar el territorio? La respuesta sigue en disputa, pero cada carta escrita a un río seco deja una grieta en el muro de la indiferencia.
Ecosofía y biocentrismo: la ética que incomoda a la ciudad
En los muros de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el grafiti azul dice: "El mundo no te necesita, tú lo necesitas a él". La frase, sin atribución, condensa la ecosofía: una ética que no pone a la especie humana como eje. Félix Guattari, filósofo francés, escribió en 1989 que la crisis ecológica y la crisis mental son “dos cabezas de la misma bestia”.
En el sur de Yucatán, ejidatarios de Oxkutzcab (20.2946° N, 89.4523° O) siembran 13 especies de árboles en cada hectárea de huerto maya. La sombra densa, el olor a ramón seco y la humedad pegajosa no son comodidad, sino escuela. La ética biocéntrica se vive: los árboles frutales importan tanto como el niño que juega bajo su copa. Aquí, la vida no se mide en utilidad, sino en continuidad.
La ecosofía, término acuñado por Naess, se aleja de los manifiestos. Es una ética encarnada: agua que se respeta, tierra que no se vende, animales que no son recurso. El 77% de los habitantes de Oxkutzcab —según encuesta del CIESAS en 2021— dice que la milpa "es madre, pero también hermana y maestra". El idioma yucateco tiene más de 30 palabras para matices de verde. ¿Qué ética cabe en una ciudad donde el verde es solo semáforo?
El reto: vivir una ética incómoda en un mundo que premia la desconexión. ¿Quién está dispuesto a perder comodidad para ganar pertenencia?
Manual mínimo para empezar: una práctica de reconexión real
Para quienes leen esto desde un departamento de 45 metros en Iztapalapa, la reconexión no es un lujo. Es necesidad urgente. Aquí, un ejercicio probado en talleres de ecopsicología de la UAM-Xochimilco (2022):
- Consigue una maceta de barro de 25 cm de diámetro ($80-120 MXN en mercados de plantas o viveros, como el de Cuemanco).
- Llénala con tierra negra, no sustrato universal. Pide “tierra de hoja” en el tianguis, unos 5 kg bastan ($25-40 MXN).
- Elige una semilla local: Tagetes erecta (cempasúchil), Amaranthus hypochondriacus (alegría), Capsicum annuum (chile piquín). Siembra tres semillas a 2 cm de profundidad, separadas por 7 cm.
- Riega con 250 ml de agua cada tercer día. Evita el exceso: la tierra debe sentirse húmeda, no lodosa.
- Coloca la maceta junto a una ventana con luz directa al menos 5 horas al día.
- Durante 10 minutos al día, observa y toca la tierra. Anota cualquier cambio: brotes, olores, color de la hoja.
Errores comunes: usar tierra de bolsa genérica (seca, sin microvida), regar con agua clorada, dejar la maceta en sombra total, olvidar tocar la tierra. Lo esencial: la relación física y atenta, no el resultado ornamental.
¿El siguiente paso? Salir al camellón, reconocer el pasto bajo los pies, oler el aire después de la lluvia y preguntar: ¿qué parte de esto también soy yo?
La noche del fuego y la pregunta que no deja dormir
En Hueyapan, Puebla, a 1,870 metros, un grupo de niños rodea la fogata. El humo de ocote raspa los ojos y deja el aire dulce y áspero. La luna llena se cuela entre las ramas de un Liquidambar styraciflua. Uno de los niños, dedos manchados de ceniza, pregunta en voz baja: “¿Y si los árboles sienten cuando los abrazamos?” Nadie responde. Doña Socorro, partera del pueblo, sonríe y arroja una ramita al fuego.
El silencio dura más de lo previsto. La pregunta queda flotando, más densa que el humo. Si la ecología profunda sirve de algo, es para no dejar dormir en paz al que escucha. Mañana, cuando la brasa se apague y el olor a madera quemada se disuelva, la duda seguirá ahí, esperando una respuesta distinta.
Glosario
- Ecología profunda
- Filosofía ambiental que sostiene que todas las formas de vida tienen igual valor inherente y derecho a florecer.
- Yo ecológico
- Concepto de identidad ampliada que incluye las conexiones del individuo con otros seres vivos y su entorno.
- Shinrin-yoku
- Práctica japonesa de "baño de bosque" que implica caminar y estar en ambientes forestales para obtener beneficios psicológicos y físicos.
- Biocentrismo
- Ética que reconoce el valor intrínseco de todas las formas de vida, no sólo la humana.
- Ecoansiedad
- Ansiedad o angustia relacionada con la crisis ecológica y la percepción de pérdida ambiental irreversible.
- Ecosofía
- Término acuñado por Arne Naess para describir una filosofía personal y ética de armonía entre el ser humano y la naturaleza.
- Milpa
- Sistema agrícola tradicional mesoamericano que cultiva varias especies juntas, favoreciendo la biodiversidad y los ciclos regenerativos del suelo.