Bajo el agua quieta de Xochimilco, algo persiste

El canal huele a lirio y barro. A las seis de la mañana, Benito — un joven chinampero de San Gregorio Atlapulco — detiene la lancha. Aparta con su mano las plantas flotantes y descubre, bajo el reflejo de los ahuejotes, el cuerpo pálido y rubio de un ajolote (Ambystoma mexicanum). Lo observa arrastrar una pata trasera, medio digerida. Hace tres semanas, alguna carpa debió morderle la extremidad. Hoy, al inclinarse, Benito distingue una membrana rosada: la pierna crece otra vez, como si fuera imposible borrar el diseño original. Nadie le enseñó esa paciencia a la laguna. La conoce desde el fango y el agua fría de 2,240 metros sobre el nivel del mar.

Quien ha paseado en trajinera por Xochimilco, en Ciudad de México, rara vez ve un ajolote. Pero los que siguen ahí, lo hacen bajo una presión invisible: la competencia de especies invasoras, la contaminación, los cambios en el flujo de agua. Y, sin embargo, la regeneración del ajolote sigue ocurriendo, paciente y muda como la niebla sobre los canales. El propio aire tiene algo de suspensión, un aroma mineral que se cuela entre los sauces y los huertos encaramados en lodo.

La idea de que un animal pueda reconstruirse por dentro parece magia. Pero para el ajolote es rutina: perder y volver a fabricar una pata, media cola, hasta fragmentos del corazón. Este milagro ocurre todos los días, bajo el agua turbia, a la sombra de las chinampas. Pero hay otros cuerpos, otros paisajes, donde la vida se reescribe aún más radicalmente.

En la bahía rocosa de Mazatlán, debajo de las olas tibias del Pacífico, una criatura sin ojos ni oídos enfrenta el filo de la navaja marina — y responde con una venganza lenta: el crecimiento de nuevos brazos.

El pulso del Pacífico: estrellas que se parten y siguen vivas

En la costa de Sinaloa, cuando baja la marea, los niños se agachan sobre las rocas calientes y buscan estrellas de mar. Específicamente, la Linckia columbiae, de cinco brazos azulados. Si un depredador — un cangrejo o pez globo — rompe uno de sus brazos, la estrella no muere. Bajo la textura rugosa y húmeda, en la membrana expuesta, comienza una operación invisible: células que no existían empiezan a dividirse y, eventualmente, a organizar las capas perdidas.

El olor a salitre y algas acompaña el proceso, lento incluso para los ritmos del mar. A veces, no basta con que el brazo perdido vuelva a crecer: en casos raros, el propio fragmento amputado puede convertirse en una estrella nueva, siempre que conserve un trozo de disco central. No es exagerado: al cabo de meses, donde había cinco brazos, pueden haber siete, o un enjambre de pequeños clones reptando entre las piedras húmedas.

Bajo el microscopio, las células epiteliales y musculares de Linckia parecen soltarse de sus amarres y volver a ser jóvenes, como si olvidaran su tarea original. El agua fría — de 22 a 26 ºC en invierno — retrasa pero no impide el brote, que inicia en la herida. Hay una coreografía secreta ahí, dictada por señales químicas y proteínas mensajeras.

¿Pero qué ocurre en un animal menos simple, con órganos complejos y un rostro reconocible?

Ajolote: el maestro (en peligro) de la reconstrucción completa

En la Reserva Ecológica de Xochimilco, cada ajolote parece esconder un truco de prestidigitador bajo la piel húmeda y translúcida. Aquí, en los remanentes de la cuenca lacustre, la regeneración ocurre no solo en patas y colas. El ajolote, a diferencia de peces comunes o la rana adulta, puede regenerar hasta fragmentos de médula espinal y partes del corazón.

Sus branquias rosadas ondean en el agua fría de los canales, donde la temperatura rara vez rebasa los 20 ºC en invierno. El cuerpo blando y gelatinoso parece frágil, pero dentro de esas células hay un manual intacto. Ocurre algo más sorprendente: la herida no cicatriza al modo humano, sino que se deshace y, a los pocos días, una masa llamada blastema emerge en el sitio del daño. Es, en términos sencillos, una papa de células capaces de transformarse en músculo, hueso o piel.

La biodiversidad de Xochimilco, entre islotes de tule y ajolotarios improvisados, es un laboratorio a cielo abierto donde cada fragmento perdido puede ser reescrito, siempre que el animal conserve salud y alimento suficiente. Pero el milagro no es garantía eterna: si la herida es demasiado grande, o el ambiente muy tóxico, todo el poder regenerativo se apaga.

¿Cómo ocurre esa hazaña — cómo un organismo decide olvidar lo que era para volver a empezar?

Regenerar no es cicatrizar: ¿qué pasa realmente en una herida?

En la Sierra de Manantlán, Jalisco, donde el bosque mesófilo rezuma humedad y los arroyos rebosan helechos, la cicatrización humana es la norma: una herida sangra, forma costra y cierra con cicatriz. El ajolote y la estrella de mar siguen otra ruta.

En ambos cuerpos, tras la amputación, ocurre una lisis ordenada: células viejas mueren y otras, de tipo especial, «olvidan» quiénes son. Esto permite formar el blastema, una especie de campo de reclutamiento celular. Allí, cada célula — todavía indecisa — puede convertirse en hueso, piel o músculo según lo dicten las señales locales.

La humedad y temperatura constantes de los canales y mares favorecen el proceso: sin estos, las células no pueden migrar ni dividirse tan rápido. En cambio, la piel humana no suele formar blastema, sino que sella el daño lo antes posible, perdiendo para siempre la forma y función originales.

La diferencia parece trivial desde un microscopio, pero abre una grieta entre especies: no es que el ajolote o la estrella sean mejores, sino que su estrategia biológica apunta al borrado y la reescritura, no solo al parcheo apurado.

¿Por qué la evolución conservó este don en algunos, pero casi nadie lo practica hoy?

Los mecanismos secretos: de células madre a mapas invisibles

En cada fragmento de estrella de mar, bajo una película húmeda que huele a sal y limo, células específicas (a menudo llamadas células madre) empiezan a dividirse con intensidad. En las especies más eficaces — como la Linckia — se ha visto que parte de la regeneración viene de células adultas comunes que «borran» su memoria, volviéndose pluripotentes por un periodo breve.

En el ajolote, la historia es parecida: tras la lesión, células del músculo y la piel se reprograman y migran al blastema. Ahí reciben señales químicas — proteínas, hormonas locales, señales eléctricas aún misteriosas — que las guían para reconstruir el plano original. El ambiente húmedo y templado de Xochimilco es clave: sin una hidratación adecuada, el blastema se seca y no avanza.

Las células humanas también pueden dividirse, pero rara vez olvidan su especialidad: el hígado es la excepción, pues puede regenerarse parcialmente. En cambio, la regeneración total de miembros es cosa de leyenda o de laboratorio.

Los investigadores en biología del desarrollo han intentado descifrar estos mapas invisibles: ¿qué detiene la regeneración en algunos, y la desborda en otros? Cada organismo parece custodiar su secreto y ponerle parámetros propios.

¿Es posible llevar esta destreza asombrosa fuera del agua y usarla para sanar heridas humanas?

De canales y mareas al laboratorio: ¿se puede imitar la regeneración?

En los laboratorios de biología celular, las muestras de tejido de ajolote y estrella de mar se mantienen a temperatura controlada: entre 18 y 20 ºC es ideal para el ajolote, un poco más cálido para la estrella. Los biólogos extraen células del blastema y tratan de estimular su proliferación en placa.

Para el aficionado, replicar el proceso completo es imposible por ahora. Pero sí se pueden observar fragmentos básicos con un microscopio escolar y condiciones sencillas. Basta con una cubeta con agua limpia, temperatura estable y un pequeño fragmento de pata de ajolote (siempre provenientes de criaderos legales) o de estrella de mar deshidratada (más accesible en comercio marino, aunque sin capacidad regenerativa real).

La textura gelatinosa y el color nacarado de los tejidos frescos son inconfundibles. Bajo el objetivo, se alcanzan a ver células nuevas agrupándose. Para intentos más científicos, los investigadores usan reactivos para marcar las células madre y observar cómo migran y cambian de identidad.

Imitar la regeneración ajolote en humanos no es viable hoy. Pero la observación, el registro en bitácora y explorar con equipos sencillos pueden acercar a cualquiera a los misterios del reemplazo.

Sin embargo, intentar técnicas reales en animales vivos está regulado y no debe hacerse fuera de entornos certificados. Pero existen formas de apoyar la conservación y conocer más sobre estos fenómenos.

Hazlo tú: observar y proteger la regeneración en la vida diaria

Si tienes curiosidad por ver la regeneración en acción (sin intervenir en la vida animal), la chinampería tradicional en Xochimilco y los acuarios públicos son espacios valiosos. Los ajolotes pueden verse en museos de ciencias o en proyectos de conservación como el del Centro de Investigaciones Biológicas y Acuícolas de Cuemanco.

Recuerda: cada animal que ves regenerarse es también un testimonio de la salud de su entorno. Su poder solo es posible en ecosistemas sanos y estables.

Pero si quieres ir más allá, hay métodos caseros para entender (sin lastimar) los principios de regeneración en plantas o animales simples.

Micromundos de reemplazo: experimentos seguros en casa

Para acercarte a los misterios de la regeneración, puedes recurrir a plantas acuáticas, que muestran patrones similares en la reposición de estructuras. Por ejemplo, el Elodea canadensis — una planta de acuario fácil de conseguir en viveros urbanos de Ciudad de México o Guadalajara — puede regenerar tallos y hojas si se corta una sección y se le mantiene en agua limpia con luz indirecta. El olor a verde fresco de los tallos partidos es un buen indicador de vitalidad.

Montaje sencillo:

Este experimento permite ver cómo ciertas células vegetales también pueden dividirse y reprogramarse tras un daño, aunque no con la complejidad de un ajolote o estrella de mar.

Otros ejemplos fáciles: el rábano (Raphanus sativus) y la cebolla (Allium cepa) pueden brotar raíces y tallos si se mantiene parte del bulbo en agua, con paciencia y días de observación.

El principio es el mismo: bajo condiciones adecuadas, la vida ensaya formas de persistencia insospechadas.

La frontera entre mito y ciencia: promesas (y límites) de la regeneración humana

En los libros viejos, los humanos se imaginaban dioses con capacidad de regenerarse: Prometeo rehaciendo su hígado cada mañana, serpientes mudando piel. Hoy sabemos que la piel humana cicatriza, que el hígado puede crecer tras perder un fragmento, pero que brazos y piernas — por ahora — permanecen irremplazables.

En contextos médicos reales, la regeneración absoluta aún es sueño. Se han logrado avances usando células madre pluripotentes inducidas (iPS) en laboratorio: células adultas humanas reprogramadas para volver a un estado «joven» y luego diferenciadas según necesidad. Sin embargo, reconstruir un miembro completo, con hueso, piel, músculo, nervios y vasos integrados, sigue fuera del alcance práctico.

En el laboratorio, las fragancias de reactivos y plástico caliente reemplazan al olor del lodo y la humedad de Xochimilco. Pero el impulso sigue: entender — y ojalá imitar — los mecanismos de regeneración naturales. La promesa está ahí, pero el ritmo es humano: lento, lleno de tangentes y cautela.

El misterio es doble: no solo cómo reconstruir un cuerpo, sino también hasta dónde es prudente empujar los límites de la propia especie.

En los bordes del canal: una escena, una promesa futura

Al caer la tarde en Xochimilco, el aire baja unos grados y el reflejo de los volcanes — Popocatépetl y Iztaccíhuatl — tiñe el agua de naranja. Benito toma la tarde libre y rema bajo los puentes viejos, con los remos salpicando pequeñas ondas. Mira una vez más hacia el fondo: el ajolote ha nadado lejos, dejando una estela de burbujas. Tal vez, cuando vuelva, su pata esté completa y ni rastro de la antigua herida marque su piel.

¿Cuánto tiempo tomará para que algún día veamos a nuestra propia especie reconstruirse así? Por ahora, nos queda aprender de lo que crece donde todo parece perdido.

Glosario

Blastema
Grupo de células indiferenciadas que se forma en el sitio de la herida y da origen a nuevas estructuras durante la regeneración.
Célula madre
Célula capaz de dividirse y convertirse en diferentes tipos celulares, clave en procesos regenerativos complejos.
Pluripotente
Capacidad de una célula para transformarse en varios tipos de tejidos dentro del organismo.
Chinampa
Técnica agrícola prehispánica de islas artificiales flotantes sobre lagos, tradicional en Xochimilco.
Lisis
Descomposición controlada de células dañadas en una herida, etapa previa a la regeneración completa.
iPS (células pluripotentes inducidas)
Células adultas humanas reprogramadas en laboratorio para recuperar la capacidad de diferenciarse en otros tejidos.
Linckia columbiae
Especie de estrella de mar capaz de regenerar brazos completos y, a veces, el cuerpo entero a partir de fragmentos.