Olas a 17°38' N: la cuerda en la playa de Zihuatanejo

La arena está todavía fría bajo las sandalias de don Arnulfo, pescador de Zihuatanejo, Guerrero. Son las 6:10 de la mañana, y su cuerda de nylon, con nudos cada metro, cuelga al hombro mientras observa el Pacífico. El sonido de la resaca llena el aire: cada ola truena con un golpe sordo, luego arrastra piedritas y conchas. Don Arnulfo clava el extremo de la cuerda cerca de la línea de marea y cuenta en voz baja: "Uno... dos... tres...". Cada vez que una ola toca el nudo, marca el tiempo con su cronómetro Casio. Nadie le enseñó física, pero con esa cuerda y sus dedos curtidos, puede predecir si la pesca será difícil o buena.

En Zihuatanejo, donde la temperatura superficial del mar ronda los 28°C en junio, la distancia entre los nudos de la cuerda y la cadencia de las olas ofrecen datos clave: longitud y periodo de onda. A simple vista, el mar parece un desorden, pero la repetición esconde una regularidad que la física de ondas puede traducir en números precisos.

La UNAM, en su estación costera de Sisal, Yucatán, ha documentado desde 1970 que el periodo medio de las olas en costas mexicanas varía entre 5 y 14 segundos, según la temporada y el viento. Pero los pescadores como don Arnulfo han medido la periodicidad mucho antes que los radares costeros. La cuerda es su laboratorio portátil, y el roce húmedo del nylon en la mano le avisa si el oleaje crece o amaina.

El mar nunca se deja predecir del todo, pero cada cuerda en la playa es un desafío implícito: ¿cuánto puede adivinar un cuerpo, sin fórmulas, solo midiendo con el pulso y la vista?

La fórmula escondida en cada ola: Universidad Nacional Autónoma de México y el número 1.56

En 1998, un grupo del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM publicó una guía para monitorear olas en campo. En ella, una fórmula asoma con frecuencia: velocidad de onda superficial = 1.56 × (longitud de onda en metros) ÷ (periodo en segundos). No hace falta un laboratorio de última generación: las mediciones de cuerda y cronómetro encajan en esa ecuación como piezas de rompecabezas húmedas.

Por ejemplo, si la distancia entre crestas es de 12 metros y el tiempo entre olas es de 8 segundos, la velocidad sería 1.56 × 12 ÷ 8 = 2.34 metros por segundo. La textura del agua cambia perceptiblemente entre olas lentas de 2 m/s y ráfagas rápidas de casi 6 m/s que suelen azotar Acapulco en septiembre, cuando los tifones del Pacífico empujan el mar hacia la costa.

La matemática del mar no es abstracta: se siente en el peso del agua, en el golpe frío en las espinillas, en el rugido que precede a la espuma. Cada número en la fórmula tiene un correlato sensorial.

Pero la ecuación, nacida de experimentos en tanques de olas de la UNAM y la Universidad de Southampton (Reino Unido), plantea preguntas: ¿de dónde sale ese 1.56? ¿Por qué funciona en cualquier mar del mundo, desde Veracruz hasta la Riviera Nayarit?

Ondas, energía y profundidad: el misterio de los 40 metros en Mazatlán

En Mazatlán, Sinaloa, la profundidad del mar cambia bruscamente a 40 metros apenas 900 metros costa adentro. Bajo el agua, la luz azul se vuelve cada vez más opaca, y el frío muerde los tobillos de quienes se atreven a caminar por la playa al amanecer. El Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas del IPN ha estudiado cómo el fondo marino moldea a las olas: cuando la profundidad es mayor que la mitad de la longitud de onda, las olas viajan "en aguas profundas" y siguen la fórmula de 1.56.

Pero al acercarse a la costa, donde la profundidad cae a menos de 5 metros, la historia cambia. El color del agua se torna turquesa y los frentes de ola se levantan, frenan y se encrespan. Aquí, la energía de la ola se concentra y la velocidad disminuye. La ecuación original deja de funcionar y hay que ajustar las cuentas: ahora la velocidad depende de la raíz cuadrada del producto entre la gravedad (9.8 m/s²) y la profundidad local.

En 2015, la estación mareográfica de Mazatlán registró olas de más de 3.2 metros durante el huracán Patricia, un récord local. El trueno sordo de cada ola que rompe a menos de 50 metros de la playa es testigo de cómo la física se manifiesta a la vista y al oído.

Ese cambio de régimen —de aguas profundas a someras— es lo que da origen a los tubos de surf en Playa Brujas y a los bancos de arena movedizos que asustan a los turistas despistados. ¿Por qué una ola puede empezar suave en altamar y acabar en una pared de espuma junto a la costa?

El giro inesperado: olas que cruzan el Pacífico sin perder forma

Una ola que rompe en Ixtapa puede haber nacido a miles de kilómetros, frente a Nueva Zelanda. En 2002, la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) rastreó una serie de olas que viajaron 9,000 km en 12 días, con apenas 10% de pérdida de energía. El viento en el hemisferio sur levanta oleajes tan extensos que, cuando llegan a México, mantienen la frecuencia y altura original casi intactas.

El Centro de Geociencias de la UNAM ha calculado que una ola típica de ese tipo puede medir de 14 a 20 segundos de periodo — un ritmo que el oído humano capta como una lentitud hipnótica antes del gran golpe. Las olas "viajeras" tienen el color verde oscuro y un olor salino más penetrante, signos de su origen lejano.

Los pescadores experimentados de Escuinapa, Sinaloa, saben reconocerlas: las llaman "olas largas" y advierten que suelen traer corrientes inesperadas. La ciencia apenas empieza a desentrañar cómo la energía de esas olas se dispersa tan poco en distancias tan vastas.

¿Qué hace que una onda logre ese viaje casi intacta, mientras otras se disipan en minutos?

Hazlo tú mismo: medir olas en la costa de Oaxaca con cuerda y cronómetro

En Puerto Ángel, Oaxaca (15°39' N, 96°29' O), cualquier persona puede replicar el método de don Arnulfo. Solo necesitas:

El procedimiento:

  1. Coloca la cuerda paralela a la línea de playa, justo donde las olas empiezan a romper.
  2. Marca el punto exacto donde cada cresta de ola toca la cuerda y anota el tiempo con el cronómetro.
  3. Mide la distancia entre dos crestas consecutivas (usa los nudos como referencia).
  4. Cuenta el número de segundos entre ellas: ese es el periodo de la ola.
  5. Multiplica la longitud medida (metros) por 1.56 y divide entre el periodo (segundos) para obtener la velocidad aproximada.

La textura húmeda de la cuerda, la luz dorada del amanecer y el chillido de las gaviotas acompañan la medición. Es importante evitar días de tormenta o marea alta para no poner en riesgo la seguridad. Un error común: medir olas muy pequeñas o irregulares; busca series estables de al menos cinco olas seguidas.

En la costa, el método ha sido validado por estudiantes del CICESE desde 2012 y sigue siendo sorprendentemente preciso frente a sensores electrónicos de más de $12,000 pesos.

El color de la espuma: lo que la física revela al ojo entrenado

En Ensenada, Baja California, el laboratorio costero del CICESE lleva décadas documentando la relación entre el color de la espuma y la energía de las olas. Espuma blanca y densa suele indicar olas que rompen con más de 2.5 m de altura, mientras que una espuma grisácea y disipada acompaña oleajes menores a 1 metro.

En 2017, la investigadora Laura Zamora López publicó en Ocean and Coastal Research que la cantidad de burbujas suspendidas —medida en mililitros por litro de agua— se correlaciona con la violencia del rompimiento. Un mar tranquilo huele a sal y yodo, pero después de una marejada, el aroma se vuelve casi metálico y el aire, saturado de salitre, raspa la garganta.

Esos detalles sensoriales —color, olor, densidad— han sido recopilados durante más de 30 años por el Programa de Monitoreo de Oleaje de Baja California. Los surfistas locales confían en su vista tanto como en las tablas de predicción de MeteoMex.

Una simple observación visual, filtrada por la experiencia, puede advertir la llegada de un swell mucho antes que las alertas digitales. Pero, ¿qué más puede revelar la espuma sobre el mar y sus fuerzas invisibles?

Ondas internas: el oleaje invisible del Golfo de California

En el canal de Ballenas, dentro del Golfo de California, las aguas parecen lisas, pero los sensores del Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC han detectado olas de hasta 30 metros de altura... invisibles para el ojo. Se trata de ondas internas: desplazamientos de masas de agua de diferente densidad que viajan bajo la superficie, mudando el color azul profundo a un verde turbio cuando emergen cerca de Bahía de los Ángeles.

En 2007, el Dr. José Ochoa de la UABC midió una onda interna que recorrió 15 kilómetros en menos de dos horas, levantando cardúmenes y enfriando la superficie en casi 1°C. Los pescadores notan el cambio cuando el agua se siente más fría en las manos y los peces cambian de rumbo.

La física de estas ondas exige ecuaciones más complejas, pero el principio se mantiene: todo es energía en movimiento, aunque a veces pase desapercibida hasta para el ojo más atento.

¿Cómo pueden estas ondas silenciosas influir en la pesca, el clima y la vida marina en el Mar de Cortés?

Matemáticas a escala humana: errores y aciertos en la predicción del mar

En 2019, la Red Mareográfica Nacional de la UNAM reportó una desviación de hasta 18% entre las predicciones de oleaje por satélite y las mediciones manuales hechas por cooperativas pesqueras en Huatulco, Oaxaca. El error más común no es técnico, sino humano: medir solo durante la marea alta, o dejarse llevar por la apariencia de una serie corta de olas grandes.

Cada error tiene un costo: una mala predicción puede significar redes vacías o accidentes para los pescadores. Por eso, los instructores del Instituto Tecnológico de Boca del Río, Veracruz, enseñan a sus alumnos a repetir el ejercicio en diferentes horas del día y a combinar las mediciones con notas sobre el viento y la presión atmosférica (en milibares).

El olor a salitre y gasolina en los muelles acompaña a los estudiantes mientras anotan datos en libretas empapadas. La experiencia enseña a desconfiar de los números demasiado bonitos: las matemáticas del mar premian la constancia y la atención al detalle.

La precisión de la predicción, al final, depende tanto de la ecuación como del ojo y la paciencia humana. ¿Qué otros misterios quedan por medir en las costas mexicanas?

La ola que falta: el futuro de la predicción en una costa impredecible

El sol cae en la playa de Barra de Navidad, Jalisco. Un grupo de jóvenes del colectivo Mareógrafos Libres extiende una cuerda de colores vivos sobre la arena aún tibia, mientras dos niñas corren a mojarse los tobillos. El viento huele a algas y a mango maduro. Los celulares graban cada medición, pero la atención sigue en la línea de espuma, en el ritmo que no cambia nunca, aunque cambie todo lo demás.

En 2024, la Red Mexicana de Observación Oceánica ensaya sensores baratos de bajo consumo para que cualquier comunidad costera mida y comparta datos en tiempo real. Pero la cuerda, el cronómetro y el ojo siguen siendo los instrumentos más fiables para quienes viven del mar.

La última ola del día siempre parece distinta. Quizá la ciencia algún día logre predecir hasta esa diferencia sutil, pero por ahora, cada medición es un acto de confianza: entre el cuerpo y el mar, entre la matemática y la incertidumbre.

Glosario

Longitud de onda
Distancia horizontal entre dos crestas consecutivas de una ola, medida en metros.
Periodo de ola
Tiempo, en segundos, que tarda una ola en pasar frente a un punto fijo.
Onda interna
Onda que se produce bajo la superficie del agua, entre capas de diferente densidad, invisible a simple vista.
Velocidad de onda
Rapidez con la que una ola se desplaza, calculada en metros por segundo (m/s).
Espuma marina
Burbujeo blanco que se forma cuando las olas rompen y atrapan aire, indicador de energía y altura.
Swell
Serie de olas largas y regulares que viajan grandes distancias desde su punto de origen.
Mareógrafo
Instrumento que mide los cambios de nivel del mar, usado para registrar olas y mareas.