Don Juventino y la mazorca azul de Jala: una escena en Nayarit
El sol de la Sierra de Jala, Nayarit, comienza a calentar la tierra cuando don Juventino, sombrero de palma y machete oxidado al cinto, arranca una mazorca azul con sus manos callosas. El grano cruje al partirse, liberando un aroma dulzón, fresco, apenas fermentado. No es un maíz cualquiera: pesa casi 700 gramos y mide más de 30 centímetros, tan largo como el antebrazo de su nieto. Desde 2012, comerciantes de Jala venden semillas de este Zea mays gigante en bolsitas de papel, a 30 pesos cada una, con la esperanza de mantener viva una variedad que ya casi nadie cultiva fuera de este pueblo a 1,160 metros de altitud. Mientras mira la ladera verde, Juventino ignora que algunos de estos granos han viajado a un sitio donde la tierra está tan congelada que ningún maíz germinaría jamás. ¿Cómo llegó el maíz de Nayarit a una bóveda bajo el hielo noruego?
La historia de las semillas mexicanas en el Banco de Svalbard arranca desde parcelas tan pequeñas como la de don Juventino y termina en una bóveda gris entre rocas nevadas del archipiélago noruego. Pero el sonido del machete en la milpa y el crujir de la mazorca tienen ecos inesperados en el Ártico, donde el olor no es a tierra mojada sino a aire metálico y frío glacial.
Un camión de redilas pasa rechinando sobre la carretera, rumbo al tianguis de Ixtlán del Río. Don Juventino cuerpea la mazorca azul y se pregunta si su nieto algún día volverá a sembrar esa variedad. Detrás de esa pregunta, hay otra más honda: ¿de quién son las semillas cuando se guardan tan lejos?
La Bóveda de Svalbard: semillas mexicanas en el hielo noruego
La entrada del Banco Mundial de Semillas, en las afueras de Longyearbyen (78°13'N, 15°36'E), se parece a una boca de lobo incrustada en la roca. Adentro, la temperatura se mantiene constante a -18°C. El 26 de febrero de 2008, la bóveda de Svalbard recibió las primeras semillas mexicanas: frijol negro, maíz amarillo, calabaza redonda. En total, más de 3,200 accesiones mexicanas — variedades únicas — han sido enviadas por instituciones como el INIFAP y el CIMMYT. Ahí duermen junto a semillas de Siria, Etiopía, Perú y cien países más.
El aire huele a hierro y plástico sellado. Las cajas de aluminio, rotuladas en español, llegan cada dos años por avión desde la Ciudad de México, recorriendo más de 8,600 kilómetros hasta el círculo polar. Cada caja pesa entre 10 y 18 kilos y guarda sobres plateados de 15 por 10 centímetros, con humedad controlada a menos del 6%. Así, una semilla que nunca ha sentido el hielo puede sobrevivir aquí, en animación suspendida, durante 100 años o más.
El custodio de Svalbard, Asmund Asdal, abre una caja mexicana y lee: “Frijol ayocote, Zacatecas, 2015”. Lo que para él es una etiqueta, para una mujer en Teúl es la diferencia entre un platillo con sabor a infancia y el olvido.
Hay otra pregunta que flota entre la escarcha: ¿se puede devolver a una comunidad algo que nunca pidió guardar tan lejos?
Del banco a la parcela: el camino de la semilla criolla
En la Estación Experimental Bajío del INIFAP, en Celaya, Guanajuato (20°34'N, 100°48'O), un frasco de vidrio suda dentro del refrigerador a 4°C. Adentro, reposan 300 semillas de maíz bolita, cada una del tamaño de una canica. El técnico las mide con pie de rey; cada grano dorado brilla bajo la lámpara de neón y huele a aceite de germen recién molido. En este laboratorio, desde 1988, se han conservado más de 27,000 muestras de semillas mexicanas.
La técnica es minuciosa: limpieza a mano, desinfección con hipoclorito al 0.3%, secado lento a 15°C y 15% de humedad, luego sellado hermético. Así pasan años, incluso décadas, hasta que una institución solicita semillas “para multiplicación, investigación o restauración”. En 2023, por ejemplo, los bancos mexicanos enviaron 585 muestras a pequeñas cooperativas de Oaxaca, Michoacán y Chiapas que buscan recuperar variedades perdidas por plagas o sequías.
El olor a etanol y la luz blanca recuerdan lo lejos que está esta bóveda del olor a tortilla en la casa de San Pedro Lagunillas, Nayarit, donde una señora de trenza larga amasa maíz recién rescatado. ¿Volverán muchas de estas semillas algún día al campo?
La separación entre laboratorio y parcela es más delgada de lo que parece, pero también frágil. Al abrir cada sobre, surge un dilema: ¿qué tanto importa el lugar donde fue sembrada esa semilla la última vez?
Maíz, frijol y calabaza: el tesoro trino de la milpa mexicana
En la comunidad de Ocotepec, Puebla (19°3'N, 98°5'O), el olor a tierra negra y a tallo verde marca la siembra de la milpa. Rosa, agricultora nahua, planta tres semillas por hoyo: maíz blanco, frijol pinto (Phaseolus vulgaris) y calabaza de castilla (Cucurbita argyrosperma). Desde la época prehispánica, esta triada sostiene la dieta mexicana y crece en parcelas a entre 1,700 y 2,100 metros de altitud.
En el año agrícola de 2019, México cultivó más de 2 millones de hectáreas de maíz criollo, pero apenas 4% de toda la producción nacional. Las variedades nativas resisten plagas y sequías de formas que los híbridos comerciales no logran. La milpa produce un olor inconfundible: mezcla de hoja, humedad y el dulzor breve del frijol tierno. Es un ecosistema que, según el CIMMYT, genera hasta 50% más biomasa por hectárea que el monocultivo.
Sin embargo, el número de familias que siembran milpa típica baja cada año. En 1970 eran más de 4 millones; en 2020, apenas 1.7 millones según el INEGI. Cuando una variedad se pierde, no es solo el sabor lo que desaparece: también se van técnicas, colores y hasta nombres en náhuatl, popoluca o mixe.
La triada milpera sigue moviendo manos y sabores en México, pero ¿se puede envasar ese legado en un sobre a -18°C?
Los riesgos de la uniformidad genética: Svalbard no es suficiente
En el laboratorio de fitopatología del Colegio de Postgraduados en Montecillo, Estado de México (19°27'N, 98°54'O), una caja de petri huele a humedad rancia. Dentro, hongos atacan granos de trigo genéticamente idéntico, reproduciendo una escena que costó millones de toneladas de alimento durante la hambruna irlandesa de 1845. La lección es clara para investigadores como Dr. Senuelo Vázquez del ColPos: “Cuando todos los cultivos son iguales, basta un solo enemigo para arrasar campos enteros”.
En Svalbard, el 95% de las semillas resguardadas son variedades modernas, muchas patentadas por empresas de Estados Unidos y Europa. De las 1,200 variedades nativas de maíz reconocidas por la FAO, menos de 100 están duplicadas en el banco noruego. El olor metálico y seco del Ártico no puede reemplazar la humedad, calor y diversidad del trópico mexicano.
El mosaico genético mexicano sigue más vivo en campos de Zitácuaro, Michoacán, donde el murmullo de monosarañas mezcla con el repiqueteo de lluvia vespertina, que en cajas congeladas bajo el permafrost. Es en el campo donde la diversidad evoluciona, muta y sobrevive ante presiones que ningún refrigerador anticipa.
El banco ártico es un respaldo, no la fuente de vida. ¿Qué pasaría si el campo mexicano dejara de alimentar el banco y solo quedara la bóveda cerrada?
Técnicas de conservación tradicional: secado y selección campesina mexicana
En los patios de San Pablo Yaganiza, Oaxaca (16°53'N, 96°11'O), doña Berta extiende mazorcas sobre petates, bajo un sol de 32°C, para el secado tradicional. El aire huele a maíz tostado y polvo. Cada dos días gira las mazorcas con una vara de encino, buscando que ningún grano se apelmace y aparezcan hongos. En 2021, la cooperativa local guardó 2 toneladas de semillas en trojes de barro y madera, usando ceniza de encino para repeler gorgojos.
- Revisión: Las semillas se revisan por color, dureza y olor; las chiclosas o con manchas se descartan.
- Secado: Se dejan bajo sombra aireada mínimo 15 días, hasta que el grano truene al partirlo con los dientes.
- Empaquetado: Se almacenan en costales de yute o frascos de vidrio, nunca de plástico, para evitar acumulación de humedad.
Frijoles y calabazas siguen procesos similares: selección por tamaño y brillo, secado al aire y guardado con hojas de laurel o ajenjo. El aroma de la despensa campesina es mezcla de tierra, madera y especias, nada que ver con los estantes de acero inoxidable de Svalbard.
El mayor error, cuenta doña Berta, es sembrar todo el grano bueno y no guardar la mejor parte para la siguiente temporada. Sin esta reserva, la milpa se queda sin futuro.
Pero incluso los métodos más antiguos ahora compiten con sequías más largas y plagas que aparecen antes. ¿Puede la tradición sola resistir lo que viene?
Cómo solicitar y reproducir semillas criollas mexicanas: guía básica práctica
Para quienes quieren hacerse de semillas criollas auténticas, el camino comienza en colectas comunitarias o bancos como el del INIFAP en Chapingo, Estado de México (19°29'N, 98°53'O). Allí, desde 1994, cualquier productor puede pedir semillas mediante un formato sencillo, indicando especie, variedad y uso. El trámite es gratuito, aunque a veces hay lista de espera si la variedad no está disponible.
Recomendaciones prácticas:
- Documenta la procedencia y fecha de siembra.
- Planta a 80-100 cm entre surcos para maíz (Zea mays), 60 cm para frijol y 1.2 metros para calabaza.
- Utiliza al menos 180 semillas por parcela piloto para evitar perder diversidad genética.
- Evita encharcamientos: 50% de la semilla criolla mexicana se pierde por hongos cuando no hay buen drenaje, según el CIMMYT.
Las mejores temporadas para siembra son finales de junio y principios de julio, cuando la temperatura del suelo supera los 16°C y las lluvias apenas inician. Si compras semillas en tianguis, verifica que no estén recubiertas de polvo azul (fungicidas industriales), ya que esto impide su reproducción a largo plazo.
Colectivos como Semillas Nativas y la Red de Guardianes de la Semilla (contacto: redesemillas.mx) distribuyen catálogos digitales y organizan trueques presenciales en Oaxaca y Veracruz. Un kilo de semilla criolla, bien cuidada, puede costar de 40 a 180 pesos, dependiendo de la variedad.
La clave es no perder la práctica: la viabilidad baja 10% por año si la semilla no se usa ni se renueva en campo. ¿Quién cuida la diversidad mientras la semilla duerme?
Soberanía alimentaria: ¿A quién pertenecen las semillas en el Ártico?
En la reunión del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos de la FAO, celebrada en Roma en 2019, los delegados mexicanos discutieron con noruegos, etíopes y filipinos sobre un tema espinoso: si una semilla depositada en Svalbard queda “en préstamo”, “en depósito” o “en custodia”. La temperatura de la sala era de 21°C pero el ambiente, tenso. Muchas semillas mexicanas llegan a Svalbard como copia de seguridad, pero la ley mexicana de 2021 las reconoce como Patrimonio Nacional. Esto impide su uso comercial o privatización sin consentimiento.
En la práctica, sin embargo, corporativos como Syngenta y Dupont han registrado variedades similares en patentes de la Oficina Europea de Patentes. En 2022, la UNAM calculó que 18% de las semillas mexicanas depositadas fuera de México tienen riesgos legales de perderse si una empresa las registra primero en otro país.
El aroma metálico del banco de Svalbard huele a seguridad, pero también a lejanía: las comunidades originarias rara vez son consultadas sobre el destino de sus semillas. Y no hay aroma a tierra mojada ni grano tostado en los contratos internacionales.
Así, la pregunta persiste: ¿el dueño de la semilla es quien la guarda, quien la siembra o quien la nombra primero?
El futuro se escribe en trueques: milpas y bancos conviviendo
En el ejido de Tetelpa, Morelos (18°40'N, 99°12'O), doce mujeres extienden una lona sobre la plaza principal, frente a la iglesia de piedra. Sobre la lona brillan mazorcas rojas, frijoles moteados, pepitas jaspeadas de calabaza y sobres de semillas guardadas en botellas recicladas. Un hombre toca la guitarra y, entre olor a anís y pan de feria, los trueques suceden sin palabras. La Red Nacional de Semillas Nativas coordina más de 120 encuentros así cada año, desde 2016, recuperando variedades que nunca llegarán a Svalbard pero que resisten en las manos de quienes las siembran y comen.
Las semillas que viajan al Ártico pueden regresar; las que se pierden en la plaza, no. La combinación de bancos científicos y trueques comunitarios mantiene viva una diversidad genética que sería imposible guardar toda en cajas selladas.
En octubre de 2023, una variedad de calabaza de Matatlán, Oaxaca, estuvo a punto de perderse por una plaga. Los organizadores de un trueque localizaron media docena de sobres guardados en Svalbard y pidieron su repatriación al CIMMYT. Tres años después, la calabaza volvió a cotizarse en el tianguis del pueblo, a 24 pesos el kilo.
La red funciona porque la memoria y el olor a calabaza cocida nunca se congelan del todo. ¿Seguirán encontrándose la tecnología y el trueque en los años que vienen?
Hazlo tú mismo: organizar un intercambio de semillas en tu comunidad
Para probar en carne propia la soberanía de la semilla, basta un patio y ganas de compartir. Elige una fecha al inicio de la temporada de siembra (junio o julio) e invita a 10 o 15 personas de tu barrio. Haz una invitación sencilla, escrita a mano o por WhatsApp, con un solo requisito: cada quien aporta sobres con sus semillas favoritas, etiquetadas con nombre, año y origen.
Ten a la mano recipientes de vidrio, sobres de papel y plumas para anotar detalles. Coloca las semillas sobre manteles o lonas limpias, organiza una ronda de presentación y propón intercambiar solo semillas no tratadas con químicos. Si quieres agregar valor, incluye un taller corto sobre cómo secar o guardar semillas (puedes usar la guía de la sección de conservación tradicional). Calcula que el costo por cabeza no pase de 50 pesos si cada quien lleva tortillas, café y fruta para compartir.
Evita estos errores comunes:
- No etiquetar semillas, lo que causa confusión en la siembra.
- No verificar el estado de las semillas (olor, textura, color) antes del intercambio.
- Guardar semillas húmedas, lo que las arruina en días calurosos.
Consulta redesemillas.mx o semilleros.mx para sumar tu evento a la Red Nacional de Semillas Nativas. El próximo trueque puede salir del patio de tu casa.
Glosario
- Accesión
- Variedad única de semilla registrada en un banco o colección, identificada con código y datos de origen.
- Animación suspendida
- Estado en que las semillas se conservan a baja temperatura y humedad para detener su metabolismo.
- Biomasa
- Cantidad total de materia viva producida en una parcela o ecosistema, medida en kilogramos o toneladas.
- Trueque
- Intercambio directo de bienes, en este caso semillas, sin uso de dinero.
- Secado tradicional
- Método campesino de conservación: las semillas se deshidratan al sol y aire, sobre petates o lonas.
- Hibrido comercial
- Variedad creada cruzando dos líneas diferentes de una especie, optimizada para alto rendimiento y uniformidad genética.
- Viabilidad
- Capacidad de una semilla para germinar con éxito bajo condiciones adecuadas de humedad y temperatura.