Entre cáscaras y lombrices: la escena cotidiana de la composta en Tepoztlán
Doña Lorenza, habitante de Amatlán de Quetzalcóatl, Morelos (1,611 msnm), mete las manos en un costal de yute donde las cáscaras de plátano y los restos de café se mezclan con hojas secas. Huele a tierra húmeda y plátano fermentado. El sonido de las gallinas picoteando lo que se cae acompaña la mañana de mayo. No hay máquinas: solo una pala oxidada y la paciencia de separar lo que sirve de lo que no — cada semana produce alrededor de 15 kilos de residuos orgánicos y solo tres de esos kilos terminan como abono oscuro, tibio al tacto.
En Tepoztlán, el Centro de Compostaje Comunitario (CCC) recibe 3.6 toneladas de residuos cada mes desde 2018. El método es simple, pero la constancia y el clima de 22°C promedio hacen la diferencia. El olor, a veces ácido, se transforma en fragancia de bosque después de tres meses. ¿Por qué no todas las comunidades replican este proceso si la materia es universal?
En la milpa de don Rubén, a 17 kilómetros de ahí, la composta casera ha sustituido el fertilizante de costal. El suelo, antes gris y duro, ahora se desmorona entre los dedos. “Antes salían veinte mazorcas, ahora ochenta”, presume. Queda la pregunta: ¿cómo ocurre esa transformación entre la basura y el maíz verde?
Al fondo de la parcela, una pila de composta humea. Es la señal de que algo invisible trabaja bajo la costra. Pero el misterio apenas empieza: ¿qué ocurre exactamente ahí dentro?
El laboratorio invisible: microbios, lombrices y el milagro del humus en Chapingo
En el Campus de la Universidad Autónoma Chapingo, Estado de México (19.5142° N, 98.8847° W), el doctor Jesús Méndez supervisa con lupa una lombricomposta de Eisenia fetida. Son apenas 1,200 gramos de lombrices por metro cuadrado, pero transforman hasta 500 kilos de residuos en humus por mes. El olor del laboratorio se parece al de las hojas podridas después de la lluvia.
El proceso arranca con bacterias: en las primeras 48 horas, la temperatura sube hasta 65°C y los microbios termófilos atacan la celulosa. Después, hongos y actinomicetos toman el control, liberando enzimas que degradan los materiales más resistentes. Solo entonces entran en acción las lombrices rojas californianas, devorando el material y produciendo humus — el mejor abono para retener agua y nutrir raíces.
Un estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México en 2020 midió la actividad microbiana: el humus de lombriz tiene 200 veces más microorganismos que la tierra sin tratar. Esa explosión microbiana explica por qué, en parcelas aledañas, el maíz alcanza alturas de 2.6 metros con menos riego.
Pero ¿cómo controlar esa vida microscópica sin que el proceso se pudra o huela a muerte?
Errores que apestan: lo que nadie te cuenta sobre composta fallida en Xochimilco
En el barrio de San Gregorio Atlapulco, Xochimilco, la composta de la cooperativa Chinampayolo apesta a huevo podrido en julio. El error más común: exceso de humedad (más del 70%), que ahoga a los microorganismos aerobios y deja campo libre a bacterias productoras de metano y sulfuros. El resultado: un olor denso, amarillo, que se pega en la ropa.
Carmen Salas, ingeniera ambiental, mide con un sensor: la pila marcaba 82% de humedad y 40°C en el centro. “Falta aire, sobran naranjas”, resume. El equilibrio es simple en teoría, difícil en la práctica: 60% material seco (hojas, cartón, aserrín) y 40% fresco (frutas, restos de verduras). Cada capa debe medir entre 10 y 15 centímetros y alternarse.
El clima de Xochimilco — con lluvias de hasta 243 mm en agosto — obliga a cubrir las pilas con lona y removerlas cada dos semanas. Si el olor es dulce y terroso, todo va bien; si arde la garganta, algo salió mal.
La mayoría abandona la composta al primer fracaso. Pero corregir es posible: ¿qué técnicas permiten evitar estos errores y lograr el “olor a bosque”?
Lombricomposta: técnicas precisas desde la UNAM hasta la azotea de la Doctores
En la Facultad de Ciencias de la UNAM, biólogos usan lombricomposta en cajas plásticas de 60 litros con Eisenia fetida y Perionyx excavatus, compradas en el vivero de San Luis Tlaxialtemalco por 250 pesos el kilo. El sustrato inicial: 25 litros de fibra de coco humedecida y 1 kilo de lombriz. En la colonia Doctores, Miguel (vecino del edificio Aquiles Serdán) improvisa con dos cajas de fruta del tianguis y periódico viejo.
El método: agregue 2 kilos de residuos por semana, evite cítricos, carne y aceites. Mantenga la temperatura entre 15 y 28°C. Cada tres días, levante la tapa: el olor no debe ser ácido ni a orina. Si aparecen mosquitas (Scatella stagnalis), tape con cartón y reduzca la humedad. A los tres meses, retire el sustrato — ya es humus, de textura esponjosa y color negro brillante.
La UNAM comprobó en 2019 que este humus contiene hasta 2.1% de nitrógeno y 1.8% de fósforo, frente al 0.7% y 0.4% en suelos sin tratar. El costo de producir 10 kilos es menor a 80 pesos, contra los 350 pesos del fertilizante comercial equivalente.
Pero la clave está en el ritmo: la lombriz trabaja a su tiempo. ¿Qué pasa cuando combinamos técnicas tradicionales con estas recetas precisas?
Composta tradicional y ciencia: el cruce en la Mixteca oaxaqueña
En Santa María Yucuhiti, Oaxaca (2,020 msnm), la comunidad mezcla hojas de encino (Quercus rugosa) y estiércol de oveja en pilas de 1.5 metros de alto, cubiertas con petates. El proceso, conocido como “tapia”, dura hasta seis meses. El olor cambia de ácido a terroso conforme avanza.
El Instituto Tecnológico de Oaxaca registró en 2021 que la temperatura sube hasta 75°C la primera semana, suficiente para eliminar semillas y patógenos. Don Marcelino, campesino mixteco, mide con el dorso de la mano: si arde más de cinco segundos, hay que remover la pila. No hay termómetro, pero sí memoria sensorial.
El resultado, después de 180 días: 400 kilos de abono por tonelada de residuos, con textura de tierra suelta y color café oscuro. Aplicado en junio antes de la siembra, triplica el rendimiento del maíz criollo comparado con parcelas sin composta.
La técnica cambia, pero la lógica de observar el proceso con los sentidos persiste. ¿Cómo adaptar estas prácticas a una casa promedio en la ciudad?
Manual práctico: cómo hacer composta y lombricomposta en casa (Ciudad de México, 2024)
Para quien vive en la Narvarte, el primer paso es conseguir un contenedor de 40 litros (puede ser un bote de pintura limpio), disponible por 180 pesos en tiendas de plásticos del Eje Central. Haga orificios de 1 cm en los costados y el fondo para ventilación. Coloque una capa base de 10 cm de hojas secas, cartón o aserrín (disponible en viveros o carpinterías locales a 10 pesos el kilo).
- Agregue residuos frescos: restos de frutas, verduras, café, cáscaras de huevo trituradas (no agregue carne, lácteos ni aceites).
- Espolvoree cada semana 200 gramos de tierra común para introducir microorganismos.
- Si quiere lombricomposta, añada 250 gramos de Eisenia fetida (puede comprarse por 60 pesos en mercados como San Juan o con el colectivo Tierra Viva).
- Evite el exceso de humedad: al apretar el material, solo deben salir dos o tres gotas de agua.
- Remueva el contenido cada dos semanas con una pala pequeña. El olor debe recordar a bosque después de lluvia; si huele ácido, añada más material seco.
En 90 días, el material habrá reducido su volumen a la mitad y tendrá una textura esponjosa, color negro y olor a tierra mojada. Los errores más comunes: saturar de frutas (atrae mosquitas) o dejar secar el material (frena la descomposición).
El abono obtenido puede usarse en macetas, hortalizas y árboles urbanos. Un costal de 10 kilos de humus comprado en vivero cuesta 220 pesos; hacerlo en casa sale en menos de 50 pesos y evita que 30 kilos de basura acaben en relleno sanitario.
Los manuales de la Secretaría del Medio Ambiente de la CDMX (2022) y el proyecto Lombricultura Urbana ofrecen talleres gratuitos cada mes. Pero la mejor maestra es la práctica diaria. ¿Qué cambia en quienes adoptan este hábito?
De basura a suelo: la transformación íntima en una azotea de Iztapalapa
En la azotea de la calle Margarita Maza, Iztapalapa, Arcelia observa cómo su hijo de siete años remueve la composta con una cuchara vieja. El calor del mediodía sube del piso de losa, pero el olor que sale del contenedor es frío, dulce, con un matiz a plátano pasado. Cada semana, la familia separa 4 kilos de basura que antes iban al camión naranja. Ahora, media cubeta de humus alimenta a tres árboles de guayaba y cuatro macetas de jitomate Roma.
El cambio no es solo en el suelo. El niño, antes indiferente al destino de su basura, ahora pregunta por qué las lombrices desaparecen cuando hace frío. Arcelia nota que, al final del ciclo, su propia percepción del “desecho” cambió: ya no tira, transforma.
En la colonia, el grupo Composteando Juntos organiza intercambios de humus por plantas cada primer sábado del mes en la plaza principal. Lo difícil no es empezar, sino sostener el ritmo. Cada pila de composta es una apuesta a largo plazo, donde el fracaso huele fuerte, pero el éxito sabe a jitomate fresco. ¿Quién volvería a tirar a la basura un suelo así?
Glosario
- Composta
- Proceso biológico donde microorganismos descomponen materia orgánica para formar abono.
- Lombricomposta
- Composta realizada con lombrices como Eisenia fetida, que aceleran la descomposición y mejoran la calidad del abono.
- Humus
- Materia orgánica completamente descompuesta, de textura esponjosa y color negro, esencial para suelos fértiles.
- Material seco
- Residuos ricos en carbono como hojas, cartón o aserrín, necesarios para balancear la humedad y evitar malos olores.
- Microorganismos termófilos
- Bacterias que prosperan a temperaturas elevadas (45-70°C), esenciales en las primeras etapas de la composta.
- Actinomicetos
- Microorganismos filamentosos que degradan materiales resistentes y dan a la composta su característico olor a tierra mojada.