Un surco, un machete y la Mixteca: primeras líneas de defensa

Bajo el sol del mediodía en San Juan Mixtepec, Oaxaca (latitud 17.1072, longitud -97.8822, altitud 1,900 metros), don Isidro —sombrero de palma bien calado, manos callosas— ladea el machete en el aire. Frente a él, una hilera de piedras blancas marca el límite de la parcela familiar con la del ejido vecino. Ese borde, fijado hace más de 40 años, determina quién beberá agua fresca del arroyo Yosocuta y quién recorrerá tres kilómetros para llenar su cántaro. El sonido seco del machete rozando el pedernal es la banda sonora de la jornada. Aquí, defender el territorio es un acto cotidiano y, sobre todo, urgente.

En la región mixteca hay más de 570 núcleos agrarios reconocidos por el Registro Agrario Nacional en 2024. Pero las líneas sobre la tierra poco se parecen a las que se trazan en la Ciudad de México: cada mojón, cada vereda, es resultado de asambleas donde los gritos y las manos levantadas pesan más que cualquier documento oficial. El olor a tierra húmeda después de la lluvia marca el inicio y el fin de las disputas.

Cada vez que don Isidro llega al lindero, recuerda el pleito de 2006, cuando media comunidad amaneció tensa por el rumor de que una minera canadiense buscaba permisos para explorar plata bajo sus tierras. Nadie duerme tranquilo cuando el rumor de la maquinaria —inesperadamente, un rugido metálico entre grillos— se aproxima.

El siguiente dilema no es solo legal, sino vital: ¿cómo se prepara una comunidad para resistir el despojo cuando ni siquiera las leyes parecen estar de su lado?

La asamblea: territorio de la voz, poder sin micrófono en Cherán

En Cherán, Michoacán (19.6971° N, 101.9476° O, altitud 2,180 msnm), la campana de la iglesia repica diferente cuando hay asamblea general. En 2011, más de 10 mil comuneros —según datos del INEGI— decidieron tomar el control de su territorio después de años de tala clandestina y amenazas del crimen organizado. Aquella tarde olía a leña y a café recalentado; el eco de pasos apresurados rebotaba en la plaza principal cubierta de neblina.

La Asamblea Comunal es el órgano de gobierno: ningún acuerdo sobre la tierra, el uso del agua o la seguridad se toma sin las manos levantadas en círculo. El Consejo Mayor —figura reconocida oficialmente por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en 2012— rota cada tres años y se elige por usos y costumbres. Las decisiones, a veces, van con la velocidad de la siembra de maíz: despacio, pero enraizándose profundo.

La abuela Juana —nombre que se escucha en varias bocas, aunque pocas la han visto reír— suele decir que “el territorio se cuida con oído más que con machete”. Aquí, la voz es la primera valla, y la memoria es la cerca más alta.

La tensión permanece: la pregunta que recorre las calles de Cherán como un silbido frío es si la autonomía alcanzada basta para mantener lejos al despojo cuando acechen intereses por recursos que ni el ojo alcanza a ver.

Mapa de los despojos: datos duros, pozos prohibidos y agua robada en la Cuenca de la Independencia

En Dolores Hidalgo, Guanajuato, a 1,987 msnm, la sequía deja marcas en la piel y en los costales de frijol. Desde 2015, el Observatorio Social del Agua ha registrado un descenso de 2.5 metros por año en el nivel de los pozos. El agua que antes sabía fresca ahora llega salobre, cuando llega. Entre las ruinas de un antiguo jagüey, el aire huele agrio y los costales amontonados crujen bajo el sol.

Un mapa reciente de la Universidad de Guanajuato (2023) ubica 138 pozos clandestinos en la Cuenca de la Independencia. El silencio es la norma: quien denuncia, paga. Los agricultores como don Manuel cargan bidones bajo el sol, sabiendo que el agua que falta aquí riega, sin permiso, los viñedos de exportación a 15 kilómetros de distancia.

El Instituto Mexicano de Tecnología del Agua documentó que la sobreexplotación en la cuenca rebasa el 250% de su recarga natural anual. En números: por cada litro que cae de la lluvia, se extraen dos y medio del subsuelo. La piel reseca de los niños y el polvo en las uñas cuentan la historia de un despojo silencioso, pero feroz.

¿Hasta dónde puede aguantar una comunidad cuando el agua se escurre —de veras— entre los dedos?

Guardias comunitarias: la defensa armada de Ostula y la niebla de la costa

En Santa María Ostula, en la costa de Michoacán, la brisa salada del Pacífico se mezcla con el olor a pólvora rancia y leña recién cortada. Desde 2009, más de 900 comuneros —según la Relatoría para Pueblos Indígenas de la ONU— patrullan armados 20 kilómetros de litoral y monte de la Sierra Madre del Sur. La Guardia Comunal, reconocida por la Comisión Estatal de Derechos Humanos, limita el ingreso de vehículos foráneos y mantiene retenes improvisados entre cafetales y palmas de coco (Cocos nucifera).

Una noche de agosto, en la playa El Duín, los radios chisporrotean: alguien cruza la línea sin permiso. Los pasos sobre la arena mojada suenan a advertencia, y la humedad pegajosa vuelve imposible secar el rifle después de una guardia de ocho horas.

Hasta 2022, la comunidad logró recuperar casi 1,200 hectáreas ocupadas ilegalmente por ganaderos y talamontes. Un acuerdo colectivo determina cuándo y cómo se corta madera, cuántas parihuelas de aguacate salen rumbo a Lázaro Cárdenas y quién puede atrapar langostas entre las rocas.

El miedo nunca desaparece del todo: ¿qué ocurre si la Guardia Comunal baja la guardia siquiera una sola noche?

Reforestación y restauración por mano propia: el caso de Nurío y las especies que salvan agua

En Nurío, comunidad purépecha del municipio de Paracho, Michoacán, un grupo de 30 jóvenes carga costales de tierra negra y plantones de oyamel (Abies religiosa). El olor a resina y el roce terroso de las raíces acompaña el trabajo: a 2,450 metros sobre el nivel del mar, el aire duele en los pulmones. Desde 2017, el Taller de Restauración Ecológica del Colegio de Michoacán trabaja aquí junto con la asamblea local para replantar 12 hectáreas dañadas por incendios y tala ilegal.

El proceso inicia con la colecta de semillas en septiembre. Se prefiere semilla local, nunca importada, para que los nuevos árboles resistan heladas de hasta -6 °C y la sequía de abril. Los plantones —producidos en charolas de 108 cavidades en un vivero comunitario— se trasplantan antes del pico de lluvias, a 2.5 metros de distancia uno del otro. Cada uno requiere un hoyo de 40 × 40 × 40 cm, abonado con estiércol de borrego y un puñado de tierra de monte.

Un costal de semilla de Abies religiosa ronda los 350 pesos en los viveros de Uruapan, pero la colecta propia es preferida por el Colectivo Raíces. El trasplante debe evitarse en días calurosos: el error común es plantar a mediodía, lo que seca las raíces antes de que agarren agua.

La energía de los jóvenes y el aroma fresco de tierra recién movida abren el dilema: ¿cómo mantener la motivación cuando los incendios vuelven, año tras año?

El derecho escrito en la corteza: títulos primordiales y papeles viejos en la Sierra Norte

En San Andrés Yahuitlalpan, municipio de Huehuetla, Puebla, doña Teófila despliega, sobre la mesa de su casa, un fajo de papeles marrones con letra gótica. El aroma a humedad y papel viejo se mezcla con el humo de copal. Estos “títulos primordiales” datan de 1713 y llevan el sello real de Felipe V. En la Sierra Norte, más de 60 comunidades nahuas y totonacas aún sostienen litigios con base en estos documentos, que la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha reconocido como evidencia válida desde 2013.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha catalogado al menos 284 títulos primordiales en la región. Cada pergamino mide hasta 63 × 44 cm y necesita manejo delicado para evitar que la tinta se desvanezca. La tinta huele a hierro y vinagre, y el roce de los dedos secos al pasar página es casi un acto de resistencia cultural.

La mayoría de los títulos incluye mapas trazados a mano —sin coordenadas GPS, con cerros y ríos pintados a pincel. Estos documentos han detenido, aunque sea momentáneamente, la construcción de tres presas y dos carreteras federales desde 2018, según reportes del CEMDA.

“Mientras existan estos papeles, existimos nosotros”, dice don Juan, custodio de títulos en Cuetzalan, citado en Pie de Página. Pero el riesgo es evidente: ¿qué pasa cuando los papeles dejan de ser legibles y la memoria oral se fractura?

Diez pasos para organizar la defensa del agua: práctica probada en Temacapulín

En Temacapulín, Jalisco, los vecinos llevan desde 2005 defendiendo su pueblo contra la presa El Zapotillo. El toque del campanario y el murmullo del río Verde dan la pauta para reunirse en la plaza. Aquí va una guía basada en la experiencia del colectivo Salvemos Temaca, reconocida en 2019 por el Tribunal Latinoamericano del Agua.

Un error común es confiar solo en estrategias legales: la resistencia más efectiva siempre ha mezclado acción jurídica con presión social, narrativa visual y memoria viva en la plaza.

¿Está lista cualquier comunidad para aguantar un proceso de diez años, o veinte, bajo el mismo sol y las mismas campanas?

Una hilera de velas: futuro y resistencia bajo la noche de Candelaria

La noche del 2 de febrero en la Sierra de Zongolica, Veracruz, la niebla arrastra aromas de lumbre y copal. Cincuenta velas encendidas bajan en procesión hacia la barranca de Temaxcalapa, donde el agua —fría, transparente— corre entre piedras negras. Doña Ernestina, portando una veladora azul, susurra nombres de los cerros y los manantiales. Entre los rezos se mezclan risas y la promesa de regresar al año siguiente, con el mismo empeño y las mismas manos.

En ese círculo de luz, los niños escuchan los relatos de invasiones y expulsiones. Nadie sabe si la siguiente sequía o el siguiente funcionario con traje y corbata entenderá el valor de la barranca. Pero por ahora, la humedad de la noche y el parpadeo de las velas marcan el territorio mejor que cualquier acta notarial.

La procesión termina y las brasas de copal humean entre piedras. Hay preguntas que no encuentran respuesta en los documentos: ¿qué hará falta para que el agua siga bajando limpia, otro año más, entre los dedos de quienes la cuidan?

Glosario

Asamblea Comunal
Órgano máximo de decisión en comunidades indígenas, donde se deliberan y acuerdan asuntos colectivos.
Título primordial
Documento histórico, a menudo del periodo colonial, que acredita la posesión ancestral de tierras comunales.
Guardia Comunitaria
Organización armada conformada por habitantes locales para vigilar y defender el territorio contra amenazas externas.
Cartografía participativa
Método donde vecinos dibujan mapas colectivos de su territorio, identificando recursos y límites.
Brigada de monitoreo
Grupo de habitantes que realiza mediciones periódicas de agua, flora u otros recursos, registrando datos para defensa legal.
Recarga natural
Volumen de agua que se infiltra al subsuelo de manera anual, renovando acuíferos.
Vivero comunitario
Espacio local donde se producen plantas y árboles para reforestación, gestionado por la propia comunidad.